Os voy a contar la historia de Enrique (mentira, no se llama Enrique) a quienes mis amigas bautizaron como “el intensito de la fuckzone”. Y os la voy a contar porque es una historia que ha envejecido divinamente y no puedo evitar reírme y pensar “Dios mío, ¿cómo no supe verlo antes?

Conocí a Enrique a través de un amigo común y, desde el primer día, sin haber cruzado más de cuatro frases, lamenté darme cuenta de que yo le gustaba un poco. Comprenderéis que con tan poquita interacción yo solo podía emitir un juicio de primera impresión. A lo mejor luego el chico resultaba ser una persona extraordinaria, pero no me entró por los ojos. Sin embargo, efectivamente había muy buen rollo y se dieron más quedadas.

A los pocos meses, aguanté estoicamente que se me declarase. Era una declaración del tipo “admito mi derrota conforme hablamos”: Oye, me gustas. No hace falta que digas nada, ya sé que yo a ti no. Quería dejarlo claro, pero podemos seguir siendo amigos. 

Pensaréis que estupendo, genial, tiene claros los términos y condiciones de nuestra relación. (Spoiler: NO)

Vinieron las vacaciones de verano y, con ellas, quedadas de piscina y playa, con el resto de personas de su pandilla. La verdad es que era un grupito guay. Un poco infantil, pero divertido. Eran los típicos veinteañeros que son amigos desde la adolescencia, que tienen más dramas a sus espaldas que la casa de Gran Hermano. En ese tipo de grupos a mí personalmente me da hasta miedo entrar, porque es difícil aclimatarse. Algunos me dieron la bienvenida al grupo mejor que otros, pero al final me hice un huequecito, o eso era lo que yo creía. (Nuevo spoiler: tampoco).

Enrique de vez en cuando se pasaba de intensito con frases como “me lo he pasado genial hoy, gracias” cuando habíamos hecho el plan más normal del mundo. Otras veces lo escuchaba suspirar cuando se daba alguna situación en la que yo podría haber reaccionado de forma afectuosa y, en cambio, me quedaba solo en ser educada. Por ejemplo, el día de mi cumpleaños me regaló un mechero. Lo agradecí porque era bastante bonito. Y suspiró. No quiero que se me entienda mal, el mechero molaba, pero no veo que tenga que agradecerlo más allá que con un “qué guay, gracias” y una sonrisa. Pues, por su reacción, creo que esperaba lágrimas de alegría y un abrazo. Cualquier cosa que no implicase contacto humano, le iba a parecer mal. 

Llegó el día de celebrar mi cumple y todos pusieron excusas absurdas para no ir, excepto él y otra persona más. A Enrique le expliqué que yo había invitado también a un chico con el que estaba de follamiga, aunque no tenía intención de hacer nada delante de él para que no se sintiera mal. Pues decidió que no venía. Ahí me di cuenta de dos cosas, de golpe. Primera: Enrique me quería meter en la fuckzone a la fuerza, aun cuando ya habíamos hablado de que no estaba interesada. Segunda: desde su posición de amigo, se iba a poner CELOSO si me veía interactuar con cariño, con otra persona.

Aquello derivó en una conversación que aún no me creo: resulta que el señor había estado malinterpretando TODO desde principio de verano. Que él supiera que yo solo lo veía como un amigo, no tenía la menor importancia: cada gesto, mirada y palabra mía, por poco malinterpretable que fuera, él se la tomaba como que yo quería algo con él. 

Para que veáis el nivel: vamos andando tranquilamente por la calle y le toco el brazo para advertirle de que va a pisar excremento de perro. Pues, según me explicó, él pensaba que le toqué porque le quiero, aunque, claramente, le dije lo de la caca. Pues así con mil situaciones cotidianas más, que él había interpretado como interés amoroso por mi parte. 

Le mandé al rincón de pensar y me salí del grupo de whatsapp con los amigos, cuyos miembros acogieron el tema con absoluta indiferencia, porque a nadie le importaba lo suficiente como para preguntarme cómo estaba. Pues todos lejos. No quiero más dramas en mi vida.