En realidad, creo que el título está mal planteado. Mi intención está muy lejos de dar consejos de madre perfecta, porque estoy a años luz de serlo. Hago lo que puedo, como todas, imagino. Con más café que aciertos, pero siempre con buena intención.
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mundochollazo
Soy TriMadre. Dos de mis retoños actualmente son personas “adultas” que cursan estudios universitarios, y la última está en ese momento vital en el que pasas de amarla con locura a querer cometer un asesinato… para luego mearte de la risa con alguno de sus comentarios. Todo muy sano. Está bien, porque combinamos adolescencia y perimenopausia, lo que nos convierte en dos vagonetas locas subiendo y bajando por la montaña rusa de las hormonas. Pero eh, todo bien…
Así que, en realidad, el título debería explicar cómo he sobrevivido todos estos años con tres hijes, un trabajo muy absorbente (que además viaja a casa, por si fuera poco), el divorcio del padre de los tres de por medio y un largo etcétera que muchas seguro conocéis demasiado bien.
Aun así, sé que lo que os ha llamado la atención es el hecho de que une de mis hijes (a partir de ahora usaré lenguaje neutro cuando hable de los tres) es un chico trans.
Respondiendo a la primera pregunta que os viene a la cabeza: mi hije nació en un cuerpecito con genitales femeninos. Cuando hablamos de personas trans, siempre nos referimos al género al que han transicionado. Así que un chico trans es una persona que nació con un cuerpo femenino, pero cuya identidad de género es masculina. Y una chica trans, a la inversa.
A las personas que nos identificamos con el género y el cuerpo que habitamos se nos llama cisgénero, o, en corto, cis. Yo soy una mujer cis: me identifico como mujer y tengo un cuerpo de mujer. No es que tenga un máster en el tema (aunque a estas alturas podría convalidar créditos), es que mi hijo empezó a mostrar cómo se identificaba desde muy pequeño.
Con tres o cuatro años ya pedía, en determinadas ocasiones, que nos dirigiéramos a él con un nombre masculino. Y lo hicimos, pero solo a veces: algunos días sí, otros no. También pedía ropa socialmente catalogada como masculina y, como en esta casa nunca hemos sido muy de dramatizar, se la comprábamos. A los cinco años decidió ponerse pendientes —yo había preferido no ponérselos al nacer y esperar a que pudiera decidir—, pero se los quitó enseguida y los agujeros se cerraron solos. Como no se dejaba peinar, decidió que quería el pelo corto. Y la peluquera se lo cortó. Fin del drama.
Como habéis ido viendo, fui respetando todas esas decisiones, igual que respetaba las de mis otres hijes: pelo largo, pelo corto, trencita de padawan, falda con brillibrilli, bambas con luces, melena al viento o pelo recogido. En nuestra familia no era extraño que estas decisiones las tomaran elles. Pero yo, que siempre digo que a los pálpitos de madre hay que hacerles caso, empecé a bucear por internet e informarme sobre infancias trans, personas no binarias, transiciones de género, género fluido y toda esa jerga que parece un lío… pero que os prometo que no lo es tanto.
Mi hijo, mientras no se desarrolló, jugaba a fluir entre dos géneros: a veces niño, a veces niña, según le convenía. Aquí tampoco puse obstáculos. Simplemente le expliqué que, mientras él estuviera bien, yo estaría bien. Que su trabajo principal era ser feliz, jugar y aprender en la escuela, y que lo que llegara a ser —si es que llegaba a “algún sitio”— nos daba bastante igual, porque le amaríamos igual.
Creció con un hermano muy cishetero y una hermana muy cishetero. Así que el argumento de “es que tanta libertad lleva a la confusión” no me lo vendáis: de tres hijes, solo uno ha expresado estas necesidades. Los otros han expresado otras, distintas, que también hemos intentado respetar.
La cuestión es que empezó su desarrollo puberal con un cuerpo de mujer, y ya sabéis lo que eso implica: menstruaciones, sujetadores, ropa que sí, ropa que no… Y yo preguntándome por dentro: “¿Habrá fallado mi instinto?”. Pues tal y como anuncia el título: NO.
A los 14 años se cortó la melena rubia que llevaba y, al cabo de un mes, me dijo:
—Mamá, soy un chico.
¿Cómo me lo tomé? Primero pensé: “Si es que ya lo sabía yo que esto iba a salir en algún momento”. Después le expliqué que estaría ahí siempre que lo necesitara y trazamos un plan para avanzar a su ritmo. Viviendo en la era de la información, lo primero que hicimos fue buscar referentes trans masculinos: escuchar discursos, leer experiencias y comprobar si eso era exactamente lo que sentía. Encontrar una “comunidad virtual” para confirmar que no era el único chico trans del mundo.
