El mundo de las aplicaciones de citas es alucinante. Pero es que, cuando se tiene cierta edad, las opciones para conocer gente son: senderismo, clases de baile o apps de ligue. Punto. No hay más. Por lo que he oído, el senderismo se vende como una actividad para hacer amigos, pero la gente suele desdibujar rápido las líneas entre una amistad y una búsqueda de otro tipo de relaciones. Y las clases de baile son, directamente, una bacanal. Todos intentan ligar con todos. Tengo yo a la amiga más mojigata del universo sideral, de esas que les saca mil defectos a los hombres, siendo ella heterosexual, que está indignadísima con el hecho de que todos sus compañeros de baile hayan intentado ligar con ella. Cari, haberte apuntado a macramé, qué quieres que te diga.

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Pero como a mí, en general, el senderismo me aburre y las clases de baile requieren habilidades que no poseo, hoy os vengo a hablar de las aplicaciones de citas. Últimamente estoy en tres. Sí, tres simultáneas. Y la verdad es que en mi vida personal me siento bendecida por haberme sabido rodear bien. Tengo unas amistades que valen su peso en oro. Y la gente que se ha ido de mi lado este año, es gente a la que no admiro y que han dejado mucha paz en mi vida. Pero las apps de citas, amiga, ahí no controlas tú de quién te rodeas. Hay de todo y estos son los más llamativos con lo que me he topado, solamente en el último mes: el que te dice que busca una relación seria, monógama, pero no tradicional, en la cual él sí te va a ser fiel a ti, pero le gustaría que tú te acostases con otros chicos y poder mirar el proceso; el que te dice abiertamente que es poliamoroso y que, si no congeniáis para sexo, no quiere nada contigo (¿por qué lo llaman poliamor, cuando quieren decir polisexo? Podría ser la secuela de la comedia, casi homónima, de los noventa) y el que se espanta cuando llamas “cita” al momento de quedar, porque él iba en plan amigos (relájate, respira, estás en una cita Tinder, en tanto que te he sacado de Tinder y hemos quedado para comer, cosita, no porque vayamos a tener sexo desenfrenado).

Pero todos estos tienen en común que, por lo menos, están siendo sinceros contigo desde el principio. Te están mostrando sus cartas, su personalidad, y ya tú decides si te metes ahí, o no. Yo esto es algo que agradezco infinito y, lejos de sentirme como un cacho de carne, me siento tranquila de que vayan de frente con lo que sienten. De hecho, esquivas bastantes balas con la gente que actúa así. Hubo, incluso, uno, cuya primera frase fue: soy una red flag andante. A lo que respondí: gracias por tu sinceridad y hasta luego. No me quiero meter ahí. No quiero acabar formando parte de la letra de Rosalía: red flag andante, tremendo desastre, dirá que no fue él, que fue su doppelgänger… Pero, de nuevo, hay que agradecerle que vaya de frente.

Sin embargo, amigas, el otro día me topé con un inadaptado social que iba esquivando todas las preguntas mínimamente personales que se le hacían. Y eso que no salí de las cuatro primeras preguntas típicas en este tipo de aplicaciones. Ya sabéis: en qué trabajas, qué has estudiado, qué aficiones tienes, qué buscas en esta app… Todas respondidas con evasivas. Y, de repente, me suelta: “es que no suelo hablar de mí, y menos por estos sitios”. Perdón, caballero, ¿le he entendido bien? ¿Está usted diciendo que no habla de sí mismo en una app diseñada para conocer gente? Tengo curiosidad… ¿Cómo se conoce gente, sin conocer gente? Supongo que lo responderemos en el próximo episodio de la serie “El fascinante mundo de las redes de ligoteo”. Se recomienda coger palomitas…

(Madamme Squelette)