La historia de mi primer noviazgo empezó curiosa: a mí me gustaba un amigo mío, pongamos que se llama Gael, pero nunca quise hacer nada porque él tenía pareja. Su pareja hubo un tiempo que interrumpió la relación para poder tirarse a otro chico, momento que yo aproveché para quitarme la espinita, y la virginidad, con Gael. Obviamente, él odiaba a ese otro chico que, para mí, era un completo desconocido. Pues por azares del destino, Gael volvió con su pareja y yo conocí, y enamoré, al chico que él odiaba. Para futuras referencias vamos a llamar a mi primer novio, Cameron.
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Cameron era un año mayor que yo, empezó a ir al mismo instituto que yo y tuvimos una relación que duró dos años y medio. Y, una vez inmersa en esa relación, yo estaba en una nube: el sexo era bastante bueno (tampoco es que yo tuviera mucha experiencia previa), me decía palabras muy bonitas (luego maduras y le das más importancia a los hechos que a las palabras, pero que tu primer novio te declare su amor de forma tan elaborada, te derrite) y teníamos acceso a una cama cada vez que quisiéramos porque sus padres eran bastante liberales en ese aspecto. Una fantasía.
Pero no es oro todo lo que reluce. A día de hoy, si echo la vista atrás, creo que incluso fue una relación donde hubo cierto maltrato.
Por ilustrar un poco el tema, diré que sus piropos consistían en decirme, por ejemplo, “qué bonito tienes el culo” y una, que por aquel entonces hacía bastante deporte, se vendría arriba y agradecería las palabras si no fuera porque no se quedaba ahí. La frase completa era: “qué bonito tienes el culo, pero vamos, que menos mal que me gusta a mí porque lo he hablado con todos mis amigos y a ellos no les gusta nada”. Cualquier alabanza hacia mi físico y mi persona terminaba así: yo era suficiente para él y menos mal, porque a sus amigos no les gustaba. Por aquel entonces me daba igual, porque yo pensaba que a mí el que me gustaba era él, no sus amigos, así que no importaba.
A día de hoy la lectura es distinta. Pienso que él quería hacerme sentir poco atractiva para que agradeciese que, por lo menos él, se fijaba en mí y, de rebote, aprendiese que, si dejaba esa relación, no me iba a comer un rosco.
Además de esos piropos dudosos, tenía arranques de ira en los que, obviamente, no me pegaba a mí (hubiera sido motivo para dejar la relación de inmediato, por muy ciega de amor que yo estuviese), pero sí les propinaba golpes a las paredes. Muy desagradable estar cerca cuando eso ocurría.
Tampoco se preocupaba por mí. Una vez pasó una cosa que no sé cómo no me hizo salir corriendo en dirección contraria. Para entenderlo, hay que saber que a mi novio le gustaba vestir muy extravagante, por lo que mucha gente se giraba a mirarlo por la calle.
Bueno, pues un día estábamos caminando en dirección a un bar cuando noté que, como de costumbre, la gente empezaba a mirarnos. Pero me pareció raro porque no lo miraban a él, me miraban a mí. O eso parecía. A mí como queriendo decirme algo y a él con una cara de “tío, dile algo tú, que la conoces”. Pero cuando le preguntaba, decía que a mí no me pasaba nada, que seguramente lo estaban mirando a él.
Llegamos al bar y voy al baño. Me miro al espejo y tengo UN MOCO ENORME ENCIMA DE LA NARIZ. Imposible que él no se hubiese dado cuenta. De hecho, la única manera que se me ocurre de que eso terminase encima de mi nariz es que fuera procedente de la suya y se me hubiera pegado al darme el beso cuando nos vimos. Él tenía una nariz de proporciones considerables, era un Adrien Brody de la vida. Y muy poquísima vergüenza. Porque a ver qué le costaba decirme “Uy cari, espera, te voy a quitar una cosa que tienes en la nariz” y todos tan felices. Pues volví, con todo mi papo, a la barra del bar y no le dije nada.
Al final lo acabamos dejando y, cuando yo descubrí cómo es que te quieran bien, aluciné con la de tonterías que somos capaces de aguantar cuando no sabemos de qué va realmente el amor.
(Lady Ósea)