Nunca imaginé que, a mi edad, estaría mirando el móvil cada cinco minutos esperando un mensaje. Ni que me pondría nerviosa antes de una cita. Ni que tardaría media hora en decidir qué conjunto ponerme porque quería gustarle. Otra vez.
Más testimonios reales en whatsapp, pincha aquí, es gratis y totalmente privado
Tengo sesenta años, dos hijos maravillosos y tres nietos que son la alegría de mi vida. La vida con mi marido ha sido maravillosa. Nos queríamos mucho, formamos una familia y hemos sido muy felices. Pero el cáncer me lo arrebató hace cuatro años.
Me quedé viuda con 56 años y pensaba que era muy mayor para rehacer mi vida. Que mi gran historia de amor había sido mi Vicente. Pero me equivocaba.
Hace unos meses volví a encontrarme con mi primer novio. Se llamaba Esteban. Éramos amigos de la pandilla, de hecho, mi marido y él eran muy amigos. Yo me fijé primero en Vicente porque siempre fue guapísimo, pero no me hacía ni caso. Y un buen día, Esteban empezó a coquetear conmigo. Yo me dejé llevar y empezamos a salir.

Os estoy hablando de los años 80 en España. Éramos bastante más libres que lo fueron nuestros padres. Con 19 años pues ya experimentabas cosas con tus novios. Lo que os quiero decir es que yo perdí mi virginidad con Esteban y fue maravilloso. Vivimos unos meses de amor adolescente. De besarnos en los parques hasta altas horas, de colarnos en mi casa cuando mis padres no estaban y descubrimos juntos muchas cosas.
Pero entonces Vicente se fijó en mí. Y yo estaba muy bien con Esteban, pero el que me gustaba de siempre era Vicente. Al final, una cosas llevó a la otra y dejé a Esteban por Vicente. Entre ellos se dejaron de hablar, un día casi llegan a las manos.
Yo me casé con Vicente y formamos nuestra familia. Supe que Esteban se había casado y se había mudado a otra ciudad, pero le perdí la pista.
En todos estos años os reconozco que no pensé en Esteban. Yo estaba muy enamorada de mi marido. Pero cuando este falleció, sí que me acordé del que fue mi primer amor.
Y con estos avances que hay ahora, lo busqué en Facebook y aceptó mi petición de amistad. Comenzamos a hablar y a ponernos al día. Parecía que el tiempo no había pasado. Nuestra conexión seguía intacta.
Me dijo que se enteró del fallecimiento de Vicente y que pensó en escribirme para darme el pésame. Pero que le dio mucha vergüenza porque hacía años que no hablábamos.
Me contó que él seguía casado pero que no era feliz. Su mujer estaba sumida en una depresión, no salía de casa desde hacía años y que por más que él lo intentara, no era capaz de hacer que levantara cabeza.
Hablamos durante semanas hasta que Esteban me propuso quedar. Él vivía a dos horas en tren de mi ciudad, pero quería venir a verme. Quedamos en la estación, yo lo esperé allí nerviosa, con mariposas en el estómago, con la sensación de ser joven otra vez.
Y entonces apareció, y fue como volver a ver a aquel chaval de 19 años, con canas y más barriga, pero era él.

Nos abrazamos. Fue un abrazo largo, de los que duran varios minutos. De eso que le das a alguien que aprecias y no veías hacía años.
Nos fuimos a tomar un café a un bar y hablamos durante horas. De nuestros hijos, de cómo habían sido nuestras vidas, de los amigos que ya no están, y, inevitablemente, hablamos de nosotros. De cómo descubrimos lo que era el amor, juntos.
Entonces, me confesó algo que me dejó sin respiración.
—Nunca dejé de preguntarme qué habría pasado si me hubieras elegido a mí. He pensado en ti en todos estos años.
Y yo no supe que contestar.
Así que me acerqué a él y lo besé.

Desde ese día comenzamos una relación secreta, porque él seguía casado. Me venía a ver una vez a la semana, pasábamos el día juntos y luego se volvía a su ciudad. De vez en cuando, se podía escapar el fin de semana entero y lo pasábamos en un hotel haciéndonos arrumacos y recuperando el tiempo perdido.
No sé cuánto durará lo nuestro. Quizá unos meses. Quizá unos años. Quizá algún día él tome la decisión de dejar a su mujer y nuestras vidas cambien por completo. O quizá no.
A estas alturas he aprendido que el futuro casi nunca se parece a los planes que hacemos. Pero también he aprendido otra cosa: nunca es tarde para volver a sentir.
A veces la vida te sorprende cuando menos la esperas y te regala una segunda oportunidad para demostrarte que el corazón es capaz de volver a abrirse. Que sentir mariposa no es algo exclusivo de la juventud.
Yo quise muchísimo a mi marido y nunca dejaré de hacerlo. Pero descubrir que todavía puedo ilusionarme, reír como una adolescente y esperar un beso con la misma emoción que hace cuarenta años me ha reconciliado con la vida.