Hace poco se cumplió un año de la llegada a mi ciudad de la pequeña Sofía. Ella es una niña inquieta, curiosa y muy sociable. Siempre parece dispuesta a jugar, a reír y a pasarlo bien. Pero un día, tras una fiesta del cole, la vi en la calle sola, llorando muy triste.

Chollazos para peques aquí

Ella se había incorporado al curso cuando ya casi estaba terminado, pues el curso lectivo en el país del que venía tiene un calendario diferente. A pesar de que casi siempre ocurre lo mismo y de que su madre advirtió al centro escolar, la incorporaron en un principio en el curso que le correspondería tras el que había hecho en su país. Lo cual quiere decir que allí terminó el equivalente a 2º de EP y aquí la incorporaron en 3º, a dos meses escasos de acabar el curso.

Teniendo en cuenta que debe adaptase a un nuevo clima, un nuevo entorno, nuevas costumbres, nuevas rutinas; mientras echa de menos a su familia, a sus amigos y maestras, a sus vecinas… Se le pide que aprenda lo que sus compañeros tardaron 7 meses, en una semana, y con todo esto encima.

Obviamente decidieron rebajarla un curso, como su madre pidió desde un principio, sólo que lo hicieron 15 días después de haber llegado. Cuando ya todos sus compañeros habían dejado de hacer las preguntas típicas de cuando llega alguien nuevo y, además, de un lugar que ellos no conocen; cuando dejaba de ser “la nueva”, “la extranjera”… ¡Vuelta a empezar!

Las pocas amigas que había hecho ya no serían sus compañeras, al ser de un ciclo diferente, tampoco compartiría patio con ellas.

Ella siempre tuvo muy buena actitud, pero tras dos semanas más, estando ya en el curso que le correspondía, de pronto dejó de ser tan alegre, de ser tan sociable…

Aquel día en que me la encontré, su mamá le había dejado bajar al parque porque iría con otras niñas de su cole, pero ella se había separado del grupo diciendo que volvía a casa. Y ahí estaba, en una esquinita, sola, llorando a lágrima viva.

Me acerqué despacio para ver si estaba bien. Nos conocíamos desde que había llegado y su madre y yo solíamos ir juntas a recoger a nuestras respectivas criaturas al cole.

Me abrazó sin parar de llorar. Dijo que no podía llorar en casa porque su mamá se pondría muy triste. Al parecer oía llorar a su mamá cada noche porque echaba de menos a su abuelita y claro, ella decía que lo entendía porque si ella misma tenía el corazón tan triste, si llega a haberse venido sin su propia mamá no lo soportaría, así que la empatía que sentía por ella le hacía aguantarse.

Había escuchado hasta la saciedad lo orgullosa que estaba su madre de lo bien que se estaba adaptando y de su buena actitud, así que no quería decepcionarla. Pero el cambio de aula había sido la gota que colma el vaso. Sentía que ya no podría tener amigos, un grupito, una pandilla. Que cada vez que iba a encajar, debía volver a empezar.

Además, ese día había recibido su primer comentario racista por parte de un compañero que le había dicho que la gente como ella no debería venir aquí, que solamente hay dinero para los españoles y que ella y su madre vendrían a robar o a casarse con algún viejito y quedarse con la herencia. Ella no entendía nada. Solo sabía que aquello dolía.

En el cole habían empezado a hablar de lo rara que era, de sus conductas extrañas y de lo mal que se portaba cuando le tocaba hacer pareja según con quien. Pero nadie se paró a saber si «ese quien» era el que le pintaba la mesa por las mañanas con insultos racistas, si nadie se había preocupado en el centro por saber si estaba a gusto y se adaptaba…

Y su madre, la pobre luchadora, empezaba sola con una niña y sus dos ovarios en un mundo hostil para ambas, sin darse cuenta de que compartir la presión con su hija la liberaría de esa carga por la que escondía su pena.

Hablé con su mamá, con su permiso, y ambas se abrazaron muy emocionadas. La niña comenzó con una terapeuta que la ayuda a gestionar sus emociones, la mamá con otra,  y ambas hablaron con el centro para contar lo que estaba pasando y que pusieran remedio a tiempo.

A veces, nuestro propio racismo heredado no nos deja ver más allá del “no se adaptan”. Pero solamente hace falta un poco de empatía y humanidad para ver lo duro que debe ser e intentar ponerles las cosas más fáciles, sobre todo con los niños.

Y, a la familia de ese niño… Hay mucho que decir, pero si un niño de 7 años tiene esa verborrea, algo no está funcionando bien.