Cosas que NO esperas ver en las cámaras de seguridad de un super, parte 1

 

Después de echar la tarde entre incredulidades, preguntas y ataques de risa… Son las nueve de la noche. Nunca una última media hora dio para tanto. Estoy empezando a preparar todo lo relativo al cierre de la tienda, en la oficina, cuando me llama Vicky por megafonía. Un pedido a domicilio. A las nueve de la noche… Genial. Yo pongo cara de que no pasa nada hasta que la clienta me dice: «A mí en verdad me gusta más Mercadona, pero esto ahora me pillaba más cerca». Yo pensando: “¿Tu familia bien verdad bonita?” Que a ver, te puede gustar lo que te dé la gana, como si te quieres meter cubitos de hielo en el higo, pero si vienes a última hora a hacer un pedido a domicilio ¡no vaciles porque te cobro hasta las bolsas!

Terminamos de preparar el domicilio y me voy a la oficina a seguir con el cierre. Me vuelve a llamar Vicky y esta vez dice la palabra clave para que yo sepa que han entrado amigos de lo ajeno. Amigas y conocidas en este caso. Me voy detrás… Vaya cierre me están dando. Como les frustro el robo se van como han venido pero cagándose en todo mi árbol genealógico desde el Paleolítico. Yo paso, no es hora de pelear… Me voy a la oficina de nuevo.

Las 21:20 horas, a diez minutos de cerrar… Megafonía: «Virginia acuda a caja por favor«. Salgo de la oficina con un cabreo ya considerable y le digo a la compañera:

– Dime Vicky.

– La del potorro caliente ha entrado.

(Obviamente después de lo que vimos a medio día en las cámaras no me hizo falta preguntar más detalles).

 

A mí me faltan patas “pa” correr y… No vais a adivinar a dónde se dirigía la muchachita… ¡Al congelador de los hielos! Los hielos se echaron a temblar y no del frío. Yo enfilo el pasillo como si hubiera visto al mismísimo Jason Momoa, me planto a su lado y  le suelto: «Perdona… ¿Vas a empezar otra bolsa o te traigo la que te ha sobrado a medio día?» 

A la niña se le cambia el color y se queda casi más blanca que yo.  Empieza a titubear sin poder decirme nada y a mirar para los lados. Como sigue muda, le insisto:

 A ver… Yo no vengo a regañarte. Yo necesito una explicación.

Más titubeos y miradas de reojo. Y yo a pesar de haberle dicho que no iba a regañarle, empiezo a echarle la chapa de que si tenemos cámaras, que eso no se hace, que no es la primera vez… Hasta que aparece un muchachito de unos 10 años, claramente su hermano, que se dirige hacia nosotros y ella se descompone aún más si cabe.  «¿Me perdonas un momento?» Me dice mientras coge a su hermano del brazo y lo aparta. Yo, que en mi mente rebuscada pensaba que los dos hermanos estaban compinchados para realizar más hurtos, no los dejo solos y los sigo. La niña, me mira con cara de pedir clemencia, aparta al hermano y le dice algo al oído. Imagino que le diría que le esperase fuera porque el chiquillo salió y ella se volvió a donde yo estaba. Y ahí, habló:

– Perdona, te prometo que no voy a hacerlo más.

– Ya claro… Porque te hemos pillado. ¿Me puedes explicar por qué haces eso? 

– De verdad, no lo hago más… Te lo prometo.

– A ver, no lo vas a hacer más porque a la próxima vez se lo vamos a decir a tu padre cuando venga (es cliente habitual por lo visto, yo aún no me sé los parentescos de los clientes de esta tienda).

 

Ahí ya se viene abajo y confiensa:

– No, no… De verdad no le digas nada

– Pues explícame entonces por qué, para que pueda dormir tranquila esta noche y el resto de noches de mi vida

Un mojón pa mí iba a dormir yo tranquila después de lo que me dijo. La niña se arma de valor y me dice:

(Redoble de tambores)

¡QUE TIENE UNA OBSESIÓN CON EL HIELO Y NO LA PUEDE CONTROLAR!

Yo ahí ya no puedo con mi vida y lo único que atino a decirle es: «¿Tú sabes que puedes fabricar hielo en tu casa congelando agua?».

Aquí ya no le di el derecho a la réplica y le pedí por favor que se marchara, que era muy tarde… Ella me miró con la cara que puede mirar alguien a quién le han perdonado la vida y se marcha. Y desde ese día mis compis, los hielos y yo dormimos tranquilos. 

Fdo: VirPino