Llevo más de veinte años fumando. Bueno, llevaba. Aunque es algo de lo que opino personalmente que nunca se sale para siempre, puedo decir orgullosa que hace más de seis meses que no cojo un cigarrillo.
A lo largo de todo ese tiempo, había intentado quitarme muchísimas veces, pero al final volvía siempre a caer. Un mal día, un disgusto, una pena, o al revés, una celebración o un momento especial, solían ser los instantes en los que inevitablemente me terminaba llevando un cigarro a la boca. Me decía que sólo iba a ser una calada, pero me engañaba a mí misma porque terminaba volviendo a fumar. Primero cogiendo cigarrillos de aquí y de allí, no queriendo traspasar el límite de volver a comprar una cajetilla. Después claudicando a la evidencia de que había vuelto a fumar con todas las de la ley y no podía seguir gorroneándole cigarrillos al personal.
El caso es que me apunté a un gimnasio y empecé a darlo todo. Me sentía motivada y contenta y el monitor reconocía mis logros. Un día me dijo que solo me faltaba dejar de fumar, y le respondí que lo había intentado todo y que no podía dejarlo, que mi destino era estar atada al tabaco para siempre. Él me respondió que también había sido fumador y que había logrado quitarse a través de la hipnosis. Qué queréis que os diga, el muchacho me merecía todo el respeto, pero me parecía una soberana gilipollez porque nunca había creído en esas cosas.

Con el paso de los días, tanto me insistió, que lo comenté en casa, y mi madre me dijo que lo intentase, que no perdía nada. Bueno realmente sí que perdía, porque la sesión de hipnosis en la que me aseguraban que dejaría el tabaco costaba 200 euros. Pero ya por pura incredulidad, por demostrarme que eso no podía ser cierto, llamé al teléfono que me dio mi monitor y concerté una cita.
Me citaron en un centro de hipnosis y os juro que aquel día iba absolutamente incrédula y negativa a que aquello diese resultado. Había mucha más gente, era una sesión grupal, lo cual aún me escamó más.
Cuando el hombre empezó con la hipnosis, yo miraba a mi alrededor pensando en toda aquella pobre gente que creía que iba a salir de allí repudiando el tabaco y escuchándolo todo con infinito escepticismo. A mitad de sesión nos dejó salir para según él, fumarnos nuestro último cigarro. Obviamente, todos fumamos allí, yo la primera.
Volvimos a la segunda parte de la sesión e idem, escepticismo total.
Nos despidió diciéndonos que teníamos que repetir todos los días la frase “estoy libre del tabaco para siempre”.
Cuando volvía a casa en el coche empecé a sentir algo raro, no sabría deciros qué. Como si volviera en mí misma, aunque yo en ningún momento me había dormido ni mucho menos.
Desde aquel cigarrillo de esa tarde, no he vuelto a coger uno. A veces me puede apetecer, pero siento, no me preguntéis cómo, que estoy libre del tabaco y que puedo, sin ningún esfuerzo, no ceder a coger un cigarrillo.

Es decir, no lo aborrezco, ni es que no me apetezca jamás, sencillamente puedo elegir, sin trabajo alguno, el hecho de no fumar.
Estoy muy feliz de haber probado con la hipnosis, porque contra todo pronóstico, he conseguido dejar de fumar. En una tarde y sin angustia ni recaídas. Esta es mi historia y os la quería contar por si puede ayudar a alguien. Os aseguro que a mí me ha funcionado y no me lo creía ni de lejos.