Estuvo días y días viendo vídeos, comparando discursos, leyendo… hasta que se aseguró de que eso era lo que sentía. Entonces lo compartimos con la familia más cercana y cambiamos los pronombres femeninos por masculinos. Pero aquí surgió un pequeño problemilla: no tenía nombre masculino.
Así que pasamos varios días buscando uno que le cuadrara, le gustara y le hiciera sentir cómodo. Mientras tanto, sus hermanos (vale, y yo también, lo admito) le llamábamos nombres absurdos para reírnos: Eustaquio, Cipriano o Wenceslao. Tengo que confesar que él también se reía.
Y llegó el día del nombre escogido. Es un nombre corto, precioso, que encaja perfectamente con el de sus hermanes y que perfectamente podría haber elegido yo. En ese momento pedimos cita en la Unidad de Tránsito de Género asociada a la sanidad pública. Allí nos atendieron con muchísimo amor, cuidado y respeto. Le ofrecieron distintas opciones —hormonarse o no—, le explicaron consecuencias y le brindaron atención médica, psicológica y acompañamiento constante. Debo agradecer el enorme trabajo que hacen, porque allí siguen, ayudando a familias como la nuestra.
¿Y el instituto? Pues muy bien, la verdad. Cuando él me dio permiso, avisé a su tutor. Mi hijo envió un correo a todo el profesorado informando de su nuevo nombre y pidiendo que se refirieran a él en masculino. Nos dieron muchas facilidades.
El siguiente paso fue usar a sus amistades como pajaritos mensajeros: se encargaron de hacer correr la noticia por el instituto. Así que, cuando todo el mundo lo supo, él se quitó una piedra enorme de la mochila. El cambio en su carácter fue espectacular. Se abrió en canal.
Y la guinda final llegó el año pasado: justo al acabar el instituto se operó de una mastectomía y oficializamos sus documentos como hombre, para que pudiera empezar la universidad siendo él.
¿Y yo? Yo bien, gracias. Durante un tiempo me reuní con un grupo de familias con hijes adolescentes que estaban transitando y descubrí algo importante: todas compartimos el mismo miedo. Nos aterra que salgan a la sociedad y que esta se los coma. Por eso es tan importante construir buenos cimientos: que sepan que estás ahí, aguantando. Igual que se aguanta la adolescencia: con humor, paciencia y, a veces, correos al instituto para reorganizar cosillas tan “tontas” como las duchas después de educación física.
Hablan del duelo de la pérdida, en mi caso de una hija, pero en realidad creo que gané un hijo. Porque él sigue siendo más él que nunca. Volvieron su risa en cascada y sus bromas; ganó confianza al verse identificado en el espejo y sin dismorfia corporal, y eso hizo que yo me sintiera más tranquila y segura de su decisión.
Tengo que admitir que, en algunos momentos —sobre todo antes de la mastectomía—, yo ejercía de mamá helicóptero, controlando desde la distancia las miradas del entorno, especialmente cuando estábamos en la playa o en la piscina, porque los dos éramos conscientes de que su cuerpo podía hacer explotar cerebros al no poder catalogarlo en una sociedad completamente binaria. Veías a un chico peludo, con bañador de pantaloncito, pero con un sujetador de nadadora que le comprimía el pecho… La gente lo miraba de reojo. A lo que yo contestaba con una mirada penetrante a esas personas, que entendían enseguida y sin palabras que a mi niño nadie le miraba como si fuera un mono de feria.
Como la relación entre los tres hermanos es muy potente, elles se han encargado de acompañarlo en cualquier momento que pudiera generar algún pequeño conflicto o confusión, por ejemplo, en las duchas de los campings. Solemos ir de camping con nuestra caravana, así que cuando tocaba ducha él iba con su hermana y se duchaban juntos en las duchas de mujeres. Ahora es capaz de ir al gimnasio y entrar en los vestuarios masculinos sin reparo, asegurándose —eso sí— de que las duchas tienen puerta para poder cerrar y ducharse tranquilamente.
Este ha sido el primer verano sin tetas, como dice él. Y para la familia ha sido un despelote general. Sobre todo en la playa, donde con su hermana juegan a zambullirse o, con el enorme flotador, a ver quién es el primero en caerse al agua. Vuelvo a ver en él a esa criaturita de cinco años que disfrutaba descubriendo la vida, y eso me ha reconciliado con todo el proceso.
Ahora me siento orgullosísima de cómo está gestionando la universidad, de cómo se relaciona con el mundo y de la facilidad que tiene para contarme datos interesantísimos sobre cualquier tema. Es una gran persona, y eso me hace muy feliz.
Eso sí, por favor: si conocéis a una persona trans o sois familiares de una, no le preguntéis cómo se llamaba antes. Ya sé que la curiosidad pica, pero queda muy feo. Y a elles les hace sentir muy mal.
Parvaty
