Cuando me pongo a recordar cómo me sentía en aquellos momentos, apenas me creo que haya conseguido salir y estar hoy como estoy. Recuerdo la sensación de no querer levantarme de la cama, de desear que los días pasasen y de no tener ganas de hacer absolutamente nada.

Durante esa época, me sentía atrapada en una rutina que me estaba desbordando, sobrepasada por las emociones y sin capacidad de seguir avanzando. Mi energía vital que, hasta entonces me había conseguido mantener a flote, había desaparecido y el mundo a mi alrededor se había vuelto gris. Mis amigos lo notaban, pero todos pensaban que era solo una mala racha. Nadie sabía lo que realmente me estaba pasando y yo tampoco hablaba de ello con nadie.

En ese momento, Luisa fue una constante en mi vida, un pequeño faro de luz aun no habiendo sido nunca amigas íntimas, aunque sí que habíamos formado parte siempre del mismo grupo. A pesar de eso, siempre tenía la palabra justa y me hacía sentir acompañada. Era alegre, dicharachera, y muy práctica para todo. “Importancia a lo importante”, era lo que siempre solía decir.

Una tarde de jueves, mientras me encontraba en casa sintiéndome más vacía que nunca, mi teléfono vibró. Era un mensaje de Luisa que simplemente decía: “¿Nos vemos un rato? Un paseo rápido para despejar, ¿te animas?

No contesté, así que, al rato, Luisa me llamó para decirme exactamente lo mismo y, aunque poner mil excusas no pude rechazar la invitación porque sabía que, si no se plantaría en mi puerta y, aunque en el fondo lo único que quería era quedarme en la cama, me vestí, salí y a la media hora estábamos charlando de todo y de nada mientras paseábamos.

Luisa me contaba cosas mundanas, cómo había ido su semana, cotilleos de su trabajo, historias graciosas de los vecinos de su edificio y un montón de cosas más. Yo la escuchaba sin decir mucho. En un momento dado, me preguntó algo que me hizo salir de mi mundo:

“Y tú, ¿cómo estás? Pero, de verdad”

Era una pregunta sencilla, pero por alguna razón, en ese momento hizo que me pusiera a llorar.  De repente, todo lo que había estado ocultando salió a la luz: el cansancio, el vacío, la ansiedad, todo se mezcló y yo no podía parar de llorar.

Luisa, lejos de asustarse, intentar desviar la conversación o consolarme con frases típicas, se quedó en silencio, me abrazó y se quedó apoyándome todo el rato que necesité. No me dio consejos ni me pidió que dejara de llorar. Me dio mi espacio y me dejó ser yo y mostrarme tal y como me sentía en aquel momento. En ese instante entendí que no estaba sola y que había alguien dispuesto a estar ahí para mí incluso sin entender muy bien lo que estaba pasando.

Al día siguiente, Luisa volvió a escribirme para preguntarme lo mismo, si quería salir a dar un paseo y salimos y así un día sí y otro también y establecimos esa rutina que tan bien me venía y que ya teníamos fijada simplemente para vernos, hablar y caminar.

Los días pasaron, y aunque no fue inmediato ni fácil, me di cuenta de que las pequeñas salidas con Luisa, nuestras charlas sobre cosas superficiales y su compañía me hacían sentir mucho mejor. El solo hecho de que ella estuviera allí, sin juzgar, sin intentar cambiarme y solo acompañándome en el proceso de salir de aquella espiral, fue lo que me liberó.

Hoy puedo mirar atrás y darme cuenta de que ese apoyo constante, aunque aparentemente sencillo, fue lo que me salvó. Luisa no sabía exactamente cómo me encontraba, pero con su forma de ser, su paciencia y su atención, logró darme la fuerza para seguir adelante.

Angie Rigo