Me he pasado gran parte de mi vida sintiendo una envidia terrible cuando veía a mis amigas con sus madres. Con cada abrazo y cada muestra de cariño que se profesaban como la cosa más natural del mundo, algo dentro de mí se revolvía de puros celos; me parecía algo tan bonito y tan reconfortante que siempre me preguntaba por qué mi madre no podía tratarnos de ese modo tan cariñoso.
Testimonios reales directos en tu móvil, chollazos y ofertones aquí — https://whatsapp.com/channel/
No es que nos tratara mal ni mucho menos, pero mi madre siempre ha sido una persona bastante reacia a demostrar afecto; no recuerdo que me dijera te quiero, estoy orgullosa de ti, ni que me arropara con mimo por las noches, que me diera un abrazo en condiciones o un beso en la frente antes de dormir. Sin embargo, mi padre es el hombre más cariñoso del mundo. Cuando vivía con nosotros siempre había besos, abrazos y juegos para mí y mis hermanos, que nos moríamos de ganas de que dieran las seis de la tarde para verle entrar por la puerta.
Vaya por delante que tanto mis hermanos como yo siempre hemos querido por igual a nuestros padres y nunca hemos tenido favoritos, pero con nuestro padre manteníamos una relación más cercana. Supongo que por eso, cuando decidieron divorciarse después de años de discusiones bastante turbias, mi madre empezó a contarnos cosas de mi padre que nosotros desconocíamos y que lo dejaban en muy mal lugar. Ahora sé que mi madre actuó así movida por los celos que le despertaba el hecho de que mantuviéramos una estupenda relación con mi padre, a pesar de que ahora vivíamos con ella. A sus ojos, su ex marido le estaba robando el amor de sus hijos.
Todo empezó el día en que mi hermana pequeña habló sobre irse a vivir con él porque el instituto le pillaba bastante más cerca. Fue entonces cuando mi madre, muy dolida, nos dijo que si supiéramos cómo era en realidad nuestro padre, ninguno querría volver a saber nada de él. Nos contó, entre otras cosas, que durante años le había sido infiel, que había intentado sacarle el dinero e incluso echarnos de casa, y que aquellas discusiones que escuchábamos de pequeños siempre terminaban cuando él la amenazaba con llevarnos muy lejos de ella.
Lo cierto es que al principio dudamos bastante de aquel relato, porque siempre tuvimos a nuestro padre en un altar, pero veíamos tan afectada a mi madre que no nos atrevimos a dudar. Según sus palabras, mi padre fue un hombre con dos caras; mientras que con nosotros era una persona maravillosa, con ella era un verdadero monstruo que la sometía a auténticas torturas psicológicas a nuestras espaldas.
No nos esperábamos aquello de nuestro padre y la imagen tan idealizada que teníamos de él cambió por completo. Desde entonces, nos volcamos con mi madre y sin dar muchas explicaciones, dimos de lado a nuestro padre, llegando a decirle que no queríamos saber nada de él. Durante los primeros años, mi padre intentó recuperarnos por todos los medios, pero ninguno de los tres quisimos retomar el contacto.
Lo que no sabíamos es que, como se suele decir, para mentir hay que tener muy buena memoria y pronto nos dimos cuenta de que mi madre empezaba a contradecirse.
Cada vez que mi padre hacía un nuevo intento por acercarse, mi madre nos contaba algo nuevo y terrorífico sobre él. Sin embargo, un día, viendo la televisión todos juntos, apareció una mujer contando su experiencia como maltratada psicológicamente. Al escucharla, mi madre dijo que no entendía cómo había mujeres con tan pocas agallas, capaces de soportar que un hombre las amenazara o las hiciera sentir inferiores, que ella nunca jamás lo habría consentido. Ella no se dio cuenta, pero mis hermanos y yo nos miramos confundidos. ¿Había mentido mi madre o se le había olvidado?
Nos quedamos con la mosca detrás de la oreja, pero no quisimos sacar el tema. No hizo falta, porque con el tiempo las contradicciones fueron más evidentes. Años atrás, nos había dicho que mi padre quiso quedarse con la casa y echarnos para vivir allí con su amante. Sin embargo, más adelante, nos aseguró que él se desentendió de sus hijos, que le dejó el marrón de la hipoteca y que acabaría muriendo solo porque ninguna mujer lo quería.
Cuando nos dimos cuenta de que las historias se iban modificando con el tiempo, le preguntamos directamente si nos estaba diciendo la verdad. Se puso muy nerviosa y tartamudeó. Finalmente nos confesó que no todo era cierto, pero que lo había pasado muy mal a su lado y que no se merecía que le quisiéramos más que a ella.
Ha llovido bastante desde entonces y, por suerte, mi padre nos perdonó por haber creído todo lo que nuestra madre nos metió en la cabeza y por no querer saber nada de él durante años. A día de hoy tenemos una relación magnífica tanto con él como con su mujer, que es estupenda. Pero, por desgracia, nadie nos podrá devolver todo el tiempo que hemos perdido.
Escrito por Mar Martín basado en un testimonio real.
