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Vamos a ver, me vais a juzgar por dos cosas: 

1) “Ese plato no es de ese sitio, es de mi tierra”. Pues lo que ponía en Google. 2) “¿Pero cómo no te va a gustar? Eso es porque no te lo han cocinado bien”. Puede ser, de verdad, pero no pienso volver para comprobarlo. Una y no más. 

Así que respiro hondo sabiendo cuales son las principales críticas y voy al lío: 

LA MORCILLA PATATERA (Extremadura): ¿que necesidad de comer sangre, grasa y patata embutida en una tripa?. De verdad que no puedo. Cuando me lo pusieron delante se me subía el desayuno a la boca. Y ojo, que el olor no estaba del todo desagradable, pero la pinta era nefasta. 

LAS FILLOAS DE SANGRE (Galicia): volvemos al mismo punto, ¿por qué voy a comer sangre? con lo buenas que están las de leche. Que si, que del cerdo se comen hasta los andares, pero lo de la sangre ya es too much.

ARROZ AL FORN (Valencia): simplemente no entiendo por qué mezclar arroz, garbanzos y patata. Y por si no fuese suficiente añadirle tomates, cebollas, ajos a palo seco… y morcilla. De verdad, no. 

CALLOS (Madrid-Galicia): que oye que a mi me encantan unos buenos garbanzos, y si tiene pezuña pues un extra de colágeno para el cuerpo. ¿Pero tripas?. No puedo. Además el lugar donde lo probé (que reconozco que NO lo hicieron bien) tenían restos de pelos que me asqueó durante días. 

Hago un inciso sobre las tripas, vísceras y demás órganos de animales. ¿Habiendo tanta variedad de carnes y tantos tipos de partes/zonas/cortes en cada animal, por qué los órganos es una opción?. 

HÍGADO ENCEBOLLADO (Asturias): un poco siguiendo la línea de lo que venía diciendo sobre lo innecesario que es comerse el órgano de un animal, lo del hígado y lo extendido que está comerlo me parece increíble. En crudo ya la textura echa para atrás, el olor otro tanto de lo mismo, pero es que cocinado… me haría vegana en el instante que me lo pusieran en el plato. No, este no lo he probado. Ni lo haré jamás. 

BOCADILLO DE SARDINAS (Cataluña): tendrá todo el calcio que quieras, pero lo de comerte un pescado, sea cual sea su tamaño, con espinas y además metido en pan… no. 

ANGULAS (País Vasco): a parte de que parecen gusanos de mar, el precio es absurdamente caro. Y ya no hablemos de las gulas, la misma apariencia gusanil pero de sucedáneo, lo que lo hace todavía peor (aunque más barato). 

TORTILLA DE MANZANA (Asturias): me la pusieron delante y, aunque la estética decía “cómeme, soy una tortilla de patatas”, el olor era a manzana. ¿A quién no le va a gustar una tarta de manzana?. Pero eso no era una tarta, era literalmente una tortilla, con su huevo amarillo de freír y con manzana en lugar de patata (además de azúcar). Creedme que lo intenté, pero esa textura fue superior a mi.

Y por último y no menos importante, CARACOLES (Andalucía): ¿en qué momento puedes verlos en tu jardín o subiendo una planta y decir “mmm que antojo”?. Concha, textura viscosa y una baba que va dejando a lo largo del camino. Y para (supongo) ocultar el sabor, infinidad de salsas a elegir. Si necesitas salsa es porque no te gusta, no fastidies. 

Hasta aquí me desahogo, os espero con un chaleco antibalas. 

Pero no me digáis que no ante pondríais un buen cocido, una tortillita de patatas, una paella, una tarta de almendra… antes que una morcilla, filloa de sangre, arroz al forn, callos, hígado (u otros órganos), bocadillo de sardinas, angulas o gulas, tortilla de manzana o caracoles. Sorry, no me lo creo.