Las que me estéis leyendo y estéis solteras actualmente sabréis que, en el siglo XXI, una de las pocas formas que hay de conocer gente nueva con intenciones sexoafectivas son las aplicaciones de ligue. Hay tantas en el mercado que, aunque hace unos años prácticamente solo existía Tinder, o fue esa la que cogió más fama, ahora hay un montón. Yo tengo mis favoritas y os las voy a recomendar, así de gratis: Boo es la mejor (hay un apartado para responder una pregunta al día para que la gente te vaya conociendo más, se pueden mandar audios, te hace un test de personalidad para decirte cómo eres de compatible con la gente, la descripción puede ser muy larga y se pueden subir historias, como en Instagram) y Hinge la está usando también bastante gente, también permite audios, te propone preguntas para que tú las contestes en tu perfil… Y luego está el Facebook Parejas, que es cómodo porque, si ya tienes instalado Facebook en tu móvil, usas esa opción y no tienes que descargarte ninguna otra app, lo cual viene estupendo cuando tienes el móvil tan petado que ya no te cabe ninguna otra aplicación en la memoria (me ha pasado, porque mi móvil es del año 3 antes de Cristo). Total, que considero que Tinder debería ponerse las pilas y añadir mejoras.
Lo que parece que no tiene solución ni forma de mejorar es la calidad de las personas que te encuentras en las redes de ligue. Ya sé que todas tenemos alguna amiga que se ha acabado casando con una persona a la que conoció así. Pero son pocos ejemplos. Y ¿cuántos sapos tuvo que besar antes de conocer a su príncipe? Es el riesgo que se corre cuando no se conoce a gente de forma natural. Ojalá todas tuviéramos amigas que nos presentasen a gente con la que ellas saben que pegamos. Pero aceptemos que no siempre se da esa ocasión.
Total, que os voy a contar mi experiencia con uno de esos especímenes que te encuentras en estas apps. Este chico en concreto, llamémosle Carlos (y no es por preservar su anonimato, es porque fue tan sumamente irrelevante en mi vida que se me ha olvidado su nombre), era de esas personas que viven como si se hubieran dejado la cocina encendida en casa permanentemente. Todo son prisas, como si se estuviera quemando algo. Para muestra, no hay más que ver la insistencia en que organizáramos el primer encuentro, sin ni siquiera haber respondido a las preguntas típicas del principio. Asumo que todas sabemos ya cuáles son: estudios/trabajo, aficiones y qué buscas en esta app. Me parece básico responder a eso para ver, mínimamente, si tenemos algún tipo de compatibilidad. Vamos, yo qué sé, yo prefiero intentar asegurarme lo más posible de que la primera cita no me va a aburrir. Que, aun así, muchas veces me acabo aburriendo porque es difícil adivinar, a distancia, si un desconocido tiene capacidad de llevar una buena conversación.
Pero este tío prácticamente solo me había dicho hola y ya estaba proponiendo sitio y hora para quedar porque, por lo visto, yo era muy guapa y quería conocerme (traducción: le picaba el pene). Le frené y le dije que, al menos, me contara cuáles eran sus aficiones. En cuanto mencionó la primera, la caza, le dije que no teníamos nada que ver y que yo prefería no quedar, pero que le deseaba suerte en la app y que ojalá encontrara a alguien afín. Pues nada, otro de los tantos que no saben manejar una negativa. Me dijo: «adiós, Fulanita, que hasta el nombre tienes feo». Bloqueé y a otra cosa, mariposa.
Una pensaría que, a estas edades, ya todos sabemos tolerar la frustración. Pero la vida te da sorpresas…