Tengo cuarenta años y le he dado un cambio de rumbo a mi vida que me está llevando a una crisis personal. Hace unos meses decidí pedir en el que era mi trabajo una excedencia voluntaria de cinco años.
Trabajaba como administrativa en una clínica privada a quince minutos en coche de mi casa. De lunes a viernes, sin guardias, de ocho de la mañana a tres de la tarde, con veinte minutos de descanso. Un sueldo digno de mil quinientos euros al mes, catorce pagas. Buen ambiente laboral. Pero me aburría. Después de llevar trece años en la empresa, veía que estaba estancada, que no podía progresar de ninguna manera y empezaba a sentirme desaprovechada.
Un día comentaba con el grupo de amigas cómo me estaba sintiendo últimamente y una de ellas me dijo que, en su trabajo, un cliente le había comentado que estaban buscando una administrativa trabajadora y comprometida a quien no le asustaran los retos. Así que podía pasarme mi contacto a ver qué pasaba. Yo enseguida me entusiasmé con la oportunidad.
La entrevista de trabajo fue genial. Salí de allí casi con el contrato firmado. Sí, me tenía que desplazar algo más de una hora en transporte público para llegar y otro tanto para volver a casa. Pero pensé que en esos ratos leería o estudiaría inglés. El sueldo era muy parecido al que ya tenía y no cubría enteramente los gastos de transporte, pero pensé que con el tiempo podría demostrar mi valía y me subirían el sueldo. Por no hablar de la oportunidad de trabajar para una empresa más grande, donde aprendería un montón y por fin me sentiría plena laboralmente.
Pues bien, en poco más de medio año he descubierto el verdadero significado que daba mi actual jefe a las palabras comprometida y trabajadora. Comprometida es no tener horario, ni días festivos. Es tener que montar y tutelar reuniones en fines de semana. Es vivir con el móvil y el portátil pegados, como si fuesen apéndices de mi cuerpo. (Sí, me han comprado un portátil para que pueda trabajar en el autobús si me hace falta o en casa si surgiese alguna emergencia. Cuando resulta que las emergencias son diarias.)
Ser trabajadora es trabajar diez horas seguidas y que no sea suficiente. Es asumir más carga laboral de la que te toca. Que no te asusten los retos es ser responsable de tareas que no tendrías que asumir por tu categoría profesional. Duermo poco, vivo estresada y con la sensación de que no llego a todo y de que no soy una buena profesional.
Mi familia y amigos me dan charlas, en los pocos ratos que les puedo dedicar, sobre que estoy cambiando el carácter y que no puedo seguir con este ritmo porque mi cuerpo y mi mente lo van a pagar caro.
Estoy tan decepcionada y me siento tan engañada que hace dos días quedé con mi antigua coordinadora para tantear el terreno de la vuelta. Bueno, pedí una excedencia voluntaria, así que no me guardan mi antiguo puesto si quisiese volver. Y ahora mismo, cualquier puesto mínimamente relacionado con el mío está cubierto. Como mucho, lo único que me podría ofrecer es recolocarme, como favor por nuestra buena relación, como comercial de puerta fría. La verdad es que se me cayó el mundo encima.
Ahora mismo estoy en una encrucijada. Aguanto cuatro años más, si es que puedo. Me voy a hacer de comercial. O me voy al paro. Y no sé para dónde tirar. Quién me mandaría a mí dejar mi trabajo refugio.