Han cerrado Círculo de Lectores y a mi se me ha encogido el corazón como si hubiera cerrado la tienda de abajo.

Será que estamos en Otoño, que no salimos de una borrasca y nos metemos en otra, que diluvia ahí fuera y yo me he puesto a Ubago en el Spoty o qué se yo, pero a mi, esta noticia, me ha partido el corazón.

Si pienso en Círculo me voy a las tardes sentada en el sofá pasando las hojas de la revista para saber qué pedir, a esa primera selección de libros que luego había que acortar porque los mayores nos decían que no se podían pedir tantos libros ese mes. Mi mente se traslada a esas discusiones con mi hermano para saber a quién le tocaba pedir más ese mes o a cruzar los dedos para que el descarte que habíamos hecho no desapareciera de la revista en la siguiente entrega.

Manolito Gafotas llegó a mi vida, y de qué manera, de su mano.

Mi primera colección, la que hizo que yo corriera a abrir a puerta como alma que me lleva el diablo cuando mi madre decía que venía la chica del círculo. Ella y su carrito de la compra, porque así nos llegaban los libros: Plastificados, sujetos con una goma sí habías pedido más de uno y en carrito de la compra. Aquel niño de Carabanchel llegó a mi barrio para quedarse y en mi casa era fiesta nacional cuando en las hojas de la revista descubríamos otra entrega de sus aventuras. Incluso aunque nos hubiera podido el ansía y ya hubiéramos corrido a la biblioteca a apuntarnos en la lista de espera para leerlo. Nunca le daremos suficientemente las gracias a Elvira Lindo por regalarnos a Manolito.

Después, llegaron las colecciones de manualidades en aquellos tiempos en los que aún no los llamábamos DIY y si te pedías una colección tus padres te decían eso de «Son cuatro entregas, esto vale por 4 veces de pedido» y tu sufrías porque claro, querías tu super enciclopedia de las manualidades para días de lluvia (que sí vives en Asturias ya te digo yo que se queda corta) pero también querías los libros de El pequeño Vampiro y Las aventuras del Pequeño Nicolás…entre otros.

¡Qué tiempos aquellos en los que comprabas una cosa y esperabas para recibirla! Tú pedías tus libros y sabías que hasta el mes siguiente no llegarían y no pasaban nada, porque tenías los anteriores para seguir disfrutando. En cambio ahora, te compras algo, lo que seas, y si te lo entregan en una hora mejor que en 24. Nos hemos convertido en ansías vivas desde que no reparten con el carrito de la compra.

Una de las pocas veces que recuerdo en las que mi hermano y yo estábamos de acuerdo en qué libro comprar fue cuando nos trajimos a casa «La guía de la vida de Bart Simpson».

¿Quién podría resistirse? Lo cierto es que a día de hoy no recuerdo nada de lo que traía esta guía pero recuerdo llevarlo al colegio para fardar y releerlo muchas veces. Creo que lo de «un mini-libro para los perplejos» fue algo en lo que ninguno de los canijos que lo leímos caímos nunca.

Llegó la preadolescencia y hubo un libro que creo un drama, de los buenos, en mi casa. A mí, que no me dejaban comprarme la Vale se me ocurrió pedir el libro » El libro de las chicas. Crecer y ser adulta». Tendría unos 12 años, muchas hormonas dentro y esa curiosidad que mata al gato.

Dentro de aquellas tapas duras se abrió otro mundo: ¿puedo dejar el colegio?, ¿embarazada y ahora qué?, ¿debo pedirle un test antisida?, ¿son mis padres unos aguafiestas?. No recuerdo el contenido exacto de cada apartado pero sí tengo claro, fruto de releerlo muchos años después, que madremíadelamorhermosoquelibrotanhorroroso. En la actualidad, sería impensable un libro como este pero en aquellos años el libro iba de mochila en mochila por todas las chicas de la clase con un secretismo extremo. Todas sabíamos que si ese libro caía en manos de un adulto, se acababa, como pasaba con la Vale cuando alguna mayor del colegio nos la dejaba. Y se acabó, vaya si se acabó, alguna madre cogió el libro y se puso en contacto con el resto de madres sin grupo de whattasap mediante y el libro terminó, esto lo descubriría muchos años después, en la esquina trasera de la parte superior de un armario cogiendo polvo. Pregunté por él muchas veces y mi madre siempre me decía que a saber a quién se lo había dejado y no me lo había devuelto….

Después llegaron los tiempos en los que a veces no sabías qué pedir y te traías a casa cualquier cosa, la revista se fue llenando de otros productos que no eran libros, crecimos y poco a poco, Círculo y yo nos fuimos distanciando.

Cambiamos nosotros, cambiaron nuestros hábitos de consumo pero Círculo seguía ahí, como esa tienda pequeña de la esquina a la que sales corriendo cuanto no te queda mahonesa y tú tienes antojo de ensaladilla rusa, como esa vieja panadería que ya nunca pisas pero que no te imaginas con la puerta cerrada.

Y eso, que se me ha encogido el corazón, que su cierre se ha llevado un trozo de nuestra infancia y su nostalgia y que hasta siempre…

…Siempre nos quedará Venca.