No vengo aquí a justificar lo que hice. Soy plenamente consciente de que estuvo mal. Me sentí fatal casi al instante. Y, como ninguna de mis amigas ni demás personas de mi despedida de soltera me vio, decidí callarme y no contárselo a nadie. Ni siquiera a mi pareja, o mejor dicho, especialmente a mi pareja.
Mi boda fue agridulce precisamente por todo esto. Mi chico y yo lo habíamos planeado todo al milímetro, con una ilusión enorme. Cada detalle importaba. Quedaba una semana cuando mis amigas me hicieron la típica jugada: aparecer por sorpresa, ponerme un disfraz ridículo, de abeja concretamente, y pasearme por la ciudad haciendo retos. Me reí, me dejé llevar y me lo pasé pipa. Luego me llevaron a cenar sushi en un sitio precioso que llevaba meses queriendo probar y, por último, noche de discoteca. Música alta, baile y copas. Estaba siendo genial.
Fue en la cola del baño donde lo vi. Ese lugar donde extrañamente siempre acaba una haciendo las amigas más variopintas, los baños de discoteca. Pero este baño era unisex. Empezamos a charlar, ambos con más de una copa de más, y nos caíamos genial. El tonteo era evidente, y yo pensé que algo así de inocente tampoco me haría daño mientras que no llegase a nada. A lo largo de la noche nos cruzamos varias veces. Él pasaba cerca solo para rozarme, como si necesitara comprobar que yo también estaba ahí. Yo lo sentía y no me apartaba. Al revés, si podía me apretaba disimuladamente contra él. Iniciamos así un juego peligroso que hizo que fuese subiendo la temperatura. Cuando me quise dar cuenta yo misma le estaba buscando entre la multitud.

En uno de esos roces me hizo un gesto. Apenas un movimiento de cabeza hacia el pasillo de los baños. No pensé, sólo me moví, motivada por la adrenalina y la excitación.. Le seguí. Entramos en un cuarto pequeño, lleno de estanterías con utensilios de limpieza. Cerró la puerta y empezamos a besarnos con una urgencia que me sorprendió incluso a mí. Todo fue rápido, torpe y extremo, cargado de una tensión sexual que anuló cualquier pensamiento dentro de mí. Fue incluso primitivo. No existía la boda, no existía mi novio. Solo el deseo y la urgencia de sentir a ese tío contra mí.
El golpe de realidad llegó al terminar. Fue inmediato. Como si alguien hubiera encendido la luz repentinamente. Me faltó el aire. Me separé de él y le dije que había sido un error, que iba a casarme en nada, que no me siguiese. Me metí en un baño colándome, aprovechando que salía un tío y cerré tras de mi, a pesar de las protestas de la chica a la que le tocaba. Traté de calmarme. Me temblaban las manos y me daba vueltas la cabeza. Aquello iba a acabar con todo, pensé. Pero entonces me di cuenta de que, en principio, no tenía por qué haberme visto nadie. Así que solo yo lo sabría mientras tuviese la boca cerrada. Me aferré a esa idea y en cuanto me calmé, salí del cubículo y volví con mis amigas.
Mantuve la compostura hasta que la noche se acabó. Sonreí, bailé un poco más, fingí normalidad. Para no volver a casa con mi chico le dije a una de ellas que me quedaba a dormir en su casa, para no despertarle de madrugada. Sonó lógico. Nadie sospechó nada.

Esa noche y la mañana siguiente me las pasé pensando. Dándole vueltas. Castigándome. Al final tomé una decisión: no decir nada. Quería casarme. No quería que aquello lo dinamitara todo. Me repetí que había sido un desliz, algo aislado que no volvería a ocurrir. Nadie me había visto. Nadie sabía nada. Me prometí llevarme el secreto a la tumba. Lo escribí en el diario que llevaba en el ordenador por costumbre, como quien descarga la conciencia, y cerré pestaña.
Seguimos adelante con la boda y con la vida, pero a ratos la culpa me mordía con fuerza. Por eso aquel día soñado no fue tan dulce como siempre había imaginado. Con el tiempo, el recuerdo se fue difuminando. El matrimonio iba bien. Éramos felices. Yo no tenía ninguna intención de repetir algo así. Así que, ¿para qué remover el pasado?
Dos años después se me estropeó el portátil. Mi marido se ofreció a llevárselo a un amigo para arreglarlo. Le dijeron que probablemente habría que formatearlo, así que se llevó un disco duro para salvar la información. Cuando descargó el contenido en su ordenador para que yo pudiera seguir trabajando, encontró el diario.
Esa noche, al volver a casa, lo encontré llorando. Literalmente destrozado. Me dijo lo que había leído. Que le dio curiosidad y había ido a leer, entre otras cosas, qué escribí sobre nuestra boda para recordar aquel día que para él, que lo vivió en la ignorancia, fue perfecto. Y que encontró mi confesión escrita. Que sabía que le había sido infiel con un cualquiera en una discoteca. Sentí que el suelo desaparecía. No intenté negarlo. No podía. Haberlo hecho habría sido insultarle aún más.

Y aquí estamos hoy. De eso hace ya tres meses. Al principio pensé que me dejaría. Lo habría entendido. Yo lo habría hecho si fuese al revés, probablemente. Pero me sorprendió. Me dijo que intentáramos arreglarlo, que fuéramos a terapia de pareja. Estamos en ello. Hablamos. Lloramos. Intentamos reconstruir algo que ya no es lo mismo. Algo que parece roto e irreparable.
Y yo vivo con miedo. Con la sensación constante de estar caminando sobre un frágil suelo de cristal. A veces le miro sin que se de cuenta y me pregunto cuánto queda hasta que decida que ya no quiere intentarlo más, que esto no tiene solución. Bajo la mirada al suelo y simplemente me resigno a dejar que el tiempo decida por nosotros mientras cruzo los dedos.
