Mi hermana pequeña fue siempre la mimada. No sé si era porque Iria —mi hermana mayor— y yo éramos más secas que un cardo borriquero o porque, cuando nació, yo ya tenía nueve años y se convirtió automáticamente en el bebé de la familia.
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El caso es que se nos caía la baba a todos con aquella muñequita sonriente y traviesa.
Nuestros amigos, cuando iban a casa, le llevaban chucherías, le hacían carantoñas y le decían “Clara, Clarita”. Y así fue creciendo: en un mundo donde nada iba en su contra, donde nadie era malo.
Por supuesto, eso tiene consecuencias. Y la más grave fue que estuvo a punto de casarse con lo que creo que habría sido el mayor error de su vida.
Con mucho esfuerzo y aportando un poquito durante años, habíamos creado un fondo familiar para el máster de Clara. Ella había estudiado Arte Dramático, y ya sabéis que es un panorama desolador: si no tienes contactos, difícilmente tendrás un trabajo relevante.
Así que cuando empezó a investigar y organizó un pequeño cónclave familiar, a nadie le extrañó que estuviera dispuesta a marcharse a Holanda, donde hay una escuela de interpretación internacional muy prestigiosa, de la que se nutren grandes productoras.
El máster costaba la friolera de veinte mil euros. Y Clara volvió poco a casa durante ese tiempo, porque estábamos más apretados que una lata de sardinas.
Y sin comerlo ni beberlo —viéndose libre del todo con sus veinticuatro años—, las siguientes Navidades apareció con novio.
Y menudo novio.
Alto, de pelo castaño, con ese aire de suficiencia que tienen algunos hombres guapos de facciones marcadas —y más aún si son actores—. Sin ser especialmente agradable, pero sí correcto, cautivó a mi familia desde el primer momento.
Se sucedieron las visitas y mi hermana Iria, mi cuñado Santi y yo empezamos a tener cierta confianza con él. Incluso lo seguimos en Instagram.
El tiempo pasó y Clara anunció que se casaba al año siguiente. Una decisión impulsiva, pero muy acorde a su temperamento.
A mí, que siempre he sido más desconfiada, no me terminaba de encajar.
Lo que voy a contar nació de mi fe ciega en esa convicción de que ojo de loca no se equivoca. Pero claro, a ver cómo le explicas eso a una chica enamorada y a unos padres que siempre han consentido todo.
No se podía.
Así que hice lo único que estaba en mi mano.
Arriesgando mi dinero —porque yo no iba sobrada precisamente— y también la confianza que mi hermana había depositado en mí, facilité los datos de Marco (edad, apellidos y domicilio) a un detective privado.
Un mes después, me entregó un dossier del tamaño de mi expediente académico al terminar la carrera.
Y no eran buenas noticias.
Pese a su buena reputación y su apellido impecable, Marco era un habitual de prostíbulos de todo tipo y, por si fuera poco, hacía un par de años había sido condenado a seis meses de trabajos comunitarios por la creación de un grupo de extrema derecha que promovía echar a todos los inmigrantes del país.
Recuerdo la frustración, el dolor y la amargura que Clara tuvo que atravesar durante aquellos meses.
Pero, sobre todo, recuerdo su agradecimiento.
Porque a veces, el amor no es apoyar todas las decisiones que toman nuestros seres queridos.
A veces, el amor es protegerlos cuando esas decisiones no son las mejores para ellos.