Cuando eres mujer y vas al baño en un garito puede ocurrir cualquier cosa y, no sé por qué, pero se genera un buen rollo y un tipo de sororidad entre desconocidas que solamente encuentras entre esas cuatro paredes. Nos prestamos tampones, nos aconsejamos, nos alabamos las unas a las otras por nuestro outfit, nos contamos nuestras intimidades como si nos conociéramos de toda la vida…

Pero eso sí, si hay algo que nunca puede fallar en los baños de una discoteca es la típica chica que llora desconsolada o que despotrica a lo bestia por culpa del novio. Supongo que, como muchas de vosotras, he intentado animar a cantidad de tías en esa situación. Lo que nunca jamás me había ocurrido antes es que la chica en cuestión estuviera llorando a lágrima viva por su chico y que este resultara ser también el mío.

Este ser y yo no llevábamos mucho tiempo saliendo, pero sí lo justo como para haber llegado a oficializar lo nuestro. Después de liarnos unas cuantas veces, nuestra relación pasó de ser solo sexo a convertirse en algo más profundo. Decidimos sacar lo nuestro de la cama y al cabo de unas semanas ya conocíamos a nuestros respectivos amigos, nos pasábamos el día juntos y la cosa parecía ir hacia delante.

Desde el principio, me dejó muy claro que le encantaba estar conmigo pero que necesitaba saber que tenía su propio espacio, cosa que a mí me pareció genial porque yo pensaba exactamente igual. Ya había estado antes con tíos que no comprendían que quisiera quedar con mis amigas, hacerme mis viajes sin ellos y, en definitiva, disfrutar de una vida propia más allá de la pareja.

También nos entendíamos a la perfección en cuanto a los celos o lo mucho que odiábamos estar con una pareja que no nos dejase respirar o tener amigos de nuestro mismo sexo. Yo tenía mis colegas hombres y él tenía alguna amiga mujer y no había ningún problema en ello. No me molestaba cuando alguna de ellas le escribía o le llamaba por teléfono, porque yo también tenía colegas masculinos y por mi parte no había nada raro. ¿Por qué iba a haber algo sospechoso por la suya?

Aquel sábado, salí con mis amigas para celebrar que habíamos terminado los exámenes. Le dije a mi chico por qué discoteca pensábamos pasarnos para ver si aquella noche íbamos a coincidir, pero ellos preferían música electrónica, así que quedamos en vernos al día siguiente. Sin embargo, al final terminamos todas en otro sitio. Estábamos bailando y pasándolo genial cuando sentí la llamada de la naturaleza gracias al efecto diurético de la cerveza y no me quedó otra que ir al baño.

Como suele suceder, casi había más ambiente allí dentro que en la pista. Sin conocerlas, enseguida me puse a hablar con unas y con otras. En lo que nos retocábamos el maquillaje y esperábamos nuestro turno, llegó una chica acompañada de otras dos, llorando a moco tendido. Me dio tanta pena que me acerqué a ella y le pregunté si estaba bien o si necesitaba algo. Fue entonces cuando me contó que creía que su novio se la estaba pegando con otra, que desde hacía un par de meses estaba muy raro y que habían discutido muy fuerte hacía un rato por teléfono.

Entre todas las allí presentes empezamos a consolarla, a decirle que si no tenía pruebas igual eran imaginaciones suyas, que seguro que su chico la adoraba como a la que más. Mientras intentaba animar a la pobre chica, una de sus amigas le dijo «tía, me está llamando Gonza, ¿qué le digo, que no quieres hablar con él?». Cuando supe que el tal Gonza era su novio me puse a bromear porque daba la casualidad de que se llamaba igual que el mío. Las dos nos echamos a reír y me alegré de que por fin hubiera dejado de llorar, así que me despedí y volví con mis amigas.

Cuando, pasado un rato, salimos de la disco, mientras caminábamos de camino al metro, vi de lejos a la chica del baño y a sus amigas. Pero no estaban solas, iban acompañadas de unos cinco o seis chicos y uno de ellos, supuse que su novio, la besaba como si no hubiera un mañana. A medida que nos fuimos acercando, aquel chico se iba pareciendo más y más a mi chico. Y coño, es que al final me di cuenta de que aquel tío era, efectivamente, mi chico.

Claro, yo le había dicho que iba a otro garito en la otra punta de la ciudad, así que pensó que tenía vía libre para hacer lo que le diera la gana sin que yo me enterase de nada. Corrí tras ellos y cuando llegué a su altura, le agarré del brazo, le giré y le solté un bofetón. Puede que no sea la reacción más sana y que no debiera haberlo hecho, pero me salió del alma. Puso una cara indescifrable, entre sorpresa, vergüenza y miedo, mientras se llevaba la mano al moflete. La chica del baño nos miraba de hito en hito. Le dije que por lo visto compartíamos novio, pero que se lo regalaba, que yo ya no lo quería ni regalado.

Me largué de allí y dejé a la chica del baño gritándole de todo, mientras él le decía que se lo podía explicar. Sinceramente, me alegré de que no saliera corriendo detrás de mí para pedirme perdón. No quería volver a saber nada más de aquel infraser. No sé si aquella chica le perdonó o no, solo sé que al día siguiente mi ex me llamó por teléfono pero nunca más quise cruzar una sola palabra con él.

Escrito por Mar Martín basado en un testimonio real.