Supongo que a todos nos gusta que los demás crean que somos más interesantes, apasionados o inteligentes de lo que verdaderamente somos. Lo que todavía no puedo entender es por qué, en mi caso, me tiré el pisto de aquella manera si ya hacía un par de semanas que el chico en cuestión, al que llamaremos Javi, y yo habíamos empezado a liarnos. No rascábamos cada vez que nos picaba. Y nos picaba con bastante frecuencia, si me preguntan. A esas alturas no necesitaba impresionar a nadie, porque el pescado estaba ya más que vendido, pero aun así, sentí la necesidad de hacerlo.
Nos conocíamos desde hacía muchos años y siempre nos habíamos gustado, pero por circunstancias de la vida, nunca habíamos tenido la oportunidad de quitarnos la espinita. En realidad, sí que hubo oportunidad de hacerlo, pero preferimos mantenernos fieles a nuestras parejas. Cuando se alinearon los planetas y nos enteramos de que ambos estábamos solteros, nos frotamos las manos y dijimos: «ahora es cuando». Tal y como esperaba, el sexo con Javi resultó ser sencillamente brutal, algo salvaje y sexy. Me encantó comprobar que era un chico bastante activo y curioso en la cama, al igual que yo. O al menos, eso pensaba.
Yo flipaba con él y con sus habilidades de empotrador, pero un día flipé aún más cuando me dijo que nunca había congeniado tanto con una chica en la cama en toda su vida ni tampoco había sentido lo que sentía acostándose conmigo. Por supuesto, se me subió el ego por las nubes, pero también sentí de repente una presión que antes no estaba ahí. Sentía que tenía que hacer lo imposible por mantener a aquel dios del sexo conmigo, que no podía bajar el listón ni dormirme en los laureles. Nadie me dijo que esperase nada por mi parte, pero yo solita me hice la película en mi cabeza.
Fue precisamente ese autoboicot el que provocó que empezase a «intentar estar a la altura» todo el tiempo. Ropa interior sexy, nuevas posturitas de circo del sol, grabarnos en vídeo… todo lo que se me ocurría para seguir sorprendiéndole y que me viera como la mejor amante del mundo. Por supuesto, él estaba encantado con mi nueva faceta y, como me vio lanzada, me preguntó si alguna vez había hecho un trío con un hombre y otra mujer. Lo cierto es que era algo por lo que alguna vez había sentido curiosidad, pero no tanta como para llevarla a cabo. Sin embargo, mentí y le dije que era una fantasía que me daba un morbo tremendo.
De vez en cuando, salía el tema en la conversación, pero yo siempre me salía por la tangente. Hasta que un día me lo propuso en serio: él se encargaría de buscar a la chica, con mi aprobación. Yo, cagada como estaba pero deseando volverle loco, le dije que me lo pensaría. Días después, estábamos viendo stories en su móvil tirados en la cama después del delicioso, y apareció una chica guapísima. Tenía un cuerpazo y una carita de muñeca viciosa que te hacían dudar de tu orientación sexual. Y, en qué momento se me ocurrió decirlo en voz alta.
A la semana siguiente, volvimos a quedar en su casa, solo que aquella vez me dijo que me pusiera muy muy guapa porque tenía una sorpresa para mí. Yo pensé que me habría preparado una cena, que saldríamos por ahí o algo similar. Lo que nunca me hubiera imaginado fue que, al entrar en su salón, aquella chica súper sexy de Instagram estuviese allí vestida para matar. Bueno, para matar y para montarse un trío con nosotros, que era básicamente a lo que había ido. Javi me sirvió una copa y me contó que llevaba una semana organizándolo para darme una sorpresa y «cumplir nuestra fantasía», que la chica que me había gustado estaba de acuerdo. Oh my god.
Sabía que quedaría súper mal si me rajaba, pero no estaba segura de que me apeteciera hacerlo. Cuando la chica se me acercó y me besó, mientras él nos miraba, me dije a mí misma que aquello no lo estaba haciendo porque yo quisiera, sino por complacer a Javi. Aparté educadamente a la chica y les dije a los dos que lo sentía, pero que estaba con la regla y que no era plan. Los dos se me quedaron mirando como si les hubiera dicho que me alimentaba de fetos humanos y la chica se fue con cara de pocos amigos y echando pestes. Pero al menos conseguí frenar aquel trío.
Después de aquello, me dio tanta vergüenza admitir que solo había dicho que me ponía la idea del ménage à trois para hacerme la guay y la liberada, que no fui capaz de volver a escribir a Javi. Él me escribió un mensaje en el que me decía que no hacía falta que hiciera cosas que realmente no quería, porque, con otra chica de por medio o no, yo ya le volvía loco. A día de hoy seguimos viéndonos. Eso sí, nunca se me ha vuelto a ocurrir dármelas de moderna.
