A veces, en la vida, pasa que, aunque sientes que un lugar ya no es tu sitio, por alguna razón  inexplicable (llámalo arraigo, nostalgia o lástima) decides continuar ahí aferrada erróneamente,  hasta que, un buen día, sucede algo que te da el empujón definitivo para salir y dejarlo atrás. 

Pues bien, en mi caso, eso sucedió durante mi supuesta “despedida de soltera”. 

Era el año 2022, yo acababa de comprometerme con el amor de mi vida después de 15 años  juntos así que os podéis hacer una idea de la ilusión tan grande que sentía. 

Por aquel entonces, yo, tenía distintos pequeños grupitos de amigas. 

Lo típico: las del cole de pequeñita, las del instituto, las de la universidad, las del trabajo, las del  barrio, etc 

Algunas veces, las juntaba a todas por los cumpleaños y las distintas celebraciones pero, siempre, había un grupito reducido, en concreto las 2 amigas del colegio de cuando éramos  pequeñas, que no encajaban con el resto y que, en repetidas ocasiones, mis distintas amigas y  amigos, me habían dicho que no se sentían cómodos con ellas, que parecía que estaban  siempre juzgando y cuchicheando desde un pedestal, que se veían clasistas y que no entendían  como, siendo yo como soy, seguía juntándome con ellas cuando apenas teníamos nada en  común más que los recuerdos de infancia. 

Yo, siempre argumentaba que, aunque era cierto que éramos distintas y, a mí, también me  incomodaba mucho su actitud criticona y elitista, lo pasaba por alto porque, yo creía, que, en el  fondo, no tenían maldad y me daba pena distanciarme porque nos conocíamos desde  pequeñas. 

Vamos a llamarlas Georgina y Balbina. 

Georgina, era la clásica pija de familia adinerada (su padre ganaba mucho dinero) y, ella, vivía constantemente pendiente del dinero que tenía la gente, de comprarse bolsos de firmas  carísimas, de trabajar 300 horas como una workaholic y de juzgar desde su pedestal de elitismo  a todo el que pillaba.  

No tenía otro tema de conversación que no fuera su trabajo, su oficina, los problemas de “los  empleados” y si su jefa se compraba tal cosa o tal otra.  

Balbina, era una chica que, aunque había nacido en ciudad, provenía de una familia de pueblo  con un talante más llano y cercano y tenía un padre encantador con el que yo de pequeña me  reía un montón.  

Ella, tenía ese carácter más cercano, pero se había contaminado de Georgina y, entre las 2, se  retroalimentaban y se dedicaban a criticar, juzgar, cotillear y mofarse de la gente. 

Cabe decir que Balbina, no tenía muchos amigos y tenía un gran apego, que, podríamos llamar  casi dependencia, de Georgina y eso, muchas veces no jugaba a su favor. 

Yo, sentía un cariño especial por Balbina por nuestra infancia y los recuerdos compartidos así  que trataba de centrarme en lo positivo y pasar por alto las cosas que no me gustaban o me  incomodaban ya que todos tenemos virtudes y defectos, yo la primera. 

Había situaciones, en las que se me hacía especialmente difícil y lo pasaba realmente mal.

Una de esas ocasiones, fue cuando otra amiga nuestra de la escuela, nos invitó a comer a su  primera casa toda ilusionada para presentarnos a su pareja y enseñarnos la casa y, Georgina y  Balbina, junto con otra amiga de ellas (que también tenía la lengua afilada y era en ocasiones  tremendamente ofensiva) se dedicaron a reírse de ella prácticamente en su cara por la  decoración, porque tenía determinadas figuritas en el cuarto de baño y por lo mal que había  cocinado.  

Tan bochornoso fue, que, tras ese día, nuestra amiga nos retiró la invitación a su boda y no  volvió a hablar con nosotras.  

A mí, me dio mucha pena y me sentí profundamente mal, porque yo no fui participe de las  burlas, pero, como ella sentía que yo pertenecía al pack y yo, no quise hurgar más en la herida, decidí respetar su decisión y darle tiempo y espacio para hablar. 

Y así, fue pasando el tiempo mientras, por una parte, pensaba en distanciarme y alejarme  porque no tenía ningún sentido estirar una amistad que no se sostenía ya que teníamos  aficiones y gustos totalmente opuestos y, encima, a mí, me incomodaba su forma de actuar,  pero, por otra parte, el cariño y el recuerdo de la infancia me hacían no dar el paso. 

Hasta que llegó mi compromiso, ahí, todo, saltó por los aires. 

