Lola llevaba un tiempo en que le costaba conciliar el sueño. Siempre había confiado en su marido, tenían una relación muy sana y se querían mucho, pero también era cierto que él nunca se había comportado como lo hacía últimamente y ella no pudo evitar que le saltaran todas las alarmas.

Todo empezó el día que Lola llegó antes del trabajo y se encontró a su marido saliendo de la ducha, cuando él, en realidad, debería salir todavía más tarde que ella. Se puso nervioso al verla y rápidamente dijo que lo habían mandado para casa porque había habido una avería en el edificio donde estaba su oficina y tendría que trabajar desde casa un par de días más.

Ella no dudó de su palabra al momento, pero si que era extraño todo aquello y que no supiera especificar qué avería ni por qué no estaba en el ordenador sino en la ducha.

Días más tarde llegó a casa y se encontró la ropa de su marido en la lavadora. Solamente las prendas que llevaba puestas esa mañana. Una lavadora para una sola muda era algo extraño, pero ella quiso confiar.

Quiso, si, pero no pudo evitar sentir que algo no iba bien, así que se fijó en cada vez que se llevaba el teléfono al baño, que le llamaban y no respondía hasta salir al balcón, que escondía las notificaciones que le llegaban y cómo se quedaba ensimismado cuando ella le hablaba. Claramente algo pasaba y era algo que hacía que su relación se volviese fría y distante.

Entonces encontró unos cargos en la tarjeta extraños. Cantidades de dinero que normalmente se comentarían en casa. Gastos de una mercería, de una farmacia y luego unas cifras altas con un código indescifrable. Entonces ella lo supo, él estaba comprando ropa interior y preservativos para ir a un hotel de lujo con otra… Aunque era muy raro que usase la tarjeta teniendo la opción de pagar de otro modo.

Días más tarde, mientras ella pensaba en cómo abordar la conversación que terminaría con su matrimonio, llegó a casa y se encontró a su marido llorando desconsolado. Ella sintió pena por él. Debía ser duro enamorarse de alguien y romper un proyecto de vida como el que ellos tenían y, pensando en que hay cosas que no se pueden evitar, se agachó a su lado y le acarició el pelo. Él se abalanzó sobre ella en un abrazo y ella no evitó abrazarlo de vuelta. Pero las palabras que salieron de la boca de su marido no eran las que ella esperaba. Ojalá estuviera con otra…

“Es cáncer, amor… Lo siento”. El marido le Lola llevaba un tiempo haciéndose pruebas porque no se sentía bien, pero no quería asustar a su mujer por algo que podría no tener importancia, así que, cuando ya se había hecho gran parte de los exámenes y todavía no tenía respuesta, acudió a una clínica privada a consultar dudas y hacer nuevos exámenes. Pero esa tarde habían llamado del hospital. Los pólipos extraídos eran cancerígenos y las células analizadas en la siguiente colonoscopia también eran malas… Así que debía empezar tratamiento cuando antes.

 

Él esperaba decirle “Tuve un tumor, pero lo quitaron y no pasó nada”, pero tras esa llamada sintió un terrible arrepentimiento por haberle quitado a su mujer la oportunidad de prepararse para aquel mazazo, por eso lloraba tanto. Ella, intentando creer que aquello era un mal sueño, encajaba en su cabeza cada sospecha con la nueva información. Supo que aquella ropa en la lavadora era ropa sucia por haberse vomitado encima tras la sedación de la segunda prueba. El día de la ducha fue la primera sospecha de la enfermedad y los días de teletrabajo el reposo recomendado tras la intervención… Ahora quedaba darle mucho amor e intentar demostrarle cuánto lo amaba para unir sus fuerzas en esta dura situación.

Después de un tratamiento agresivo, el marido de Lola se recupera, en principio, de forma favorable y recuerdan juntos entre risas cómo ella creyó que le ponía los cuernos cuando en realidad estaba enfermo.

 

 

Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.

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