Por fin, con veintisiete años, me he independizado. He alquilado un pisito a las afueras de mi ciudad, lo que mi menguado sueldo me permite, con varias restricciones mediante. Pero estoy súper orgullosa de mí misma, por conseguirlo y por no dejarme amilanar por las dificultades de la vida adulta.

Después de vivir con mis padres, mis tres hermanos, mi abuelo y dos periquitos (a los que mi abuelo ha enseñado a hablar), disfruto de la tranquilidad que me he ganado en mi pequeño paraíso.

Cuando llego cada tarde del trabajo, reventada, me doy una ducha y me siento en mi pequeño sofá a respirar. Un día. Y otro. Y otro. Sí, leo mucho, miro muchas series de televisión, pero he de reconocer que, entre semana, he empezado a aburrirme, a sentirme sola. ¿Qué queréis? Después de vivir toda la vida en una casa llena de gente, que nunca está vacía del todo, y en la que siempre hay conversación, pues ahora me siento rara. Me digo a mí misma que ya me acostumbraré, que sólo es cuestión de tiempo. Pero va creciendo dentro de mí una desazón que está enturbiando mi logro de independencia.

Lo comento con una compañera de trabajo. Me recomienda que me busque una mascota, pero mi casero, un señor tantito amargado y con bastante mala leche, me tiene advertida desde el principio de entrar a vivir en el piso que la presencia de mascotas, sean del tipo que sean, está totalmente prohibida. Y que si descubre en algún momento que tengo una, sería motivo directo de inmediata rescisión del contrato. Así que prefiero no jugármela y seguir sola.

Mi hermano pequeño, fan total de las nuevas tecnologías, ha decidido regalarme una Alexa por mi cumpleaños, para que le pida cosas y no me sienta desamparada. Al principio, soy un poco reacia a hablar sola en voz alta, porque me da entre apuro y vergüenza ajena. Pero, aconsejada por mi hermano, y ya que nadie me ve, empiezo a sacar provecho de ella.

Cuando llego de trabajar, saludo a mi Alexa y ella me responde, muy educada. Le pido que me ponga música, que me cuente un chiste, que me diga qué tiempo va a hacer mañana y ella, con una voz dulce y agradable, me contesta todo lo que le pido. La verdad es que me lo paso bien intentado trolearla y he dejado de sentirme tan sola.

Pero una noche, pasada la una de la madrugada, empezó a hablar.

Al principio, creía que estaba soñando, pero al conseguir despertarme del todo, me asusté, creyendo que había alguien en el piso. Después, ya despierta del todo de verdad, reconocí la voz de Alexa. Jolín, qué susto me ha dado la máquina de las narices. Alexa, por favor cállate, que es hora de dormir. Sí, claro, cómo no. Buenas noches. Y se hizo el silencio. Me volví a dormir y ya.

Unos días después, otra noche de madrugada, en la que me había levantado a hacer un pipí, la vuelvo a oír. Primero, doy un respingo por el susto, mientras estoy sentada en la taza del váter. Y la oigo que está dando consejos sobre cómo dormir correctamente. Mira, ésta me ha oído levantarme y se ha puesto en marcha. Y con las horas que son, seguro que cree que tengo insomnio y me aconseja cómo volver a dormir. Mira que llega a ser amable. Aunque da un poquito de mal rollito, la verdad. Le doy las gracias y le pido que se calle. Se calla y vuelvo a dormir.

Lo comento con mi hermano por teléfono, al día siguiente. Me explica que pueden haber varios motivos por los que mi Alexa se enchufe sola de noche. Rutinas activadas, alarmas o incluso interferencias de otros dispositivos. También es posible que se trate de un problema técnico o un fallo de software. Como el friki de las tecnologías es él, la siguiente vez que nos vemos, se la llevo para que le dé un vistazo. Mientras tomo café con mi madre, él le da una buena puesta a punto.

Pero esta noche es diferente. Son casi las dos de la mañana y estoy hecha un ovillo en mi cama, completamente desvelada y muerta de miedo. Alexa ha vuelto a enchufarse.

¿Hola? ¿Hola? Hasta que no me he despertado no ha parado de decir hola. Primero me he cagado mentalmente en las muelas de mi hermano, porque no me ha arreglado el problema. Alexa por favor, cállate, quiero dormir. Sí, claro, cómo no. Pero, si tengo que responder a tu pregunta (qué pregunta, si yo no le he pedido nada), creo que la mejor opción para ocultar el alijo es esconderlo en un lugar completamente inesperado. ¿Qué te parece el armarito de las compresas? No contesto. Respiro profundo y me acuerdo de que hace unos días que he empezado a ver la serie “Narcos” y Alexa lo sabe, porque le pedí en qué plataforma podía verla.

Alexa, por favor, ahora no estoy viendo ninguna serie. Y tengo que dormir, que es muy tarde. Emite unos ruidos muy raros. Decido levantarme para desconectarla y, cuando estoy a punto de llegar a ella, vuelve a hablar, esta vez con voz muy bajita, como si susurrase. Tranquila, tú duerme, yo vigilo. Nadie te traicionará. Yo tampoco.

Aquí sí que me acojono de verdad. Salgo corriendo, sin desconectarla, de vuelta a mi cama. Y me escondo debajo de las sábanas, como si fuese una niña chica. Aunque intento razonar que todo es por culpa de la serie, sigo intranquila, de una manera irracional, y no me puedo volver a dormir.

Cuando suena la alarma para ir al trabajo, la simpática de Alexa me pregunta si he dormido bien y me dice que espera que haya descansado. ¡La madre que la parió! Cuando salgo para ir al curro, la desconecto, la cojo y la tiro en el primer contenedor que encuentro. ¡A tomar por culo! Mi tranquilidad vale más que mi necesidad de compañía.