Ojalá hubiese conocido a alguien en mi adolescencia que me contara esto.

Hay muchas cosas que nadie te explica sobre tu cuerpo.

Pero tranquila, que para eso estamos aquí.

No nos lo dicen no porque sea un secreto de Estado, sino porque no interesa.

No se venderían cremas ni tintes.

No se venderían fajas ni liposucciones.

No nos grabarían a fuego complejos nuevos con cada anuncio.

A partir de los 40 no te despiertas iluminada ni abrazando tu reflejo en el espejo cantando mantras como “don’t worry, be happy”.

Lo que haces es atar cabos.

Vas viendo situaciones, conociendo gente, comparando experiencias… hasta que un día piensas:

—Ah… vale. Era esto.

No estaba tan gorda como pensaba a los 15.

Ni tenía tantos granos a los 20.

Ni eran tan feas mis estrías a los 30.

Estaba viva y sana. Punto.

Pero claro, eso no te lo dijeron.

Lo que sí te dijeron fue que vigilaras.

Que vaya culo se te estaba poniendo.

Que el pantalón marcaba barriga.

Que la camiseta marcaba los pezones.

Que igual no cabías en el vestido como siguieras así.

Porque muchas aprendimos a maltratar nuestro cuerpo antes que a escucharlo.

A los 8 años ya sabía que comer tenía consecuencias.

No para la salud.

Para el vestido de la comunión.

A los 14 ya iba a dietistas con mi madre.

A los 17 mi novio me decía que así, con minifalda, no salía a la calle.

A los 23 aparecieron las estrías con el embarazo y me dijeron que había que evitarlas.

Celulitis.

Manchas en la piel.

Tetas caídas.

Pieles colgando.

Cicatrices de operaciones.

A partir de los 40 y pico entiendes que aquello no iba solo de comida.

Iba de control.

Otra cosa que entiendes tarde:

nuestras tetas siempre fueron perfectas.

Pequeñas, grandes, caídas, con cicatrices, asimétricas, mirando cada una a Cuenca.

Perfectas. Todas. Sin excepción.

El problema no eran ellas.

Era el catálogo mental con el que las comparábamos.

Porque crecimos creyendo que había una sola forma válida de cuerpo perfecto.

Y spoiler: no existe.

Existen cuerpos reales.

Con marcas, con pelos, con pliegues, con historias.

Más gordos. Más flacos. Más vividos.

Hablemos de pelos.

Sí, esos.

A los 48 descubrí que los pelos no son el demonio.

Son pelo. Natural. Humano. Protector. Necesario.

Pero durante años nos convencieron de que éramos más deseables cuanto más parecíamos recién nacidas.

Un poco turbio, la verdad.

Ceras.

Láseres.

Cuchillas.

Vergüenza.

Prisa.

Todo para ocultar algo que crece solo y que es parte de nosotras.

Y un día te da pereza.

O te preguntas:

—¿Qué pasaría si no me depilo?

Y otro día caes en esto:

—¿En qué momento decidí que esto estaba mal?

Ni siquiera lo decidí.

Lo heredé.

Lo copié.

Seguí la moda.

Lo mismo pasa con los labios.

Y no, no hablo solo de los de la boca.

Entendemos que hay muchos tipos, muchas formas, muchos colores.

Y que ninguno vino defectuoso de fábrica.

El problema fue comparar nuestro cuerpo con uno inventado según la época: filtrado, depilado, iluminado y completamente irreal.

También entendemos que el cuerpo cambia.

Y no porque lo estés haciendo mal.

Cambia porque vive.

Cambia después de parir.

Cambia después de amar.

Cambia después de perder.

Cambia después de sostener demasiado tiempo.

Cambia porque toca.

Como los árboles mudan las hojas.

Como el río cambia su cauce.

Y cuando estás rozando los 50 y aparece la perimenopausia…

¡Bienvenida al siguiente nivel del videojuego llamado vida!

Sudores nocturnos.

Cambios de humor.

Cansancio sin explicación.

Pérdidas de memoria.

El cuerpo diciendo:

—Ahora jugamos en modo experta.

Y no, nadie te avisó.

Como tampoco te avisaron de que un día dejarías de mirarte con tanta crueldad.

No porque te quieras más, sino porque te conoces mejor y pelearte con tu cuerpo cada día ya no es una opción.

Porque rondando los 50 ya sabes que las empresas viven de que te sientas defectuosa.

Que el mercado necesita que odies algo de ti para venderte la solución.

Y que tu cuerpo nunca fue el problema.

Por eso, cuando miras atrás, te dan ganas de abrazar a esa niña de 8 años a la que le dijeron que comiera menos.

A la adolescente que se tapaba en la playa con el bañador más grande.

A la mujer que pidió perdón por vestir a su manera.

A los 50 no te conviertes en sabia.

Te conviertes en menos tóxica con tu propio cuerpo.

Y eso, amiga, no es poca cosa.

Si llegaste hasta aquí, cuéntame:

👉 ¿qué parte de tu cuerpo quisiste cambiar y ahora abrazas? Te leo.

Yo, mis tetas.

Y ahora me encantan.

Raquel Romarís