No tengo un recuerdo claro de cómo empezó mi TCA, pero si intento mirar muy atrás, lo más antiguo que encuentro es cuando tenía cinco años y pedí por Reyes… una liposucción.

Sí. Con cinco años.

A esa edad apenas tienes concepción del mundo, pero esto es algo que nos pasa a las personas gordas: somos quienes antes tomamos conciencia de nuestro cuerpo, porque el entorno se encarga de recordárnoslo constantemente.

No recuerdo la primera vez que nadé, pero sí, clavada como un puñal, la tarde en la que fui al baño tras una clase de ballet —no pasaría de tercero de primaria— y mis compañeras se burlaban de mis movimientos llamándome “ballena varada”.

Así que no es extraño que, cuando cumplí catorce y empecé a sentir que tenía un mínimo de capacidad de decisión, pusiera todas mis fuerzas en ser lo que llevaba queriendo ser toda mi vida: delgada.

Más o menos lo conseguí.

Pero no fue hasta los diecinueve, cuando empecé la carrera en Santiago, que alcancé mi peso más bajo. Ese que vigilaba con un esmero enfermizo.

A día de hoy me asombra cuánta disciplina, cuánta eficiencia matemática y cuánta locura hacían falta para cumplir con ayunos larguísimos, alimentarme a base de uvas y arroz y sentir esa satisfacción hiriente de notar los huesos bajo la piel.

Pero lo más asombroso es que yo no quería dejar de vivir así.

Cuando mi mejor amigo —el que menos tardó en reaccionar y el que jamás dejó de ofrecerme ayuda— me decía que no podía seguir con esa rutina autodestructiva, yo respondía que eran hábitos saludables y que no quería desprenderme de ellos.

En realidad, lo que me pasaba era otra cosa.

Si ya me daba terror salir de refilón en cualquier fotografía, imaginarme con el peso que siempre había tenido —el de mi constitución natural— me provocaba auténticos ataques de pánico.

Incluso siendo consciente de que mi cuerpo necesitaba volver a alimentarse bien, me repetía que podía aguantar “un poquito más” con una dieta “cuqui” sacada de blogs de Ana y Mia, hasta perder esos kilos que, según yo, me faltaban para ser “válida”, “hermosa”, “aceptable”.

Es muy doloroso reconocer que, a pesar de los estragos en mi salud —pérdida de cabello, de menstruación, de energía, de ganas de vivir—, el recuerdo de lo que había sufrido de niña me parecía una alternativa peor que empezar a sanar.

Y aquí quiero decir algo muy importante.

Lo que más me ayudó fue cambiar radicalmente mi algoritmo en redes sociales.

Ver cada día chicas imposibles, rutinas milagro, productos para acelerar el metabolismo, modelos anoréxicas enseñando outfits y vidas de ensueño que yo creía que alcanzaría al adelgazar… era una tortura diaria. Una comparativa constante cada vez que me miraba al espejo.

Mi psicóloga me recomendó cuentas de chicas que ni siquiera eran activistas, pero sí mujeres lejos de los cuerpos perfectos que se atrevían a hacer algo que yo llevaba años evitando: vivir.

Disfrutar de la playa. De una tarta. De un café. De sus amigos. De su cuerpo. Sin tener una talla 34.

Poco a poco llené mi feed de caras con acné como la mía, de modelos midsize, de nutricionistas conscientes.

Y aquello fue un bálsamo.

Un abrazo directo a mi niña interior que, por fin, entendió que no había hecho nada mal. Que simplemente era demasiado pequeña para saber defenderse de una sociedad profundamente herida.

Así que sané.

Y aprendí a sanar.

Aprendí a no comentar el cuerpo ajeno y, sobre todo, a habitar el mío.

Porque la vida es demasiado corta como para perderte una cena con tus amigas por culpa del ayuno intermitente.

Ojalá lo hubiera sabido antes.