Siempre he defendido que un hombre que me hace reír tiene medio camino hecho conmigo, pero lo que no me esperaba es que nadie pudiera hacerme tanta gracia como para llegar a mearme en los pantalones en medio de una cita. No, no es una forma de hablar, me lo hice encima, tal y como lo estáis leyendo: aquel día, la expresión «calla, que me meo» se tornó literal.
Uno de mis mejores amigos llevaba meses dándonos la turra con un compañero de trabajo. Nos contaba que era el tío más divertido que había conocido nunca, que las horas de trabajo a su lado se hacían mucho más amenas y que, además, era un tío genial. Ninguno de nosotros le conocíamos en persona, pero nos tronchábamos con las cosas que nos contaba sobre él y, a fuerza de escuchar todas aquellas anécdotas desternillantes, terminamos todos con unas ganas tremendas de conocer a aquel tipo tan ocurrente. Por eso, cuando decidimos organizar una cena para celebrar el ascenso de uno de nuestros colegas, le dijimos que le invitase a venir con nosotros.
Aquella noche pude comprobar que mi colega no se había equivocado en absoluto con aquel tío. Era todo mi línea. Un chico súper majo, inteligente y, sobre todo, muy, pero que muy divertido. Tan divertido que me encoñé por completo y al final de la cena yo ya no podía quitarle los ojos de encima. Y es que no sé si me conquistó por lo gracioso o por qué, pero además de ocurrente me pareció tremendo pibón. Ni de coña quería perderle la pista y por cómo me había estado mirando y acercándose a mí toda la noche, sabía que, por su parte, también había interés, así que antes de despedirnos, le dije de intercambiar los números de teléfono para seguir en contacto.
Después de tirarnos unos cuantos días acribillándonos a mensajes, me invitó a tomar algo en su casa días después y, aunque me puse como un flan, decidí tirarme a la piscina. Si así conseguía tirármelo a él, habría merecido la pena. Así que aquella misma noche me planté en su casa y, mientras estábamos en la terraza, cerveza en mano, yo pensaba que nunca antes me lo había pasado tan bien ni había conocido a nadie que me hiciera reír de aquella forma. Lo que no sabía es que el momento más vergonzoso de toda mi vida hasta la fecha estaba a punto de suceder.
Al chaval no le bastó con verme descojonada viva, que tuvo que seguir añadiendo chistes al asunto hasta que sentí que iba a ahogarme de la risa. Y para terminar de rematar, sin saber muy bien cómo, en mitad de mi ataque de risa, el tío se tropezó y terminó cayéndose de culo. No lo pude evitar. Mi cuerpo decidió ir por libre. Se abrieron las compuertas de mi vejiga. Me meé lo más grande. Porque no fueron unas gotitas de pis en las bragas, no: la riada llegó hasta el cojín de la silla donde estaba sentada. Cuando me di cuenta de la gravedad de la situación, me cambió la cara y fingí que me preocupaba por su caída. ¿Y ahora qué?, pensé. ¿Cómo hago para que no se pispe?
Me convertí en una mujer con un objetivo: no levantar el culo por nada del mundo. Pero los hombres son muy oportunos y siempre encuentran el mejor momento para ponerse cariñosos (nótese la ironía), así que el chaval, que ignoraba mis problemas, me cogió de la mano y me dijo de irnos al sofá para estar más cómodos. Vamos, que quería tema. En aquel momento me odié, odié el efecto diurético de la cerveza y le odié a él por ser tan gracioso, porque si había alguna posibilidad de echar un polvo, con mi percance urinario, lo había echado a perder. Podía distraerle para que no viera la mancha, quitarme la ropa antes de que se diera cuenta e incluso hacer tiempo después para que se secara la silla, pero me parecía una cerdada echar un polvo en aquellas condiciones. Necesitaba una ducha, unas bragas, un pantalón y un milagro.
Así que, con todo el dolor de mi corazón, tuve que inventarme que me encontraba fatal para irme de allí, aun siendo consciente de que tarde o temprano se daría cuenta de que me había meado en su silla. Yo a esas alturas me conformaba con que no se pispara estando yo presente, porque con una humillación ya había tenido bastante. Pensaba que no le volvería a ver, porque, ¿quién quiere volver a quedar con una tía que se ha meado encima? Sin embargo, a los pocos días volvió a escribirme como si nada y nos vimos unas cuantas veces más. No sé si es que nunca llegó a ver la silla o es que le gusté tanto que decidió aceptar el hecho de que yo era como una especie de chihuahua con incontinencia, pero jamás mencionó aquel incidente y yo tampoco.
