Quizás todo esto sea culpa mía y de mi pareja, lo reconozco. Siempre hemos sido fiel creyentes de la educación pública, pero cuando en nuestros trabajos no podíamos conciliar tanto como hubiésemos querido…tocó recurrir a la concertada. 

Y fuimos a la concertada como ultimísima opción, de verdad. Vimos las posibilidades de que fuese a la pública y meterle alguna actividad extraescolar a mayores pero, sería el destino o sabe Dios lo que, que la concertada también la teníamos mucho más cerca de casa y con opción a madrugadores. 

Al final no nos quedó más remedio y se pasó todo preescolar y primaria en el concertado. A la hora de entrar en el insituto, tenía la opción de quedarse en el centro o ir a otro público. Intentamos hablarlo con él, pero no quería separarse de sus amigos. En parte lo entendíamos, aunque cada mes nos dejábamos un pastizal en el centro, lo cierto es que seguía viniéndonos muy bien el horario y las facilidades. 

El año pasado, cuando empezaron las matrículas para el bachillerato, le comentamos que podría hacerlo en un instituto público, ya que alguno de sus amigos iba a hacer lo mismo y podría elegir cual quería (si había plaza, claro). Su pregunta me dejó helada. ¿Entonces sí somos pobres no?. 

No se en qué momento se le ocurrió eso. Además lo preguntaba como afirmándolo. A mi hijo jamás le ha faltado de nada. Si que alguna vez se ha tenido que hacer números para ir de vacaciones o hubo que cambiar de destino a última hora, pero obviamente no es algo de primera necesidad ni mucho menos. 

La verdad que nos enfadamos (y ofendimos) un poco y le preguntamos que por qué pensaba eso. Es cierto que la cuota de bachillerato sería la más alta de todos estos años, pero teníamos el dinero apartado por si no quería cambiarse de centro. 

“¿De verdad no os dais cuenta? En mi clase todos llevan iPhone, zapatillas de marca y sudaderas carísimas. Luego llego yo con el móvil de hace cuatro años y ropa del Zara. Da vergüenza. ¿Tan difícil es comprar algo bueno? A veces parece que somos los únicos que no podemos permitírnoslo. ¿Es que somos pobres o qué? Siempre decís que no hace falta gastar tanto, pero el que aguanta las bromas soy yo. Estoy harto de ser el raro. Si de verdad podéis, demostradlo y dejad de decir siempre que no al Iphone”. 

Así que era eso, el p**o Iphone. Mi pareja se puso de todos los colores en cero coma. Yo no me podía creer que ese era el motivo. Pero sin embargo, a mi hijo sí se le veía afectado.

Pero no íbamos a bajar nuestro nivel de vida (que es normal y corriente) por un dichoso móvil. Así que fuimos claros: 

“La cuota del colegio es muy caro, pero entendemos que estás adaptado a él, nunca nos supuso un problema seguir pagándolo para que estuvieses más cómodo. Si quieres un Iphone te vas al público, si no, sigues con el que tienes. Y si ninguna de las opciones te parece bien, ahorras, que es lo que tendrías que haber hecho con nuestra paga y los billetes que te sueltan las abuelas.”. 

Quizás fuimos duros, pero no es primera necesidad un móvil de 1000€. Ese no podía ser motivo de semejante gresca. 

Pasamos unas semanas tensas, quiso hacer bachillerato en el centro asumiendo que tendría que ahorrar para pagarse el teléfono. Esas navidades consiguió reunir una cantidad considerable por parte de la familia. Cuando preguntó por nuestro regalo, le preguntamos cuánto dinero había conseguido ahorrar hasta la fecha. Tenía aproximadamente unos 500€. Le dijimos que juntase los ahorros que tenía y pondríamos el resto para el Iphone. Se le iluminó la cara. 

Entendió la lección de que las cosas cuestan dinero y el dinero cuesta ganárselo. Y por nuestra parte es un buen chico que saca buenas notas, así que después de aquella conversación y de haber intentado ganárselo por sí mismo, sí decidimos ayudarle a conseguirlo.