Estoy segura de que en alguna ocasión has ido a una cena grupal y, casualmente, el que más come o ha pedido las cosas más caras (y muchas veces es el mismo que tiene mayor poder adquisitivo) quiere que lo paguéis todo a «pachas»; y una vez lo haces, pero a la quinta se te hinchan los ovarios y le dices que es un caradura y que no es justo que tú, que has bebido agua, comido solo unas anillas de calamar congeladas y no has comido postre, pagues sus caprichos. Pues esto con tus amigos puede ser un problema puntual, pero con tu pareja puede ser el detonante de un gran conflicto; de hecho, la cuestión económica es una de las principales causas de enfados y rupturas.
Hablar de la situación financiera, compartir ese tipo de problemas y no convertir los euros en tabú es vital para que una pareja sobreviva a la convivencia.
El otro día una compañera me comentaba que en su relación tenían un modelo de aportación equitativa, un 50/50, y que eso la estaba ahogando. Mientras que la otra persona vivía holgadamente, ella las pasaba putas para llegar a fin de mes, y que, tras hablarlo, y sabiendo que su novio no quería bajar su nivel de vida, «estaba dispuesto a pagarle algunas cosillas de ocio». Encima, él se sentía mal porque creía que se estaba aprovechando de él.
Yo sentía que me hablaba del antiguo sistema patriarcal de macho proveedor en el que ella debe servirle a él y estar guapa en los eventos sociales, y que, claro, no tiene un duro para escapar de esa situación; y aunque mi amiga trabaja, está en unas condiciones similares sin capacidad de ahorro.
Yo le recomendé que le propusiera un sistema proporcional, el verdaderamente equitativo aunque no lleve esta palabra en el nombre: si uno gana el 70 % de los ingresos del hogar y el otro el 30 % restante, que los pagos fueran repartidos de igual manera (70/30). Pero ella alegó que, claro, él trabaja más y se gana su dinero con el sudor de su frente… porque ella no, porque si ella pudiera no tendría un empleo con mejores condiciones, salario y horario. Rodar los ojos se me hizo insuficiente.
Así que busqué otras vías de compartir gastos, pero ella no confiaba en él, para, por ejemplo, tener una cuenta común de donde tirar ambos para desembolsos conjuntos e individuales… Le di otra vuelta de rosca y le propuse que en esa cuenta corriente se estipularan unas asignaciones semanales fijas para gastos personales y el resto para facturas comunes, pero ella comentó que él jamás lo permitiría, que él quería seguir en el «a medias» porque lo consideraba lo justo.
¿Lo justo? Pero párate a pensar un segundo, eso no es igualdad, es una receta asegurada para el resentimiento y la sumisión por un lado, y para el control y el egoísmo por el otro. Así que se lo dije: «Esto es crónica de una muerte anunciada, lo vais a dejar tarde o temprano porque el asunto va a dejar de ser puramente matemático y va a pasar a ser un pulso de poder…». Lo único que pude recomendarle ahora es que se prepare para ello, que intente ahorrar de alguna manera y que no se quede en la estacada.
Si una persona que te ama no es capaz de adaptar su economía a la del hogar es que no quiere que seas su hogar: prefiere proteger su privilegio. Y no es una cuestión exclusiva de hombres que ganan más (que pasa mucho y vuelvo a rodar los ojos porque es tema para otro día), porque puede que esta misma dinámica se dé al revés o en parejas no heterosexuales; se trata de ser dos y enfrentar las finanzas juntos.
Personalmente creo que no hay una sola forma de quererse ni de organizar la cartera, pero si algo tan banal, y a la vez tan relevante en el mundo en que vivimos, os separa: ahí no es.
Dalia Suárez
