Hay días que una se levanta y da gracias por algo. Por no estar ya en esa relación, por haber dejado atrás una carrera inútil, por haber aprobado un examen… en mi caso, yo doy gracias por no seguir ya en ese curro del que salí cantando “Suéltalo”. Entre otras cosas porque el jefe que teníamos era -digámoslo con delicadeza- un tanto chapado a la antigua. Vamos, que le faltaba la cachiporra e ir diciendo “¡Unga-unga!”. 

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“¿Qué estás embarazada otra vez? Joder, vamos a tener que abrir una colecta para compraros una tele, porque no paráis de darle”. “Elena no tiene un buen día hoy, podría disimular un poquito, que una cosa es que estés con la regla, y otra que lo vayas pregonando”. “Este tío siempre está de mal humor, voy a tener que hablar con su mujer, a ver si le hace un par de trabajitos y se le alegra un poco la expresión”, eran algunas de sus perlas. 

Él lo hacía porque se creía muy gracioso -ya se sabe, al jefe siempre le ríen los chistes y alguno se lo acaba creyendo- y decía que así se relajaba el ambiente, que era para que trabajásemos en un entorno desenfadado y natural. Las chicas solíamos decir que, o bien no se daba cuenta de que para las mujeres aquél ambiente no era relajado en absoluto, en cuyo caso era imbécil, pero qué le ibas a hacer si el pobre era imbécil, o bien sí se daba cuenta de que para nosotras la cosa iba más tensa que la faja de Pavarotti y le daba igual, en cuyo caso pues ya era un poco cabrón y eso ya no era plan de resignarse. Así que decidimos ver qué pasaría si le devolvíamos la pelota. 

Cierta vez me pidieron que tutorizara a una chica que acababa de entrar en la empresa. Ella escuchaba mis llamadas, yo le explicaba las labores administrativas, cómo hacer tal cosa, pedir tal otra, la supervisaba en sus primeros pasos (perdonad que no dé muchos detalles. Nadie va a atar cabos, pero si no les damos facilidades, mejor que mejor), y un par de días más tarde le pasé mis impresiones a él y al de Recursos Humanos. Aclaremos que la chica era joven, guapa y de buen tipo. Cuando me preguntaron qué tal iba, yo les dije que muy bien, que se la veía con ganas, que ponía interés y se le notaba que tenía tablas atendiendo a clientes. 

 

“Bueno, y si no, pues la ponemos en Reclamaciones, que en cuanto la vean, se calman”. Recursos se rio haciéndole coro y yo permanecí en silencio. “¿Por qué?” pregunté cuando se callaron, con tono inocente. El ambiente perdió distensión. “Hombre, es que, simplemente con que se desabroche un botón de la blusa, ya nadie reclama nada”, Recursos intentó arreglarlo y todavía lo estropicio más, y yo le miré con cara de extrañeza. “Eeeh… lo siento, pero no os sigo con esto, ¿eh? ¿Qué queréis decir?”, dije mirando a uno y a otro alternativamente. Ahí al jefe ya le estaban hirviendo las narices, porque el sr. Ambiente Desenfadado tenía menos aguante que una mula con avispa bajo el rabo. 

“Quiero decir que, bueno, que es hora de pasar a otro tema. Qué poquito sentido del humor”. Me encogí de hombros con cara de resignación, como si yo aún siguiera sin pescar la gracia. Más tarde, ya fuera de la sala y delante de las compañeras a las que había puesto al tanto, Recursos me dijo que cómo se me ocurría hacer algo así, ¡al jefe! ¿No tenía un poco de respeto? “¿El mismo que él nos tiene a nosotras con esas bromitas que vosotros le reís?”. Aaaay, es que todo lo sacábamos de madre, es que no se nos podía decir nada, es que qué generación de cristal, es que eso era un piropo y ya no sabíamos entender un piropo. 

“¿A ti te gustaría que le dijeran ese “piropo” a tu hija?” soltó otra compañera “¿Que le dijeran que poco menos que la contratan solamente por tetuda?”. Es que no se podía hablar con nosotras, es que todo lo cogíamos por donde quemaba, es que… es que se dieron cuenta, pero como a nadie le gusta que le muevan la silla, era más cómodo decir que era culpa nuestra, que no teníamos sentido del humor, que no apreciábamos un piropo. Que nos atrevíamos a pedir un trato digno. Pero digno de un ser humano, no digno de una película de Mariano Ozores.

Así que la próxima vez que alguien trate de haceros un comentario estúpido o una broma machista, no lo entendáis. Que ninguna lo entienda, que lo tengan que explicar. Cuando se ponen frente al espejo, no les gusta lo que ven, así que hagamos que lo tengan que ver. 

Delice.