Él era un chico majo, normal y corriente. Al menos, esa fue la impresión que me dio cuando le conocí.
Era una noche de fiesta en pandilla y él y sus amigos coincidieron con la nuestra. Acabamos pasando prácticamente el resto de la noche con ellos después de que uno de mis amigos, que los conocía, nos presentase al resto y todos nos cayeran genial.
Nosotros dos, en especial, ya no nos separamos desde el saludo inicial. Habíamos conectado bastante bien.
Y esa misma noche, después de unas cuantas copas, nos enrollamos.

Él era bastantes años más mayor que yo, que aún no había cumplido los 20. Así que en aquellos momentos no tenía muchas ganas ni intenciones de tener nada formal con nadie: después de un primer noviazgo largo, estaba viviendo una fase libre y alocada y todavía tenía mucho que experimentar.
Sin embargo, tenía un no sé qué que me atraía tanto que por él habría cambiado de planes y habría sido capaz de iniciar algo serio de nuevo.
El caso es que, sin presión por ninguna de las dos partes, comenzamos a quedar de vez en cuando.

Mi intención era conocerlo un poco mejor, disfrutar lo que pudiera en el camino y, quién sabía si esa historia acabaría desembocando en algo definitivo en un futuro…
Por eso, tengo que reconocer que cuando me enteré de todo ya estaba bastante ilusionada y, por qué no admitirlo también, estaba empezando a enamorarme de él.
Me daba la impresión de que causaba en mí el mismo efecto que la más potente de las drogas: era hipnótico para mí, superior a mis fuerzas.
Pero la información, por suerte, me llegó en el momento justo y oportuno en que aún no había cruzado esa finísima línea del enganche definitivo en el que sé perfectamente que habría caído.
Si hubiera ocurrido más adelante, probablemente habría sido demasiado tarde…
Cuando sucedió, aún nos conocíamos bastante poco, puesto que en nuestros escasos encuentros no habíamos hablado demasiado precisamente. A pesar de eso, la química que había entre nosotros no era solamente sexual: se notaba una energía genial, armónica y fluida entre nosotros.
Y un día, me encontré de casualidad a uno de sus amigos y me paré a saludarle y hablar con él en plena calle.
Se alegró muchísimo al verme y me dio un gran abrazo. Y, en mitad de esa conversación, el chico hizo el comentario sobre mi rollete que destapó todo, con tanta naturalidad como si estuviese convencido de que yo ya sabía toda la historia.
Dijo que hacía mucho tiempo que no veía a su amigo tan ilusionado, que merecía una oportunidad pues ya había pagado su condena durante su estancia en la cárcel y que yo demostraba ser una gran y valiente persona al no juzgarle por el asesinato que había cometido en el pasado.

Se me congeló la sangre: él no me había contado nada de aquello. Supongo que porque aún no me veía tan sumamente enchochada como para estar interesada en su versión o en los detalles de ese macabro suceso.
No contesté nada a su amigo, inmóvil e impasible como una estatua. Mi cuerpo no respondía al estímulo de sus palabras. De todos modos, él no pareció darse cuenta y se despidió de mí con el mismo cariño con el que me había saludado, volviendo a hacer hincapié en mi generosidad, pues todas las chicas hasta ahora habían salido huyendo de su lado al conocer su historia.
No sabía si esto me convertía en la peor persona del mundo, pero yo quería hacer lo mismo que ellas: salir cagando leches del lado de ese tío, por mucho que me gustase.
Pasé un par de días encerrada en casa, asimilando todo. Estaba desconcertada y no sabía qué hacer: por un lado, mi instinto de conservación me ordenaba que cortase totalmente el contacto con él.
Por otro lado, me sentía insegura. ¿Y si había sido en defensa propia? ¿Cuál había sido el contexto? La ignorancia me llenaba de preguntas sin respuesta como si las circunstancias que rodearon aquel hecho deleznable que había cometido justificaban que ya nunca más se le diera una oportunidad para volver a tener una relación.

Me duraron poco esas dudas en cuanto las puse en palabras al comentárselas a mi madre y a mi mejor amiga: me cayó la de Dios por parte de ambas y, a pesar de ser -aunque aún muy joven- mayor de edad ya, prácticamente me prohibieron verle más, obligándome a que cortase inmediatamente todo contacto con él.
Y eso acabé haciendo, pero en algo no las obedecí, porque al final quedé una última vez con él en persona para informarle a la cara de mi decisión y para escuchar lo que tuviera que decirme.
Era superior a mis fuerzas no hacerlo, así que decidí encontrarme con él en un espacio neutro y seguro, eso sí,
No me hizo falta darle muchas explicaciones. Él venía preparado y consciente de la situación, no sé si acostumbrado por sus experiencias anteriores o porque se había enterado por su amigo de que yo ya sabía todo.
Me pidió perdón por no haberme puesto sobre aviso. Se trataba de algo tan fuerte y de lo que se avergonzaba tanto, que no sabía bien cómo contarlo y necesitaba saber que una relación iba realmente en serio antes de hacerlo.
Que hacía tiempo que se estaba empezando a pillar por mí y no había encontrado el momento adecuado. Que no tenía palabras para expresar cuánto lo sentía y que entendía perfectamente mi distanciamiento.

Me relató que, en aquella época del fatídico suceso, había tenido serios problemas con las sustancias y con el control de impulsos, pero no echó balones fuera ni se excusó o se quitó culpa de encima.
Me contó que un ajuste de cuentas se le había ido de las manos, acabando este en el lamentable fallecimiento, por desgracia. Reconoció su gran error en esa época llena de violencia, dijo que le pesaba como una losa y que lo lamentaba todos y cada uno de los días de su vida.
Cuando acabó, sacó un montón de papeles de una gran carpeta y me los puso delante: eran distintos informes sobre su caso de distintas épocas desde su paso y salida de prisión: en todos ellos se afirmaba que estaba totalmente rehabilitado de sus antiguas adicciones y, consecuentemente, curado también de los trastornos mentales que estas les causaban. Que no suponía peligro alguno para la sociedad en la actualidad.
No os podéis imaginar la de mares que lloré esa tarde y en los días posteriores. Os juro que le creí, que me seguía encantando y que hasta me dio mucha pena.
Y es que supuse que, aunque hubiera cumplido su sentencia oficialmente, estaría condenado durante toda su vida a tener esas dificultades para mantener a las personas a su lado.
Yo misma no volví a verle, pues pesó más mi miedo y mi rechazo por sus errores cometidos. Pero a veces, pienso en él y la situación me sigue produciendo mucha tristeza…
¿Qué pensáis y hubieseis hecho vosotras, amigas?
Anónimo