Saúl y yo nos conocimos en la universidad. Una tarde coincidimos estudiando en la  biblioteca y después de pasarnos casi hora lanzándonos miraditas desde nuestras  respectivas mesas, algo me poseyó y decidí dejarle mi número de teléfono escrito en una  notita que le lancé antes de salir despavorida, aún a riesgo de parecer patética. Y tan  patética no debí resultarle, porque a los cinco minutos recibí un mensaje suyo en el que  me decía lo mucho que le gustaba. Lo que yo no sabía entonces es que, a día de hoy,  cuatro años más tarde, daría cualquier cosa por retroceder en el tiempo y haber tirado ese maldito trozo de papel a la basura. 

Al principio estar con él era como vivir dentro de una novela de Danielle Steel; el  romanticismo y la pasión parecían no terminarse nunca, cada día era más feliz que el  anterior, me hacía sentir tan increíblemente bien que llegué a pensar que mis anteriores  relaciones habían sido un timo y una pérdida de tiempo. Saúl hacía que todo fuera  perfecto , que yo me sintiera súper especial y que todas mis amigas se murieran de celos  por tener una relación mínimamente parecida a la nuestra, dicho por ellas mismas. No  sólo me trataba como a una princesa sino que además teníamos una infinidad de cosas  en común. 

La pasión por las motos era una de ellas. A mí siempre me habían flipado pero nunca me  animaba a sacarme el carné por pura dejadez, hasta que Saúl apareció en mi vida con su  flamante moto y me empezó a picar el gusanillo muy en serio. Desde el minuto uno dejó  entrever que no le hacía mucha gracia, según él por miedo a que me sucediera algo.  Ahora, con el paso del tiempo y viéndolo desde otra perspectiva, sé muy bien que lo único que le disgustaba era que aquella moto me hiciera sentir más independiente. De hecho, si tuviera que decir cuándo todo empezó a cambiar, sin dudarlo, diría que Saúl dejó de ser el novio aparentemente perfecto a raíz de aprobar mi carné de moto. 

A partir de entonces y de manera gradual, se empezó a mostrar más irascible conmigo, su actitud era totalmente diferente a la del chico del cual yo me había enamorado. Ya no era  una persona cariñosa, detallista y dulce. Aquel chico que tenía a mi lado me hacía sentir  insegura, pequeña e inútil. Hiciera lo que hiciera siempre estaba mal, todo parecía  molestarle y la más mínima tontería podía convertirse en una batalla campal que  terminaba conmigo llorando, corriendo tras él y suplicando que me perdonase aunque yo  no hubiese hecho nada malo. Por supuesto, también dejé de montar en moto para que no  se enfadase conmigo. 

Las señales de alarma eran bastante claras pero yo no era capaz de verlas hasta que su  actitud violenta escaló de nivel hasta llegar a la agresión física. Aquel día estaba sola en  casa, mis padres se habían ido a pasar el fin de semana fuera y decidí prepararle uno de  sus platos favoritos con toda la ilusión del mundo. Para mi sorpresa se presentó borracho  y cuando probó la comida, se puso a gritarme que era una inútil, que aquella mierda  estaba fría. Después estampó el plato contra la pared. Normalmente me hubiera encogido de miedo, pero aquel día me salió decirle que era un gilipollas, que se creía muy duro  pero que no era más que un niñato. Fue entonces cuando se levantó de la silla y me  empujó tan fuerte que me caí de la mía y me golpeé la cabeza contra el suelo. 

 

Mientras intentaba levantarme, se largó. Escuché como arrancaba su moto y entré en  pánico. A pesar de todo, no quería que tuviera un accidente por conducir borracho y  cabreado así que como una imbécil, corrí a coger mi moto para ir tras él. Cuando le  alcancé, me puse a hacerle señas para que frenase, pero él me ignoraba por completo y  aceleraba para dejarme atrás. Tan concentrada estaba en él que me olvidé de mi propia  seguridad. No sé muy bien cómo pero al final terminé volcando y rodando por el suelo.  Por suerte llevaba casco y no iba a gran velocidad, pero sí la suficiente como para  llevarme un buen susto y hacerme polvo los codos y las rodillas.  

Todos los conductores de los coches que circulaban por allí en aquel momento se bajaron para ayudarme, mientras varias personas que caminaban por la calle llamaban a una  ambulancia. En medio de aquel caos, no hacía más que llamar a Saúl, que me miraba a lo lejos montado en su moto. Y cuando pensaba que todo aquello no podía ser más  surrealista, mi novio arrancó y se largó de allí, dejándome tirada en medio de la calle y  sangrando. Me llevaron al hospital y gracias al cielo, el accidente no me dejó más que  unas cuantas heridas superficiales, aunque aparatosas.  

Seguía pensando que cuando saliera de urgencias mi chico estaría allí para disculparse o, al menos, para darme una explicación. Pero nada de eso. No supe nada de Saúl hasta  pasados dos días. Supongo que aquello, por fin, me abrió los ojos de una vez. Me llamó  mil veces pero nunca le contesté y cuando se presentó en mi casa para «preocuparse por  mí», no quise salir a recibirle. Después de aquel día no volvió a molestarme más, supongo que le hecho de que mi hermano le amenazase con arrancarle la cabeza después de  enterarse de lo que realmente había sucedido tuvo algo que ver.