Qué lejos quedaron mis años de tórridas aventuras y qué poco los echo de menos… aunque, para ser sincera, un poco de pena si me da reconocer que se me ha olvidado la emoción que da conocer a un chulazo que te mantiene en estado de calentón constante.
El protagonista de esta historia, de polvazo y drama familiar, es justo uno de esos chulazos o como yo los llamo, un tío-txirimiri, que, como la lluvia fina y espesa del norte, te tiene todo el día caladitos los bajos.
Los veintiuno me habían llegado cargaditos de ímpetu sexual, a mí, que siempre había sido una chica de lo más modosita y simplona, de experiencias follisqueras tardías y regulinchi autoestima, desperté como lo hace la primavera cada mes de marzo; exuberante, colorida, radiante y más salida que una manada de mandriles después de un año de abstinencia.

Y allí estaba ese pedazo de hombre que lo tenía todo a simple vista y más, mucho más, escondido bajo el peto de payaso callejero que vestía sin ropa interior, eso lo descubrí más tarde, actuando en una céntrica calle de mi calurosísima ciudad.
Pelotas arriba y abajo, cómo me siguen alucinando los malabaristas, mirada penetrante en su cara pintada y esa labia gamberra que tienen los artistas callejeros, formaron el cóctel perfecto para dejarme con la mandíbula desencajada y las hormonas bailando muñeiras como desesperadas.
Termina el show y como me muero de vergüenza, solo atino a dejar unas monedas en la maleta mientras le sonrío como una imbécil y marcho del brazo de mi pobre amiga sin ninguna elegancia ni misterio, desechando por completo la simple idea de hablar con él y por supuesto pensando que es imposible que acabemos en todas las posturas cochinas que mi cabeza ha estado maquinando mientras el público aplaudía con entusiasmo.
Suspiro por aquí, paseo por allá, acabamos en una placita preciosa con jardines en los que reunirse y tomar unas cerves sin que nadie te ponga una multa del copón, porque sí amiguis, soy lo bastante viejuna como para haber vivido la Belle Époque del botellón legal en parques y jardines, y veo a mi artista buenorrísimo con un par de colegas sentado y como éramos vergonzosillas pero nada buenas en el arte del disimulo, nos sentamos en un banco muy cerca y, finalmente, nos invitaron a acompañarles, yujuuu!

Ni me acuerdo de cuánto tiempo hablamos antes de que surgiera lo que tenía que surgir, esa chispa animal que nos empujó a empezar con un espectáculo metemano sin frenos y a lo loco allí mismo, con todos al lado. Mi vergüenza, mis inseguridades y toda yo desaparecimos del todo, solo existíamos él y yo.
Para cuando decidimos irnos a otro sitio menos concurrido, las caras de los asistentes al improvisado show eran un poema, más bien eran de asquito, aunque me importó poco porque yo estaba viviendo mi propio poema erótico de Baudelaire, éramos “como dos ángeles torturados por un implacable placer”.
Esa tarde descubrí que las ganas de chuscar van en proporción inversa al pudor que regula la decencia: cuántas más ganas menos vergüenza…
Pero lo bueno de verdad estaba por llegar. Obviamente, joven estudiante y tío-txirimiri, no tienen casa propia donde apagar el fuego, así que me acompaña hasta mi edificio, con clara intención los dos de encontrar un hueco donde finiquitar la jugada y tras lametazos y restregones varios en el mismo portal, nos lanzamos a la escalera, porque mi edificio tiene dos ascensores y nadie usa las escaleras, o eso quería creer yo… El tema iba de maravilla, los escalones, la pared y la barandilla son buenas compañeras de coreografía cochina y, como aquello que teníamos entre manos nos tenía muy concentrados, no nos dimos cuenta de que teníamos compañía hasta que mi querida prima encendió la luz de un manotazo y empezó a gritarnos como si estuviésemos asesinado gatitos en vez de festejando nuestros cuerpos.

Aquello pasó de ser una ardiente escena a un escenario de batalla en pocos segundos. Mientras intentábamos colocarnos la decencia a toda prisa, mi prima no paraba de gritar incongruencias sobre lo cerda que yo podía llegar a ser y mil lindezas más que no paraba de escupirme con su envenenada lengua.
Como no entendía que se enfadase tantísimo y no quería que mi tío txirimiri se pirara sin que quedásemos para millones de días más, porque, gente, aquello, antes de aparecer mi prima, era el puñetero paraíso…, decidí dejarla gritando, le agarré de la mano y nos marchamos casi corriendo de aquella escalera que ocuparía mis futuros sueños.
La vida, que es muy caprichosa, me había puesto delante un dulcísimo regalo en forma de hombre y pocas horas después me tenía que despedir para siempre, y no porque quisiera, sino porque descubrí que la tarde antes se la había pasado zumbando en el coche lo que no está escrito con mi prima, de ahí su máximo cabreo. Porque se había hecho ilusiones bastante infundadas con el susodicho, que hay que ser pánfila para no ver que ese tipo de especímenes son para compartir…
El caso es que contó a toda, todita mi familia que yo le había quitado el novio y que era una mega guarra por hacer lo que hice en zonas comunes de nuestro edificio y a día de hoy, la muy triste ni me mira y yo, tropecientos años después, todavía me cabreo pensando en el mal trago que tuve que pasar dando explicaciones y pidiendo disculpas a mis padres y demás familia.
Pero sobre todo lo que más me sigue disgustando de este capítulo de mi vida, es, sin duda, el no poder haber catado unas pocas más de veces al tío-txirimiri por excelencia.
Maragla