Mi marido y yo llevábamos juntos 16 años, desde que teníamos 17. Fuimos acompañándonos en todas nuestras etapas y diferentes destinos que nos llevó la vida. Hace un par de año nos asentamos y decidimos formar familia. Nos costó Dios y ayuda, pero lo conseguimos.
Apenas llevaba dos meses de embarazo, solo lo sabíamos él y yo, cuando llegó la llamada. Estaba en el Hospital, había tenido un accidente con la moto y se temía por su vida. Me pasé las siguientes semanas a su lado, pero finalmente se fue.
Cuando intentaba ser consciente de la situación, proteger a mi bebé y pasar un duelo que aún no asumía, me vi envuelta en una trama burocrática para solicitar lo que me correspondía a mi y a mi bebé cuando naciese, además de todas las cancelaciones de cuentas bancarias, avisos al trabajo, hipoteca…
Nuestras familias se enteraron de la peor forma posible de mi embarazo. Lo tenía que haber sido un momento de euforia…terminó siendo una sorpresa en medio del entierro. Recuerdo el día muy borroso, pero después me dijeron que gritaba por él y por nuestro bebé mientras lo enterraban. Si todo el mundo en aquel momento intentaba acompañarme, después de los desgarradores gritos, me arroparon todavía más.
Me pasaba los días mirando el infinito, pero con la noticia del embarazo nuestras familias intentaban sacarme de casa, por el bien del bebé y mío. Fue en un paseo con mi madre, hablando de las injusticias de la vida, cuando decidimos tomarnos un café.
Nos sentamos en una terraza, pidió su café, echó el azúcar y, cuando quiso revolverlo, la cucharilla se le resbaló de la mano. Quise darle la mía cuando me di cuenta de que se había quedado bloqueada y no era capaz de recoger la cucharilla. Empecé a gritarle, a preguntarle que pasaba. Menos mal que cerca nuestro había un señor que reconoció que era un ictus y se llamó a la ambulancia a tiempo.
El último trimestre de embarazo lo pasé en el hospital, entre el ingreso de mi madre, mis pruebas de seguimiento y las posteriores pruebas de ella, pasaron tres meses sin casi darme cuenta. El bebé venía y, a parte de ser responsable totalmente de él, también lo tenía que ser de mi madre.
La situación era abrumadora y el postparto se avecinaba tormentoso. Cuando tuve a mi bebé en mis brazos lloré como nunca antes lo había hecho. Pasé un parto muy duro y “sola” (solo estaba mi cuñada conmigo). No quise visitas en el hospital, no era capaz de recibir visitas cuando yo solo quería llorar viendo la cara de mi marido en nuestro bebé.
Volví a casa a los tres días para encontrarme de bruces con mi futuro. Mi madre tenía medio cuerpo y cara paralizados, le costaba hacer muchas cosas y necesitaba de mi apoyo hasta para ir al baño… justo en el momento en el que yo también necesitaba esa ayuda.
Muchos familiares quisieron apoyarnos, hay cosas íntimas como la ducha o el baño que hacíamos entre nosotras como buenamente podíamos.
Cuando mi hijo cumplió los 3 años y empezó preescolar, decidí que era el momento en invertir en terapia. No esperaba “superar el duelo” por mi marido, pero al menos aprender a gestionar mis emociones.
Han pasado 9 años, mi madre, mi hijo y yo continuamos viviendo juntos. Mi madre recuperó mucha movilidad corporal pero no en la cara. Mi niño es la viva imagen de su padre y todos nos deshacemos por él, es inteligente, guapo y deportista. Y yo… bueno, yo continuo en terapia pero con las sesiones más espaciadas.
