Ni yo misma me creo lo que me ha pasado este fin de semana, estoy flotando en una nube de amor y purpurina que nubla mi cabeza con unicornios de colores saltando y bailando al son de la música.  

Aunque ahora vivo en la ciudad, siempre he sido de pueblo, muy de pueblo, de eternos e intensos veranos rodeada de gente de dentro y de fuera de él, que siempre guardaré en mis recuerdos y a los que aún después de haber pasado 20 años sigo llamando mis amigos. 

Pues bien, este fin de semana ha sido la bajada de la Virgen, un día muy especial en mi pueblo y en el 90% de los pueblos españoles, calles engalanadas, gente feliz que te saluda al cruzaros, caras que, hace muños años que no ves pero que recuerdas como si fuera ayer y que, de un modo extraño, te alegras de volver a ver. 

Después de todo este despliegue de alegría y color, nos fuimos a tomar algo al bar de siempre, al de toda la vida, donde te juntas con tus amigos, con tu gente, y parece que el tiempo no ha pasado, que se ha detenido allí, y te sientes en casa.

De repente, entre risas, música, copas y mucho cachondeo, aparece él: Mi primer amor de verano, porque no, no es mi crush, es un auténtico amor de verano, ese chico taaaaaaaaan mono que venía a veranear con sus abuelos de julio a septiembre, al que veías pasar con su bicicleta, su pelo a tazón (era lo más a finales de los 90), esas paletas separaditas tan perfectamente colocadas en su boca, jugando a las maquinitas de los recreativos, por el que suspirabas en silencio y al que echabas de menos cuando llegaba septiembre, aunque él ni tan siquiera supiera de tu existencia.

–Hola, ¿Qué tal? Soy Iván, ¿te acuerdas de mí? Solía juntarme con tu hermano cuando venía a pasar el verano a casa de mis abuelos, si no recuerdo mal, tu eres Lucía, ¿cierto? –

¿Qué si me acuerdo de ti? Chaval, acabas de acelerar mi corazón a 200 por hora y creo que he mojado mis bragas… que guapo estás, que bien han pasado los años por ti, que alguien me pellizque porque ahora mismo no puedo ni hablar solo mirarte.

–Hola, Iván, ¿qué tal?… sí, sí que te recuerdo, has cambiado muy poco, ¿Qué es de tu vida? —

Empezamos a hablar, a recordar, a bailar, estaba tan inmersa en sus ojos que no podía prestar mucha atención a lo que salía por su boca y de repente: un beso… un beso largo, calentito, de los que te hacen sentir hormiguitas en el estómago, mi yo de 16 años no podía creer lo que estaba pasando y chillaba muy fuerte.

–Llevo 20 años con este beso guardado, ya tenía muchas ganas de dártelo—

Por dios, no me digas eso, porque ahora mismo no sé si podré controlar mis impulsos… ni en las mejores películas de Disney puede existir una escena tan ñoña y tan empalagosa y ahora me estaba pasando a mí, que soy anti romanticismo, que lo más romántico que han hecho por mí es traerme churros para desayunar, ahora, de repente, me sentía como Cenicienta con permiso para quedarse en la fiesta hasta el amanecer, no podía creer nada de lo que estaba pasando. 

Después del beso, vinieron más risas, más copas, más baile y muchos más besos…  me acompañó a casa, sí, sí, a la puerta de casa, nos intercambiamos números de teléfono, y hoy, al despertarme, ya tenía un whatsap de él recordándome lo maravillosa que fue la noche de ayer y yo, de verdad, no sé si hacer la maleta para volver a casa como estaba previsto o salir corriendo a comprar la SUPER POP al quiosco para saber que dice mi horóscopo esta semana, porque estoy totalmente descolocada, ilusionada, maravillada… 

Lo que sí tengo muy claro es que pienso contestar ese mensaje y repetir la última noche y todas las noches que pueda con él porque pienso vivir esto, porque amigas, me ha encantado ser una cenicienta a los 36, aunque hayan tenido que pasar 20 años hasta que el príncipe se ha decidido a invitarme a bailar.

 

Anónimo

Envía tus movidas a [email protected]