Creí que se había enamorado de mí por lo que soy. Por mi risa, por mis formas, por mis silencios cómplices y por la manera en la que juntos llenábamos los vacíos. Creí que era mi autenticidad lo que le había atrapado, la forma en la que nunca me rendía, en la que convertía mis diferencias en mi motor para ser mejor, para ser yo misma. Pero con el tiempo empezó a caerme encima una verdad pesada, como esas gotas que te calan poco a poco, hasta dejarte empapada y sin abrigo. Descubrí que no era yo, que nunca fui yo. Descubrí que era un devotee.

La primera vez que escuché esa palabra, devotee, no supe exactamente lo que significaba. Pensé que tenía algo que ver con la devoción. Algo intenso, algo que podría describir perfectamente cómo él parecía mirarme. Porque eso era lo que había sentido desde el principio: devoción. Pero no, no era devoción, era fetiche. Un fetiche que iba más allá de mis ojos, de mi sonrisa, de la manera en la que me desenvolvía en la vida. Un fetiche que tenía todo que ver con mi discapacidad.

A veces, el amor se siente como un refugio. Un lugar donde puedes ser tú misma sin miedo, donde te sientes segura. Y eso era lo que él había sido para mí. Me hizo sentir como si mi discapacidad no fuera algo que esconder, como si no fuera un obstáculo, sino algo hermoso, algo que podía ser amado tal cual. Pero poco a poco, las piezas empezaron a no encajar. Comentarios que antes me parecían halagos empezaron a tener un regusto amargo. Como cuando me decía que le encantaba cómo dependía de ciertas cosas para moverme y lo feliz que le hacía que le necesitase para tantas cosas del día a día. Al principio, esas palabras me hicieron sentir vista, aceptada. Pero con el tiempo, me empecé a dar cuenta de que esas eran las únicas cosas que destacaba de mí.

Un día, casi sin querer, descubrí que yo no era la primera. Había habido otras antes de mí, y todas tenían algo en común: todas eran mujeres con discapacidades. De repente, todo lo que había construido en mi mente sobre nuestra relación se tambaleó. Ya no era yo, éramos una serie de mujeres que él había coleccionado, cada una con su diferencia, cada una con su discapacidad (todas físicas). Y entendí que no estaba enamorado de mí, sino de la idea de lo que yo representaba para su fetiche. Mi cuerpo no era más que un objeto de su deseo, una pieza más en su fantasía.

 

Me he pasado días, semanas, intentando procesar todo esto. Me he cuestionado si fui ingenua, si no supe ver las señales, si quise creer en algo que no era. Pero luego me di cuenta de que no era yo la que estaba equivocada, sino él, y su incapacidad de ver más allá de lo evidente, de verme como una mujer completa, con miedos, con sueños, con algo más que una simple discapacidad.

Al final lo que más me dolió fue darme cuenta de que su amor nunca fue hacia mí, sino hacia una versión de mí que se ajustaba a su fantasía. Y yo no soy una fantasía. Soy real, con todo lo que eso implica. Con la complejidad, con las inseguridades, con la fuerza que tengo y la que me falta. Y me merezco a alguien que vea todo eso, que me quiera por cada parte de mí, no solo por lo que encaje en su fetiche.

Ahora sé que el amor no debe sentirse así. No debe sentirse como una mirada constante hacia lo que te hace diferente, sino como un abrazo hacia todo lo que eres. Y aunque me haya costado estoy aprendiendo a quererme más, a aceptar que mi valor no está en cómo otros me perciben, sino en cómo yo decido mostrarme al mundo. Sin fetiches, sin filtros, solo yo.

PD: respeto que haya hombres y mujeres que no les importe que su pareja sea un devotee, pero en mi caso era humillante y por supuesto lo eliminé de mi vida.

Anónimo

Envía tus movidas a [email protected]