Georgina estaba embarazada y, para la fecha que tendría lugar mi despedida de soltera ella  acabaría de dar a luz y no podría venir, así que, propuso, que organizáramos un finde de chicas  con varios meses de antelación (estaba de 4 meses de embarazo) para así poder hacer algo las  3 junto con otra amiga y sentirse partícipe de la celebración.  

Pues bien, me dijeron que todo era sorpresa que ellas 3 lo organizaban y me indicaron fecha y  hora para salir.  

A mí me hizo mucha ilusión porque, ilusa de mí, pensé que era un detalle por su parte tomarse  la molestia de organizar ese fin de semana juntas para celebrar conmigo. 

Llegamos al lugar, dejamos las maletas y a partir de ese instante, me di cuenta de que, aquel fin  de semana, no había sido planificado pensando en qué me gustaría hacer a mí, sino que había  sido planificado a su medida acorde a sus gustos. 

Para empezar, fuimos a cenar al restaurante de un chef que yo ni conocía y del que ellas 3 eran  fans y tenían muchas ganas de probar la carta del nuevo restaurante que acaba de abrir en  aquella ciudad que además era carísimo.  

Yo, además de no tener ni idea de quien era, me sentí super incomoda porque lo pagaron todo  ellas y, a mí, me parecía carísimo y pensaba en todas las cosas que podríamos haber hecho con  ese dineral.  

Ellas, me dijeron que no me preocupara, que lo pagaban ellas porque yo era la novia y porque  ellas habían escogido el sitio.  

Llega el día siguiente y nos vamos a dar un paseo por un bosque en plena primavera siendo yo  alérgica al polen.  

No os puedo explicar cómo me puse de la alergia, pero yo allí, agradecida, manteniendo la  mejor actitud posible y mostrando gratitud.  

Resulta, que aquel caminito, nos conducía a otro restaurante.

Por la tarde, decidieron que era hora de ir de shopping.  

Yo, que no tenía un duro, que estaba ahorrando cada céntimo para la boda y que tampoco soy  de ir de shopping. 

Nuevamente, hice mi mejor esfuerzo por mantener una actitud positiva y seguir el plan  establecido esperando que, en algún momento, fuéramos a hacer algo que me gustara a mí (como ir a un karaoke, a una bolera, a bailar). 

Llegó la noche y, otra vez a cenar a otro sitio que no conocía, pero ellas estaban entusiasmadas  por probar.  

Y de la cena, nos fuimos al apartamento y habían preparado una especie de fiesta de pijamas,  que, básicamente, consistía en hacerme un listado de preguntas estúpidas como si tuviéramos  15 años para saciar su hambre de cotilleos y que, después comprendí, que únicamente querían  para poder comentar la jugada entre ellas 2. 

Cuando terminé de responder las preguntitas de marras nos fuimos a dormir cada una a su  habitación.  

Como éramos 4, yo y otra amiga dormíamos juntas en una habitación a un lado del pasillo y  Georgina y Balbina dormían juntas en la habitación que estaba al otro extremo del pasillo y, en  medio, estaba el baño. 

Sería como la 1 de la madrugada y, a mí, que soy meona compulsiva, me entraron ganas de  hacer pis, así que fui al baño y, cuando estaba en el pasillo empecé a o ir voces.  

Me sorprendí porque nos habíamos ido a dormir a las 12 porque, supuestamente, Georgina, dijo que estaba muerta de sueño, sin embargo, yo las oía hablando muy animadas así que,  inocentemente, cometí el error de dirigirme a su habitación para decirles de broma que qué hacían despiertas aún. 

Fue uno de los momentos más incomodos y desagradables de mi vida. 

Cuando me aproximo a la puerta, empiezo a escuchar que están hablando sobre mí, bueno,  más bien despellejándome como 2 buitres carroñeros.  

Que si estaban hasta las narices de escuchar determinada historia, que si yo me creía que  todos los hombres iban detrás de mí, que si el vestido para el baile que había escogido era  espantoso pero que, bueno, como yo siempre decía que llevaba una choni dentro ya me  pegaba, y un largo etc que no quiero ni reescribir porque se me encoje el alma de recordarlo. 

En ese momento, me quedé petrificada, no podía moverme, toda la sangre de mi cuerpo se  bajó a mis pies, empecé a temblar y a llorar y no era capaz de digerir lo que estaba escuchando  porque, encima, tenían cuerda para rato.  

Aquello no paraba, no callaban.  

Seguían y seguían criticando distintos aspectos de mí, de mi vida, de mi pareja, de mi trabajo,  de mi boda. 

Juro por Dios que yo quería irme y no escuchar más, pero me quedé como congelada, como en  shock, mi cuerpo no se movía y me costó muchísimo reaccionar y volver a mi habitación.

