¿Por qué se decía cambiar de acera cuando te gustaban las personas de tu mismo género?
Se lo voy a preguntar a mi Chati (es mi IA, el ChatGPT, pero ya tenemos confianza y le llamo así).

Chati me dice:

“Ser de la otra acera” es una forma coloquial (y hoy bastante anticuada) de decir que una persona es homosexual, especialmente refiriéndose a hombres gays, aunque a veces se ha usado de manera general para personas LGTBIQ+.

Hoy en día, entre internet, la diversidad cultural, el cine, la literatura y la historia, la juventud sabe que puede escoger. Alguna no se atreve ni a probar, sobre todo los chicos, pero me atrevo a decir que todos ya conocen a alguien de la otra acera.

Durante muchos años se utilizó en tono despectivo, pero hoy yo lo utilizo, como boomer que soy y desde mis aceras, que voy por las dos, me siento omnipotente.

Siempre me definí como mujer heterosexual, porque era lo que se esperaba de mí y porque me lo habían dicho mil veces, en tantas preguntas y hechos de mi infancia y adolescencia. Además, tenía a papá y mamá, a la tía y al tío, al abuelo y a la abuela… no podía ser de otra forma.

En el barrio había una chica que era lesbiana y su mote era la Marimacho. Muchas ganas de ser como ella no tenías, por lo mal que hablaban de ella.

Y si alguien era bisexual —que no recuerdo a nadie en mi infancia o adolescencia— ya lo pasaban al bando del vicio.

Hasta yo recuerdo una vez decir esa frase. Tendría 25 años o así y, cuando una amiga me contó que una amiga suya tuvo novio y luego novia, dije:

Esa lo que es, es una viciosa.

Y me quedé tan ancha. Porque lo había escuchado muchas veces, supongo.

Cuando la vida se me torció —porque a veces se tuerce como una carretera de esas de los anuncios de las pastillas para el mareo— hice una lista.

Mi mundo empezó a ser muy diferente de lo que se esperaba de mí, porque la salud vino a decirme que espabilara, que solo tengo una vida y que estuve a punto de perderla.

Me decía que, si algo me quedaba por hacer, que lo hiciera, porque cualquier día podía ser el último.

Qué jodido y qué revelador ese momento, ¿eh?

Cuando te das cuenta de que no es un día más, sino un día menos. Ahí algo muy grande cambia. Dejas de posponer. Dejas de gastar tu tiempo en tonterías y empiezas a VIVIR, así, en mayúsculas.

Mi lista era toda una maraña ecléctica: desde tirarme en paracaídas, comer sola, editar un libro de poesía, plantar muchos árboles, ayudar a menores que están en el sistema de protección, hasta ir sola al cine… y, cómo no, también había sueños sexuales y húmedos que en esos 18 años de casada no había vivido y quería probar.

Antes de embarcarme en hacer check a mis fantasías sexuales, tuve que ir a terapia, varias. Tenía muchos traumas que superar. Y una vez vencidos, comenzó el juego.

Busqué mucha info sobre el poliamor, sobre el BDSM, el squirt, y me di de morros con una pareja en Tinder que quería conocerme.

Hasta ese momento había tenido los típicos cuatro picos con amigas y nunca era algo que me excitara; era más parte del trauma que del deseo, pero esa es otra historia.

Así que yo no sabía qué iba a pasar con esta pareja.

Estuvimos un año hablando por WhatsApp. Creamos un vínculo muy chulo, ella y yo.
S. era una chica a la que hasta los poros le desprendían atractivo: mirada penetrante, pecas y labios rojos.

R., su pareja principal —porque eran poliamorosos— era un chico que, si lo veías por la calle, te girabas a mirarlo bien.

Eran una pareja preciosa, físicamente hablando.

En ese tiempo en el que S. y yo creamos esa amistad online, nos contábamos de todo. Incluso teníamos sexting los tres y la experiencia estaba siendo de lo más enriquecedora.

Llegó el día de quedar. Yo estaba súper nerviosa, mi primer trío. Pero ellos me daban calma, porque habían hecho varios y me iban explicando lo que funciona y lo que no, en plan gestión y “normas”.

Así que me dejé llevar.

Vinieron a casa, hice café y puse fruta por si nos daba hambre. Hablamos un rato, dejando las cosas claras: que si alguno de los tres no estaba cómodo, se decía y se paraba el juego.

Y en un rato, como algo muy natural, nos vimos los tres en mi cama enorme, jugando a uno de los mejores juegos que he jugado en mi vida.

Acabamos tumbados los tres, dándonos caricias y viendo una peli en la pared con mi proyector. Fue un día espectacular.

A partir de ahí, con casi 40 años, me di cuenta de que soy bisexual. Porque me encantó.

No tuve que salir del armario. Simplemente, cuando sale la conversación sobre parejas o sexualidad, yo digo los dos géneros o utilizo el neutro.

Así debería ser siempre. No deberían existir armarios donde esconderse, solo armarios para llenarlos de ropa que nos haga sentir más diosas de lo que ya somos y disfrutarla con los cuerpos libres, deseos sin culpa y palabras dichas en voz alta.

Que cada una camine por la acera que quiera, o por todas, sin miedo, sin etiquetas impuestas y sin pedir perdón.

Porque el deseo no necesita explicación.
Y la libertad, tampoco.

Raquel Romarís