Cuando me casé bien jovencita con un chico que me duplicaba la edad, todo el mundo me decía que era una idea pésima. No le hice caso a nadie y seguí mi intuición. Intuición de mierda, si me preguntan. Cuando pillé a mi entonces marido siéndome infiel, se rió jocoso afirmando de que lo llevaba siendo “toda la vida”, y afirmaba que pensaba que yo lo sabía.

Nos divorciamos en muy malos términos. Mi entonces marido estaba acostumbrado a tenerme como chacha en casa. Me daba una asignación mensual para que la casa estuviese impoluta, el niño criado y siempre hubiese un plato en la mesa cuando él llegase. A mayores exigía que yo tenía que estar de punta en blanco, por lo que iba elegante por la casa adelante cuando mi auténtico yo preferiría ir en chándal o en pijama. 

Lo peor fue la lucha por mi hijo. Él quería la custodia completa solo por joderme y no pasarme un céntimo. Decía que para gastármelo yo, se lo quedaba él. Como si con 300€ se criase a un niño que necesita vivir, vestirse, comer, ir al psicólogo y al logopeda. Dada mi situación tuve que solicitar un abogado de oficio y volver con mis padres que, gracias a Dios, me recibieron con los brazos abiertos, aunque no sin antes recordarme que ya me lo habían advertido. 

He de decir que al principio vivía obsesionada por saber con quien me había sido infiel. Yo jamás había tenido redes sociales, pero me creé un perfil falso en cada una para poder investigar y recabar pruebas. ¿Pruebas para qué? preguntaréis. Pruebas para mí misma, para reafirmarme que no estaba loca y confirmar que era un cabronazo sin escrúpulos. 

Después de una larga lucha conseguí la custodia de mi hijo. Por suerte mi ya ex marido tenía a sus padres en una residencia y él trabajaba a turno partido, por lo que era imposible conciliar su vida para que se hiciese cargo de mi hijo. Lo veía algún fin de semana, solo para recordar que seguía presente en nuestras vidas. El 99% del tiempo ni recordaba que tenía un hijo y que en algún momento tuvo una familia. 

Mi hijo creció, con diagnóstico de autismo de nivel 2. La situación empeoró, ya que con el cambio de contexto cuando se iba con su padre, se ponía a la defensiva, con alguna actitud agresiva que conmigo no tenía. Su padre me quiso denunciar por “poner al niño en contra de él”, decía que la única con autismo era yo. 

Tantas veces intenté recordar cómo me había enamorado de él…y cómo pudo tener la valentía de serme infiel durante toda nuestra relación. 

Paralelamente seguía buscando comentarios y etiquetados para averiguar con qué mujeres pudo haberme sido infiel. Había un perfil en Facebook que siempre reaccionaba con corazones, le dejaba bonitos mensajes y salía en alguna que otra foto. La chica no me sonaba de nada y su perfil estaba restringido. 

Fue cuando apunté a mi hijo a estimulación musical temprana, recomendado por su terapeuta, cuando me la encontré de frente. Ella sería la profesora de mi hijo. Me quedé a cuadros, pero mi hijo necesitaba asistir a esas clases. Volví a obsesionarme, lo reconozco.

Cuando acudí a recoger a mi hijo en la tercera o cuarta ocasión, éste la saludó y le mandó un beso con la mano. Mi hijo solo hace esos gestos con personas con mucha confianza, me pareció muy raro. Esperé a la siguiente clase y le pregunté a su profesora si había ido a su colegio o lo conocía de algo (en lo que yo no hubiese estado presente). 

Afirmó que lo conocía perfectamente. Es la pareja de su padre, en otras palabras, la madrastra del niño, ya que aunque mi ex marido y yo llevábamos divorciados cuatro años, ellos llevaban siete de relación. Me quedé tan petrificada que no supe decírselo. ¿Lo sabría? 

También reconozco que me echó para atrás que mi hijo se llevase tan bien con ella y hubiese aprendido a calmarse desde que asiste a sus clases. Pero no enfrentarme a ella no significaba que no pudiese enfrentarme a mi ex marido. 

“No te hagas la tonta, sabías que estaba con otras”. Fue lo que contestó. No se si me dolió más el saber que lo que tenía era una relación estable paralela a la que teníamos, a pensar que andaba de flor en flor. 

Tras esta situación decidí ir al psicólogo. Era consciente de que esto llevaba más de cuatro años afectándome, llegando al punto de obsesión en algún momento. Esa mujer pertenecía al entorno de mi hijo y, aunque su padre no le hacía bien, ella sí. 

A día de hoy, aunque diréis que no está bien hecho, me comunico solo con ella en las cuestiones del niño. Nos entendemos muy bien entre nosotras y en la educación de nuestro hijo. Y digo nuestro, porque es ella quien lo cuida y atiende cuando está con ellos, no su padre. 

Maite, no le faltes nunca a mi hijo. 

 

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