Fue una de las peores noches que he pasado, sentí como si me clavaran un puñal en el pecho,  no podía dejar de temblar y de llorar y, al regresar a la habitación, sin yo quererlo, mi  compañera se despertó y se asustó al verme así y yo, que no podía dejar de convulsionar y  llorar, no era capaz de explicarle lo que me había pasado. 

La pobrecita intentó consolarme y reconfortarme como pudo y decirme que quizá había  escuchado mal, que mañana podía hablar con ellas y aclararlo, que estuviera tranquila, que le  sabía fatal verme así.  

Pero yo estaba segurísima de todo lo que había oído, lo escuche alto, claro y meridiano,  aquello no había excusa que lo justificara. 

Yo solo quería salir corriendo de allí y largarme a mi casa a abrazar a mi chico, pero, para mi  desgracia, estábamos en una ciudad que estaba a unas 3 horas en coche de mi casa.  

La desesperación me invadió, estaba atrapada allí toda la noche hiperventilando, llorando  desconsoladamente y deseando que llegara la mañana para poder escapar. 

A la mañana siguiente, mi compañera hizo una avanzadilla y fue a decirles que yo las había  escuchado y, entonces, trataron de excusarse y tergiversar las cosas para manipular la situación  y hacerme creer que yo estaba confundida y no había oído bien.  

Yo, lógicamente, no me tragué ni media excusa porque había escuchado de forma clara y nítida  toda la conversación ya que, su tono de voz, no era precisamente bajo. 

En ese momento tenía 2 opciones: 

Irme de allí, buscar un taxi que me llevara a la estación de autobuses y meterme en el primer  bus que saliera hacia mi ciudad, que podía ser una odisea y nadie me garantizaba que hubiera plazas ni cuantas horas podía tardar o, podía hacer de tripas corazón, y regresar en el coche  con ellas, que era la opción más dolorosa pero también la más rápida. 

Así que decidí, tratar de mantener la calma, y regresar con ellas, sin saber que, antes de llegar a  mi casa, todavía me quedaba una parada más para comer en otro restaurante de estrella  Michelin que ellas tenían ganas de probar y que, yo, tampoco conocía.  

Fue, el día más largo de toda mi vida, no veía la hora de llegar a mi casa, lo pasé realmente de  puta pena.  

La palabra desesperación no lo define lo suficiente. 

Tampoco podía pedirle a mi chico que viniera a buscarme, porque, estaba trabajando aquel  domingo y no podía salir hasta las 6 de la tarde.  

Así que, no me quedó más remedio que aguantar el tipo, hasta que, por fin, llegué a mi casa  completamente descompuesta y rota por lo que había pasado.  

Esas dos personas a las que yo siempre había excusado, a las que había confiado un montón de  detalles íntimos de mi vida y a las que profería un cariño profundo de la infancia, me habían  descuartizado como 2 buitres carroñeros y se habían burlado de mí literalmente en toda mi  cara.  

¿Qué clase de persona organiza un fin de semana supuestamente para su amiga y se pone a  criticarla en la habitación de al lado? 

Lo mejor de todo, es que, yo siempre intuí que, al igual que hablaban de otras personas a sus  espaldas y se burlaban de ellas delante de mí, harían lo mismo conmigo, pero nunca llegué a  imaginar, que, serían tan arpías, de hacerlo conmigo en la habitación de al lado y durante un fin  de semana que, supuestamente, habían organizado para celebrar juntas mi boda. 

Cuando se lo conté a mi pareja no daba crédito.  

Lo primero que me dijo fue:  

“Yo, siempre te advertí de que no eran de fiar y no soy el único que te lo he dicho. Siempre he  respetado que no quisieras cortar el contacto, pero estaba seguro de que se reían de ti a tus  espaldas y de que, cualquier cosa que les hubieras confiado, sería munición para sus lenguas.  Creo que, ahora, que has tenido la desgracia de verlo con tus ojos y se te ha caído la venda, deberías tomar ya la decisión de sacarlas de tu vida porque son 2 personas tóxicas que no te  aportan nada bueno y, tristemente, ya no son las niñas que tú recuerdas” 

Ojalá hubiera hecho caso a mi instinto en el primer momento en el que nos reencontramos y  sentí que no encajaba con ellas, ojalá no hubiera forzado seguir viéndolas por nostalgia y  hubiera preservado el bonito recuerdo de nuestra infancia en lugar de llevarme esta ostia de  realidad. 

Así que, la moraleja de esta historia, es que hagáis siempre caso a vuestra intuición y, si algo no  encaja, no tratéis de forzarlo con calzador.  

Esto aplica a zapatos, pantalones, novios y amistades. 

 

 

Firmado: Happy Gyal