La primera vez que me enamoré no lo supe hasta después de muchos años.
Solemos identificar al primer amor cuando la persona que se pone en tu punto de mira es con la que esperas que haya besos, caricias, que te pida salir o con la que empieces una historia de amor. Pero hay otro enamoramiento, un despertar primitivo que te hace ver al sexo contrario con otros ojos, y ni siquiera sabes que está pasando, sólo que hay algo en tu entorno que te ha despertado emociones que ni sabías que tenías ni que podías controlarla.
Yo “oficialmente” me enamoré en octavo de EGB, del chico de la clase, no el más guapo ni el más simpático, sino el que cambió antes la voz y aumentó su volumen muscular. El que tenía más aspecto de hombre, en definitiva. Ese fue quien despertó en mi las hormonas femeninas, pero a lo que yo me refería justamente no era a este tipo de despertar.
Lo otro me pasó mucho antes, sólo que no he sabido identificarlo hasta más tarde. Debía tener yo unos nueve o diez años, quizás ni eso. Mi padre era conductor de camión. Transportaba coches, normalmente a ciudades de la península, pero ocasionalmente salía algún viaje “especial”.
Un verano lo mandaron a Palma de Mallorca a hacer una carga y aprovechando las vacaciones escolares y que en casa la economía no era muy boyante, pues decidió que nos íbamos todos para Palma. Los cinco en el camión. La cabina era grande y los tres hermanos viajábamos sentados en la litera y mi madre en el asiento del acompañante. El camión embarcó en el ferry Barcelona – Mallorca y a nosotros nos asignaron un camarote, todo un lujo para una familia como nosotros. El viaje era eso, ir hasta la capital donde mi padre haría su trabajo, seguramente nos dejó un rato con mi madre en la playa del Arenal y luego nos fuimos a comer a un restaurante con un compañero suyo y su hijo adolescente, doce o trece años debería tener el mozo.
Y ahí es donde una servidora vivió su más intensa experiencia de despertar al amor. Que repito, yo ni idea. Lo único que sé y que recuerdo que no podía apartar la vista de ese chico. No sé si él llegaría a notarlo, pero de haber sido así, ya ves tú, si igual iba yo con mis dos coletas y mis mocos en la nariz. Pero mirarlo, lo miré y lo remiré. Era un imán. Una atracción desconocida que no entendía ni podía controlar.
Pues como es de imaginar no pasó nada, ni volví a verlo ni supe nunca jamás de él. No supe nunca donde vivía, no pregunté a mi padre más detalle, tan sólo seguí el camino de la infancia que me tocaba vivir y atesoré ese día como algo bonito. Y Palma de Mallorca como un lugar especial.
Si tuviera que poner un título a este primer amor sería “La playa del Arenal”
Envía tus movidas a [email protected]
