Hacía más de diez años que mi ex y yo lo habíamos dejado y, aunque lo nuestro como pareja no pudo ser, manteníamos una relación de amistad bastante sana y bonita. Nuestro trabajo nos costó, pero con el paso del tiempo aprendimos a vernos con otros ojos y nos hicimos muy buenos amigos, dejando a un lado aquella historia de amor que nos unió en un principio. Nos contábamos todo, quedábamos con bastante frecuencia para ponernos al día, salíamos a cenar… Mucha gente no entendía nuestra amistad, siempre había quien dejaba caer que algo quedaba entre ambos y que, tarde o temprano, terminaríamos volviendo.
Más testimonios reales en whatsapp
Sin embargo, nosotros lo teníamos muy claro: nos habíamos querido mucho y lo seguíamos haciendo, sólo que de otra forma; no había nada sexual ni segundas intenciones en nuestra nueva relación. De hecho, él empezó a salir con una chica con la cual terminó casándose al cabo de los dos o tres años. A decir verdad, soy consciente de que ella no me tenía en muy alta estima y que sentía celos de la amistad que su marido y yo manteníamos, así que por su bien y a fin de evitarle posibles discusiones, intenté mantenerme un poco más alejada.
Y al poco de casarse, mi ex me dio la noticia: iban a ser papás de una niña. Yo no podía alegrarme más por mi amigo, porque aunque ya no estuviéramos juntos, seguía siendo una de las mejores personas que había tenido la suerte de conocer. Por desgracia, toda esa felicidad que les envolvía comenzó a venirse abajo al poco tiempo de nacer su hija y decidieron que lo mejor era divorciarse. Aquella ruptura no fue lo que se dice pacífica, las discusiones eran constantes y cada vez más feas, pero todo llegó a su punto álgido el día que su ex mujer le avisó de que pretendía quedarse con la custodia de la niña. Por primera vez, vi a mi ex hecho un trapo y completamente roto, así que sin dudarlo un instante me volqué con él.
No sólo por lo mal que lo estaba pasando por su divorcio en sí, sino porque en medio del caos, para añadirle más salsa al asunto, se quedó en paro. En resumidas cuentas, tenía lo justo para pagar el nuevo piso y el abogado, así que yo me ofrecí a dejarle el dinero que necesitase en lo que encontraba trabajo y una estabilidad. Al principio se mostró un poco reacio pero terminó aceptando mi ayuda, así que durante meses le ayudé económicamente. Le llenaba la nevera, le compraba a la niña todo cuanto necesitaba y él siempre me lo agradecía bajo la promesa de devolverme hasta el último céntimo, aunque yo lo hacía de manera totalmente desinteresada.
Llamadme loca, pero si alguien me prestase dinero para comprarle ropita a mi hija, yo iría a tiendas asequibles, por muy acostumbrada que estuviera a visitar la Milla de Oro. Pero mi ex siempre ha llevado un tren de vida bastante alto. Vaya, que ha tenido mucha pasta toda su vida. Por eso, cuando me pedía dinero para comprarle ropa a su hija, no me extrañó que fuera a tiendas donde, por ejemplo, los abriguitos no bajaban de las tres cifras. Sí, yo me había ofrecido voluntariamente a ayudarle, pero tenía un sueldo que era el que era y no podía estirarlo más. No obstante, sentía que no podía «abandonarle», así que cuando vi que no podía prestarle más dinero, me puse a regalarle las pocas joyas que tenía para que las vendiera. Cuando me dijo que volvía a tener trabajo, me alegré muchísimo por él y por mi bolsillo, sinceramente.
Poco a poco su vida fue retomando la normalidad, e incluso la relación con su ex mujer mejoró hasta el punto de que empezaron a tontear de nuevo. Ilusa de mí, pensé que al haber vuelto a encauzar su vida, me devolvería parte del dinero, pero no fue así. No sólo no mencionó el hecho de que me había sacado hasta los higadillos, sino que de la noche a la mañana, me dijo que había pensado en volver a casa con su ex mujer porque habían decidido darse otra oportunidad. A mí me pareció todo maravilloso, hasta que me llegó un mensaje días después en el que me comunicaba que no podíamos volver a hablar ya que su mujer le había puesto como condición para retomar su relación, romper la nuestra. Y él, por supuesto, había aceptado.
Nunca hizo mención a todo el dinero y a las joyas que le dejé y me quedé sin un duro y sin volver a saber nada de la persona que yo creía que era uno de mis mejores amigos. Hasta hace poco, creía que ser una persona empática y generosa era toda una virtud, pero después de que mi ex se aprovechase de este complejo de salvadora tan propio de mí, ya no estoy tan segura.