El suegro de Nuria era un hombre peculiar. Tenía muchas manías, no le gustaban los imprevistos (ni malos ni buenos) y siempre tenía la frase adecuada para desmerecer cualquier mérito o alegría que le contase cualquier persona. A pesar de todo esto, ella había aprendido a quererle. Era un hombre difícil de llevar, pero dándole su espacio acababa siendo divertido lidiar con él.
Llevaba un tiempo viviendo solo, así que sus manías y rarezas campaban a sus anchas en aquella casa atestada de cachivaches con un orden ilógico para cualquiera excepto para él.
Todo lo que tenía de excéntrico lo tenía de generoso, así que cuando Nuria y su marido necesitaron un segundo coche para trabajar, aquel hombre apareció con una llave de coche en su casa indicando donde estaba aparcado su nuevo coche. Cuando supo que Nuria estaba embarazada, aparecía cada semana con una nueva tarjeta regalo de alguna tienda de puericultura o con algún artilugio que le hubiesen recomendado.

Aquel bebé tuvo varios modelos de cada una de esas cosas que todas las mamás compramos creyendo que son imprescindibles pero que luego no nos valen para nada. Tuvo minicuna, moisés, nido, hamaca columpio, hamaca vibratoria…
Ellos siempre le agradecieron mucho su generosidad y él negaba con la cabeza, como si fuese absurdo que fuese a hacer otra cosa que no fuese llenar a su nieto de regalos. “Para eso están los abuelos, para consentir y mimar”.
Pero entonces llegó el momento de matricular a aquel niño en un colegio. Durante los primeros años pudieron compaginar sus trabajos para evitar las escuelas infantiles, pero ahora que tenía tres añitos debían elegir a qué colegio llevarlo y no lo tenían demasiado claro.
No sabían si sería más cómodo llevarlo al colegio que estaba al lado del trabajo de Nuria, ya que ella tenía algo más de libertad para salir en caso de imprevisto o mejor llevarlo a uno que estaba a mitad de camino entre su casa y el trabajo de su marido, pues el modelo educativo les atraía un poco más, solo que no les gustaban nada las instalaciones. Cada cole tenía mil virtudes y mil defectos, pero entonces llegó el abuelo y dijo que no, que su nieto iría a un colegio privado de las afueras.
Ellos no hicieron caso en un principio, pues su suegro sabía de sorba que ni les daba la economía para aquel colegio ni entraba en sus planes llevar al niño a un colegio similar. Pero entonces él dijo que con todo lo que habían ahorrado en no tener que comprarles cosas al niño porque se las había comprado él, tenían que tener dinero de sobra para pagar la escuela hasta terminar la primaria por lo menos.
“Papá, esto no funciona así, no hemos metido en una hucha el equivalente a tus regalos para poder sacarlo ahora” Entonces él dijo que no era problema suyo, pero que ellos debían hacer lo mejor para su hijo y si no lo hacían el niño lo sabría de boca de su abuelo cuando fuera mayor.

Desde ese momento los reproches por la educación pobre y mediocre que le daban a su nieto eran casi diarios. Un día Nuria le recriminó aquello que decía de que los abuelos no estaban para educar a los nietos, pero este dijo que a los nietos no, pero a los hijos si, y que si su hijo estaba siendo un mal padre debía corregirlo como fuese.
Poco a poco dejaron de invitarlo a comer los domingos, dejaron de llamarlo para ir al parque y él tampoco hizo mucho por seguir en la vida cotidiana de su nieto.
Nuria y su marido tenían claro que no permitirían que nadie les dijese cómo criar a su hijo, por mucho dinero que les de y que no consentirían que se les faltase al respeto, y menos en presencia del niño.
Así, con tres añitos y sin darse cuenta, presenció cómo es alejarse de una persona cuando te hace daño, aunque sea de la familia. Eso no se enseña en los colegios privados, pero es una lección muy necesaria en la que muchos suspendemos casi a diario.
Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.
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