Todavía lo recuerdo como si fuera ayer y mi mujer se sigue poniendo colorada. Éramos novios, no teníamos un sitio fijo para darle gusto al cuerpo y optamos por comprarnos un coche. Lo primero que se nos vino a la cabeza es que íbamos a disponer de un follódromo móvil y que se acabó lo de andar con prisas, pedirle las llaves de su casa a alguien, o pagar una habitación de hotel para ganar algo de tranquilidad.

El problema estaba en que, aunque fuera algo natural, a ninguno de los dos nos agradaba la idea de irnos al mismo sitio que todo el mundo, un famoso descampado de mi ciudad, aparcar en batería y ver cómo los coches se llenaban de vaho, de olor a sexo y de intensidad en lo que respecta a los amortiguadores de cada vehículo.

Fue casi por casualidad, pero descubrimos que existía una aplicación que te detallaba cuáles eran los sitios más adecuados para echar un polvo tranquilamente. Te explicaban incluso dónde aparcar para que nadie te viera, cuál era la mejor zona e incluían los comentarios de algunos usuarios que solían ir para que decidieras si ese era el lugar más adecuado.

Fuimos utilizando nuestros dedos como pinzas para ampliar el mapa de nuestra ciudad y encontramos uno bastante tranquilo. A uno de los lados había una pista deportiva que, lógicamente, estaría cerrada por la noche. Al otro lado, había un seto bastante alto que protegía el jardín interior de un bloque de viviendas. Decidimos ir a echar un vistazo esa misma tarde y todo parecía perfecto. A poco que nos controlásemos un poco a la hora de corrernos, me refiero a lo de gritar y demás, sería difícil que alguien nos viera. Hacerlo allí sin demasiados coches alrededor y con cierta tranquilidad nos pareció estupendo.

Comenzamos a decidir qué día sería el más adecuado y decidimos que un jueves por la noche. Así evitábamos a las parejas del fin de semana y podíamos estar algo más tranquilos. Además, el viernes trabajábamos de tarde y el fin de semana ya teníamos algunos planes. Nos fuimos a cenar, luego a tomar algo por ahí y sobre las tres más o menos llegamos al lugar para echar el polvo de nuestra vida. 

 

Nos lo tomamos con muchísima calma. En lugar de hacerlo todo con miedo a que nos vieran, fuimos deleitándonos en los preliminares, sintiendo cada caricia y cada lametón y, en un momento dado, pensamos que estábamos en un hotel porque no se escuchaba absolutamente nada. 

Sobre las seis menos cuarto vimos que llegaba un coche al aparcamiento. Pensamos que sería de alguien que vivía por allí que llegaba de trabajar. Lo malo es que luego llegó otro, y otro, y otro, y otro más que fueron aparcando cada vez más cerca. El último que lo hizo incluso gritó «nosotros a la escoba y otros a follar, no hay derecho». 

Nos vestimos a toda prisa, intentamos recomponer la situación y nos dimos cuenta de que en el bajo del edificio residencial había un cuartelillo donde los barrenderos del barrio guardaban sus carritos y sus escobas. El pitorreo fue tal que hasta nos aplaudieron cuando nos marchábamos. Desde entonces, dejamos de utilizar la aplicación para encontrar un sitio tranquilo y nos buscamos la vida en apartamentos de la playa de colegas, hoteles y demás. ¿Te ha pasado algo similar alguna vez?