Amor & Polvos

De cuando el príncipe azul tarda en llegar más que un pedido de Aliexpress

Nos vendieron el cuento de que al crecer un buen día conoceríamos a un príncipe, pero no a uno cualquiera, sino a uno azul. Vendría con su grandiosidad, su guapura y sus ganas a sacarnos a bailar a la vida, a escribir una historia de amor que sería recordada a través de los siglos y siglos como LA HISTORIA.  Y crecimos, preparándonos para ese momento. Impecables. Ahorrando para la carroza,el vestido, el baile, para la vida del “y comieron perdices”. Y nos lo creímos. Tanto que a algunas nos creció la ansiedad, porque ese príncipe no llegaba, como tampoco la carta a Hogwarts.

Nada oye, que no llega

Y bueno, lo de la carta, se puede comprender porque tal vez no haya suficientes plazas. Pero…¿ y el señorito apuesto, que toda madre querría para su hija, y que toda hija ha fantaseado con sus amigas mientras elegía princesa de Disney, qué? ¿Dónde está? ¿ Qué tara tengo que no me llega?- se preguntan muchas, mientras ven las redes sociales plagadas de fotos de amor eterno, de este que cabe no cabe en el pecho, pero sí cabe en unos cuantos caracteres.

Nos educaron en la idealización más pura  y por suerte caímos al vacío y nos rompimos el corazón, que a través del tiempo nos reseteó al mundo real. A un mundo de humanos llenos de imperfecciones que aman como saben y pueden en cada momento. A un lugar donde no existen príncipes, ni princesas, porque solo hay dos personas que se encuentran en un espacio-tiempo y deciden compartirlo, siendo quiénes son, respetándose. Una pareja que nace, que comienza tímidamente a usar el nosotros y que no escapa del zarandeo de la vida, que ríen con un bocadillo de salchichón cuando no pueden permitirse un plato de Sushi y que lloran y se abrazan cuando los miedos les tocan el timbre. A dos, que deciden estar aún equivocándose, porque le ponen corazón y acción -reparación a los errores que cometen.

A dos que no se necesitan como una droga, sin embargo se quieren como si no fuesen a ver nunca, que se impulsan a volar más alto, que crecen, que se desarrollan.

A dos que se cuidan, con el detalle, abrazo a abrazo y algún eructo, hipo y risa en cada broma.

A dos que no van en carroza, ni tienen caballos más que los que pintan en mandalas para decorar ese salón con el que sueñan. Y a los que no les llegó ninguna carta, ni nadie los salvó de nada, porque se salvaron individualmente. A errores, a lágrimas, a desvelos, con la aguja del amor propio.

Y es que el príncipe azul no deja de ser ese cuento imposible que nos cuentan y nos creemos,  mientras nos quejamos de que en el mundo real nuestro pedido de Aliexpres tarda demasiado en tocarnos el timbre.

 

Almudena

 

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