Cuando anunciaron las fechas de la gira de mi grupo favorito, tenía clarísimo que no iba a perderme aquel concierto por el que había esperado tanto tiempo. Me moría de ganas de ir, y no me importaba tener que hacerme dos horas de coche para ir y volver. Lo que no me hacía tanta gracia era no haber convencido a nadie que me acompañara. Pero eso tampoco me iba a frenar, así que allí me planté, sola pero muy ilusionada. 

Esperé una larga cola rodeada de parejas y pandillas de amigos, todos felices y acompañados. Yo me sentía rara, me imaginaba que todo el mundo cuchicheaba sobre mí. De pequeña me llamaban mucho la atención esas personas que iban a comer solas a restaurantes. Se me encogía el corazón y tenía el impulso de ir a hacerles compañía. Por supuesto que nunca lo hacía y me quedaba donde estaba, ¡pero ganas no me faltaban! Ahora ya no solamente lo comprendo, sino que yo misma soy la que hago muchas cosas sola: al cine, a cenar, a la playa, y hasta a un concierto de rock.

Una vez en mi sitio me relajé un poco. Ya estaba allí, y, por supuesto, nadie me había señalado burlándose. En cuanto empezó el concierto se me quitaron las pocas inseguridades que me quedaban y lo di todo, sin parar de disfrutar. Canté, salté, bailé y lloré emocionada sin importarme nada de mi alrededor.  

Hacia la mitad del concierto anunciaron que iba a hacer un descanso, para que recargáramos pilas bebiendo algo. No me apetecía mucho ir a pedir sola, pero, afortunadamente, la pareja que tenía al lado me preguntó si quería acompañarles. Habíamos cruzado dos o tres palabras en la primera mitad del concierto, sobre lo bueno que estaba siendo y eso. Pero poco más, salvo alguna mirada descarada que yo había interpretado como extrañeza al verme sola venida arribísima. Aunque me daba un poco de vergüenza encalomarme, acepté. ¡Y hasta me invitaron a la cerveza!

Se llamaban Raquel y Mario, tenían un par de años más que yo y habían alquilado una casa para pasar unos días allí, ya que venían de fuera.

Estuvimos hablando un rato sobre lo de ir sola al concierto, al parecer Raquel también lo había hecho alguna vez. Supuse que por eso estaban siendo tan majos conmigo. Cuando empezó la segunda parte me convencieron para que me pusiera más cerca de ellos, y ya pasamos el resto del concierto juntos, ¡muy juntos! En las canciones más tranquilas me rodeaban y abrazaban, y en las de saltar, me agarraban para impulsarnos juntos. Me llamó la atención esa cercanía, pero estaba disfrutando tanto que me dejé llevar. 

Por desgracia, el concierto acabó, como es lógico. ¡No podía durar eternamente! Mario y Raquel me propusieron ir a cenar pizza con ellos y a tomar algo después. A mí me quedaba un caminito de vuelta a casa, pero entre que no quería que el día terminase todavía, que me habían caído muy bien y que nunca puedo negarme a una pizza, les dije que sí.

Poco después de empezar a cenar, dejamos el tema música para hablar de otras cosas. Me estuvieron contando cosas sobre ellos y, entre anécdota y anécdota, soltaron pildoritas bastante reveladoras.

Eran aficionados a los pubs de intercambio de pareja, habían hecho un par de veces un trío con otro hombre, y tenían ganas de probar con una mujer, pero no habían encontrado a una que les gustase a los dos. Ahí empecé a pensar que, quizás, tanta amabilidad se debía a que tenían cierto interés en mí. ¡Y la verdad es que no me incomodaba! Yo nunca había participado en nada de eso, pero sí tenía mucha curiosidad. Así que decidí dejarme querer y les confesé que me atraía lo que me estaban contando.

De las pizzas pasamos a las copas, y me invitaron a quedarme en su piso a dormir para que yo pudiese beber tranquila, sin tener que coger el coche después. Un poquito animados ya por el alcohol, empezaron a desinhibirse.

Mario le tocaba la pierna a Raquel, acariciaba sus muslos y le daba mordisquitos en las orejas. Ella se reía y me miraba a mí, también cuando se besaban. Yo no me sentía incómoda, ¡al contrario!, me estaba gustando mucho todo eso.

Seguíamos en el bar, pero poco a poco nos acercábamos más, ahora también ponía Mario su mano sobre mi pierna al hablar. Luego hizo lo mismo Raquel, y entonces sentí que se me erizaba todo.

La música cada vez sonaba más fuerte, era difícil mantener una conversación y, para escucharnos, teníamos que hacerlo cada vez más cerca. Cuando Mario rozó con sus labios mi oreja me estremecí, Raquel vio cómo tragaba saliva y sonrió. Fue ella la que, mientras Mario seguía hablándome, puso su mano en mi entrepierna y se incorporó para besarme.

 

Yo le correspondí, y noté que Mario ponía su mano también ahí, acariciando la de Raquel. Bromeando protestó porque él también quería besarme, y Raquel se separó un poco para que él pudiese meter su lengua entre nuestras bocas. Nos besamos los tres durante un rato, a veces con ella, a veces con él, a veces ellos. Cuando nos dimos cuenta de que nos miraban las demás personas del bar, decidimos irnos.

Fuimos comiéndonos por la calle hasta su piso, que estaba cerca. Y una vez arriba, ya hipercachondos los tres, pusieron la música del grupo al que habíamos ido a ver y follamos. No fue el mejor polvo del mundo, ¡pero nada mal para ser la primera vez! Me encantó la experiencia, aunque no la he vuelto a repetir.

Ellos volvieron a su ciudad, además tenían como norma que solamente podían hacerlo una vez con la misma persona. Y yo no he vuelto a encontrarme en una situación así, supongo que fue suerte, ya que coincidimos los tres por casualidad y todo fluyó sin buscarlo. ¡Con mucha facilidad! Jamás me imaginé que el concierto iba a acabar así…

Anónima