Raúl y yo nos conocíamos desde pequeños. Fuimos juntos al colegio y formábamos parte de la misma cuadrilla desde que éramos unos críos. Con los años, aquel colega como otro cualquiera pasó a ser uno de mis mejores amigos y nuestra amistad se hizo mucho más estrecha, hasta el punto de que nuestros amigos bromeaban con la idea de que, tarde o temprano, terminaríamos juntos. Y no andaban desencaminados en absoluto, porque Raúl y yo empezamos a salir poco después de cumplir los dieciocho.
Fue mi primer novio y he de decir que aquellos primeros años que pasamos juntos fueron preciosos. Vivir todas aquellas primeras veces con quien había sido mi mejor amigo desde pequeños me parecía un sueño. Raúl me trataba tan bien y me hacía sentir tan querida que jamás en mi vida habría podido llegar a sospechar que, años después, me la pegaría con otra.
Mi mejor amiga ya me había advertido de que cuando salían de fiesta y yo no iba con ellos, mi novio aprovechaba para desmelenarse en el peor de los sentidos. Sin embargo, yo no quise creerlo, ni siquiera cuando me dijeron que se transformaba en otra persona y que se le veía muy suelto, que se acercaba a hablar con todas las que se le ponían a tiro. A día de hoy sigo sin saber por qué callé todas las veces que mis amigos me avisaron de que mi chico se comportaba como un imbécil en mi ausencia. Supongo que no quería ser la típica novia celosa, que no quería discutir con él por miedo a perder lo que habíamos construido con tanto esfuerzo durante años.
Él, por supuesto, siempre negaba aquellas acusaciones tajantemente y yo, tonta de mí, le creía sin dudar un segundo. Hasta que un día recibí un mensaje en mis redes sociales que lo cambió todo.
Un chico llamado Jorge se puso en contacto conmigo para contarme con pelos y señales cómo mi novio llevaba engañándome durante casi un año con otra chica. Cuando le pregunté qué pruebas tenía de aquello, me dijo que lo sabía de buena tinta porque aquella otra chica era su novia. Resulta que un par de días atrás, Jorge había pillado a su chica, Elena, manteniendo una conversación subida de tono por teléfono con «un tal Raúl» cuando ella creía estar sola en casa.
Me contó que, cuando se enteró de que su novia desde hacía cinco años se veía con otro a escondidas desde hacía varios meses, cortó con ella al momento. Sin embargo, lejos de poner punto y final a la historia, quiso seguir tirando del hilo un poco más a fin de saber quién era mi chico y si éste tenía novia para poder avisarla de lo que realmente estaba sucediendo.
Fue así como encontró el perfil de mi chico y descubrió que, en efecto, también estaba en una relación. Sentí cómo mi mundo se venía abajo, no podía creer lo tremendamente idiota que había sido haciendo oídos sordos a todas aquellas advertencias que durante tanto tiempo había decidido ignorar.
Aquella misma tarde, después de llorar como no lo había hecho en toda mi vida, rompí con el que había sido mi novio durante nueve años. Cuando pensaba que no podría soportar vivir sin Raúl y que aquel dolor iba a volverme loca, Jorge me tendió la mano. Nos escuchábamos, nos dábamos ánimo el uno al otro… Al fin y al cabo, ambos estábamos en el mismo barco y sentía que ninguna otra persona sería capaz de entenderme como él.
Jorge era un chico estupendo, sensible, tierno, divertido, inteligente… Los meses fueron pasando y me descubrí pensando en lo estúpida que había sido su ex por dejarle escapar. Sin saber muy bien cómo, una tarde en la que quedamos para tomar un café y yo estaba especialmente llorona, él me abrazó para consolarme y terminamos besándonos.
Aquel beso fue el primero de muchos, porque, a pesar de que yo no estaba preparada ni por asomo para empezar una nueva relación, me dejé llevar. Me hacía sentir bien, estaba muy cómoda con él y me dije a mí misma que quizá lo que necesitaba era ese típico clavo que saca a otro.
Nos estuvimos liando por toda la ciudad durante unas cuantas semanas y he de reconocer que, después de meses hecha un cromo, empezaba a sentirme viva de nuevo. Pero nuevamente, los guionistas del culebrón que es mi vida tenían preparada otra sorpresita que ni en un millón de años hubiera visto venir.
Una noche, estando con mis amigas, recibí una llamada de un número oculto. Al otro lado de la línea había una chica hecha una furia que, tras proferir los peores insultos que podáis imaginar, me recriminaba estar tonteando con su novio. Me quedé de piedra cuando supe que su novio era Jorge y ella era, ni más ni menos, que Elena, la ex amante de mi ex Raúl.
Entre insulto e insulto pude saber que Jorge no había cortado con ella en ningún momento, sino que había decidido perdonar aquella aventura y empezar de cero. No sabía qué me parecía más fuerte: que el chico por el que me estaba empezando a colgar siguiera saliendo con la ex amante de mi ex o el hecho de que ésta me montara el pollo al enterarse de que su chico también sabía ser infiel.
Ni siquiera me molesté en pedirle explicaciones a Jorge. Después de aquella llamada bloqueé su número y no volví a saber nada más de él. Nunca pensé que mi vida pudiera llegar a convertirse en el argumento perfecto de una telenovela venezolana, pero lo cierto es que mi historia con Raúl bien podría ser la envidia de cualquier guionista amante de las infidelidades y los giros inesperados.