Cuando mi pareja y yo decidimos tener un hijo, estábamos en nuestro mejor momento. Llevábamos 4 años juntos, nos acabábamos de casar y comprar nuestro propio piso, nos queríamos y llevábamos tan bien como el primer día. Los dos con trabajo y con muchas ganas de aumentar la familia, así que nos pusimos a ello.
El primer mes fue hasta divertido, cualquier excusa era buena para acostarnos y con la novedad de hacerlo sin preservativo, lo cogimos con muchas ganas, lo hicimos cada día o máximo cada dos, y cuando me bajó lo que parecía la regla, para asegurarnos de que no era sangrado de implantación, me hice un test de embarazo. Fue negativo, pero era el primer mes, así que duramos poco desanimados.
El segundo mes fue casi como el primero, pero con un poco más de presión. No queríamos pensar que quizás alguno de nosotros tenía un problema, así que seguíamos acostándonos y disfrutando del proceso, pero con el segundo negativo, todo empezó a torcerse.
Me bajé una aplicación de estas de medir tu regla, puse todos los datos en el calendario, me tomé la temperatura y marqué los días en los que era posible quedarme embarazada, des del tercer mes, nos centramos en concentrar el sexo en esos días. También teníamos algún encuentro esporádico fuera de fecha, pero ambos teníamos en mente que nuestro “deber” era hacerlo en esos días.
Del cuarto al sexto mes fue así, nos obsesionamos con las fechas, alimentación, temperatura corporal, mitos que leíamos por internet… El sexo se había vuelto mecánico, ya ni si quiera lo disfrutaba, pasó a ser un trámite, una situación por la que pasar para conseguir el embarazo. Dejó de ser una actividad para disfrutar y pasó a ser una herramienta para llegar hasta nuestro objetivo, algo agendado en el calendario, una obligación.

Ambos notamos que habíamos perdido la lívido y lo hablamos en más de una ocasión. Nos convencíamos de que en cuanto lográramos el embarazo, todo volvería a la normalidad. Volveríamos a cogernos con ganas y a tener ese sexo desenfrenado que tanto nos gustaba y que, hasta ese momento, se había mantenido firme. Así que tampoco le dábamos mucha importancia y seguíamos en piloto automático.
A partir del sexto mes y hasta el año, estuve tomando suplementos (a parte del folato activo) para la fertilidad, pero mes tras mes el resultado del test era negativo. Los dos nos hicimos analíticas de sangre para ver si había algo alterado, pero nada, todo estaba bien, y hasta que no pasase un año no se consideraba que tuviéramos infertilidad y tampoco nos ofrecían ningún acompañamiento. Os mentiría si os dijera que mantuve la esperanza. A partir del octavo mes yo ya tenía asumido que no íbamos a poder y solo quería que pasasen los 12 meses para así poder ir al médico y que alguien nos hiciera caso.
Todo ese tiempo de espera fue terrible para mi autoestima, me sentía inútil, mujer rota, incapaz, todas esas cosas que había oído de otras mujeres y que tan claro tenía que, si yo me veía en esa situación, no me iba a sentir así, me atravesaron entera y ahora con perspectiva puedo decir que creo que tuve depresión. Me sentía muy triste, fea, sin lívido, sin ganas de nada, solo quería que el test saliera positivo y acabar con toda esa etapa mala. Quería convertir en anécdota todo ese mal trago de mi vida y contarle a mi hijo o hija lo mucho que le habíamos esperado.
Dejé de salir con mis amigas, de hacer planes, de tener citas con mi pareja y de hacer cualquier cosa que no fuera estar en casa. Cuando llegaban los días de sexo, intentábamos que fuera rápido para así cumplir y tachar la tarea pendiente del mes. Ya no había disfrute, ni ganas, ni deseo, no había nada.
Él también pasó por un proceso en el que no se sentía deseado y al verme a mí tan mal, perdía todas las ganas de intentar hacer mejorar la situación. La verdad es que en esa época fui una persona difícil, y eso, sin quererlo, nos generó una especie de rencor del uno hacia el otro.
Creo que lo peor vino cuando empezamos con las pruebas médicas, nos revisaron a los dos todo lo habido y por haber y nos dieron una respuesta que nos mató: no nos pasaba nada.
¿No nos pasaba nada? ¿Y entonces qué estaba pasando?
Nos pedían paciencia, reducir el estrés, llevar una vida tranquila… Esas cosas que nosotros en ese momento sabíamos que NO podían ser la causa del problema real y que tenían que seguir buscando.
Vinieron unos meses de discusiones, distanciamiento, viejas heridas y problemas, pero eso sí, el sexo mecánico en los días de posible embarazo, no faltaba.
Finalmente, al año y 4 meses, salió por fin el test positivo. Cuando lo vimos creo que ninguno de los dos sentimos euforia o felicidad, sentimos más bien “alivio”. Fue después cuando fuimos a la primera eco y escuchamos el latido, que los dos lloramos como niños y nos pedimos perdón por todo.
Durante el embarazo ninguno de los dos quisimos sexo, en mi caso no me apetecía, sin más, bastante tenía con lo mío, y él me comentaba que era como que “había perdido el sentido”. Llevábamos tanto tiempo sin acostarnos por placer que se nos había olvidado cómo se hacía y a la vez nos daba miedo intentarlo y fracasar, porqué siempre habíamos tenido el mantra de “cuando consigamos el embarazo todo volverá a la normalidad”. Así que ninguno lo intentábamos.
Después, nació nuestro pequeño, y los primeros meses ya sabéis que es un desastre e imposible intimar. Estábamos agotados y con la lívido por los suelos, pero casi nos dio algo cuando nos dimos cuenta que llevábamos más de un año sin acostarnos.

Ninguno nos atrevíamos a ponernos a ello así que empezamos a ir a un terapeuta sexual que, sorprendentemente, nos está ayudando mucho.
Ahora estamos en pleno proceso, pero echo la vista atrás y me parece increíble cómo una vida sexual tan sana y abundante como la que teníamos, desapareció en cuestión de 2-3 meses y nos está costando tantísimo recuperarla.
Creo que nadie está preparado para vivir esto, no nos dan herramientas, no nos ayudan.
Lo único que nos queda es contarlo, hablarlo entre nosotras y normalizarlo, darnos consejos, compartir y sanar.
Si a ti te está pasando, no estás sola. Busca ayuda y cuéntalo.