En cualquier relación, está bien tener puntos en común, pasiones que os unan o aficiones que se puedan compartir, independientemente de que luego cada uno pueda tener su tiempo por separado. Sin embargo, hay veces que lo que inicialmente parece ser una pasión inofensiva o una afición compartida se convierte en una barrera entre dos personas. Así fue como la obsesión de mi ex novio por el gimnasio terminó separándonos.
Al principio, todo parecía bastante normal. Como pareja, siempre habíamos sido activos, nos gustaba hacer ejercicio juntos, caminar por el parque, hacer senderismo, o incluso compartir una rutina en el gimnasio. Mi ex, que siempre había estado en buena forma, comenzó a involucrarse más con el gimnasio.
Al principio, era solo un par de días a la semana. Nos turnábamos para hacer entrenamientos juntos, y aunque no compartíamos los mismos intereses en cuanto a rutinas, me parecía algo positivo. El gimnasio era su forma de desconectar y mantenerse saludable, y yo lo apoyaba porque veía que le hacía mucho bien.
Sin embargo, pronto comencé a notar que su actitud hacia el gimnasio no era tan simple. Cada vez pasaba más tiempo allí, y sus sesiones se volvían más largas. Lo que antes eran sesiones de una hora, ahora se convertían en dos o tres horas diarias. Llegó un momento en que nuestras conversaciones se centraban solo en los avances en su cuerpo, los récords que rompía, las dietas estrictas que seguía y las proteínas o suplementación que tomaba. Yo, al principio, lo veía como algo positivo, algo que reflejaba su disciplina y esfuerzo, pero poco a poco me fui cansando.

Lo que Hernán no entendía en ese momento era cómo su obsesión por el gimnasio estaba afectando a nuestra relación. El gimnasio ya no era solo una forma de mantenerse en forma, sino una prioridad que iba por encima de todo. Me empezó a hablar más sobre nutrición, suplementos, calorías, macros y cómo todo en su vida giraba en torno a mejorar su rendimiento físico.
Al principio, me animé a seguir su ejemplo, intentando incorporar estos cambios en mi vida, pero pronto me di cuenta de que se trataba de una obsesión insana que yo no estaba dispuesta a seguir.
Las salidas a comer se convirtieron en una batalla constante por encontrar restaurantes que se ajustaran a su dieta rigurosa. Ya no había espacio para una noche tranquila viendo una película, ni tiempo para disfrutar de una cita sin que él estuviera revisando su reloj, asegurándose de que cumpliera con su horario de entrenamiento.
Lo peor de todo fue cuando empecé a darme cuenta de que él ya no me veía como alguien con quien compartir esos momentos, sino más bien como una molestia. Las pequeñas conversaciones sobre nuestras vidas o proyectos compartidos se acabaron y dieron paso a monólogos sobre sus logros, sus tiempos de entrenamiento y me di cuenta de que prefería estar con cualquiera de sus colegas del gym que conmigo.
Hubo una tarde en la que todo cambió. Habíamos planeado salir a cenar para celebrar nuestro aniversario. Soy una persona muy detallista y me había currado mucho la sorpresa pues veía que nos estábamos alejando y quería que volviésemos a conectar. Había buscado el lugar perfecto para cenar, el restaurante donde habíamos tenido nuestra primera cita y que era especial para los dos.
Allí estaba yo, de punta en blanco esperándole y así estuve durante casi una hora hasta que él se decidió a venir y, en vez de excusarse simplemente dijo que había tenido que alargar el entrenamiento de cara a una competición que tenía ese fin de semana.
Yo no podía creer lo que estaba escuchando y, aunque intenté normalizarlo y desviar la conversación hacia otros sitios, él solo quería hablar de aquella competencia, de sus rutinas y de su amado gimnasio y ahí fue cuando mi cabeza hizo “clic”. Aunque la gota que colmó el vaso fue cuando, terminando la comida, me dijo que tenía algo que pedirme.
Yo, aunque confusa también estaba ilusionada pensando en que quizás quisiera pedirme pasar más tiempo juntos o similar, pero lo que me dijo me dejó a cuadros.

Me pidió que dejara de acompañarlo en las pocas actividades que hacíamos juntos en el gimnasio ya que hacía tiempo que no estaba a su altura y que verme allí con él le desmotivaba. Así que, o me ponía las pilas, o tendría que entrenar por mi cuenta.
La verdad es que apenas supe qué contestar y cuando por fin pude decir algo, me dio por llorar. Después, intenté hablar con él, expresarle mis sentimientos, pero él estaba tan inmerso en su mundo que no comprendía cómo me sentía. Me acusó de no apoyarlo, de ser «demasiado emocional» y de no entender lo importante que era para él su dedicación al gimnasio. Pero la realidad era que no se trataba de un simple hobby. Se trataba de una obsesión que estaba destrozando nuestra relación.
Él, por supuesto, no dio su brazo a torcer y siguió aferrado a la idea de que yo era un lastre para su avance y que no entendía la importancia que todo esto tenía para él. Lógicamente, eso me hizo ver que no podía seguir viviendo de esa manera. No quería ser solo una sombra en su vida ni quería ser la persona que esperaba en casa mientras él cumplía con su rutina de entrenamiento. Decidí que mi bienestar emocional y mi felicidad eran más importantes que seguir en una relación donde me sentía invisible.
Angie Rigo