Bufff, aún se me encienden las mejillas de recordarlo, pero como aquí venimos a desahogarnos y a reírnos un poco de nuestras propias miserias, allá voy.

Estábamos mi novio y yo en su casa. Bueno, en casa de sus padres, porque por aquel entonces él aún vivía con ellos, con veintitantos años, como media España. Sus padres se suponía que estaban fuera todo el fin de semana, que se iban al pueblo, y ya sabéis lo que significa eso: vía libre y a montárnoslo por toda la casa como si no hubiera un mañana.

Empezamos tranquilos, en el sofá del salón, viendo una peli que ni recuerdo porque no le hicimos ni caso. Una cosa llevó a la otra y decidimos que el salón era un escenario demasiado convencional. Así que nos fuimos a explorar otros territorios. La cocina, el pasillo, y finalmente acabamos en el dormitorio de sus padres, que era el más grande y tenía una cama enorme que pedía guerra a gritos.

Sí, lo sé, hacerlo en la cama de tus suegros tiene un punto turbio, pero en aquel momento nos pareció de lo más excitante.

Estábamos en plena faena, yo a cuatro patas y él detrás, dándolo todo, cuando de repente se abre la puerta del dormitorio.

Y ahí está. Mi suegra. Con la bolsa del pan todavía en la mano.

Resulta que habían decidido volver antes porque a mi suegro le había sentado mal algo y prefirieron pasar el finde en casa. Y ella, nada más llegar, ¿a dónde va derechita? A su habitación. A dejar el bolso, imagino. Y se encuentra semejante estampa en su propia cama.

Se me congeló hasta el alma. No sabía si taparme, si gritar, si desaparecer por arte de magia. Mi novio, del susto, pegó un salto que casi atraviesa la pared. Y mi suegra, que en el fondo es una señora con más temple que yo, solo acertó a decir: «cuando terminéis, cambiáis las sábanas». Y cerró la puerta.

Os juro que me quería morir. No podía ni mirar a mi novio. Nos vestimos a toda prisa, en silencio absoluto, como dos adolescentes pillados en falta (que básicamente es lo que éramos). Yo solo quería coger mis cosas y salir corriendo de aquella casa para no volver jamás.

Pero claro, había que salir. Había que cruzar el salón, donde ya estaban los dos, mi suegra y mi suegro, sentados como si nada, viendo la tele. El paseíllo de la vergüenza más largo de mi vida.

Mi suegro, que no sé cuánto sabía pero por la cara de mi suegra se lo imaginaba todo, no levantó la vista de la tele. Mi suegra, en cambio, me miró y, con una sonrisilla, me preguntó: «¿os quedáis a cenar?».

Yo quería que me tragara la tierra, pero dije que sí, porque decir que no habría sido todavía más raro. Así que ahí me tenéis, cenando con mis suegros media hora después de que uno de ellos me hubiera visto en pelotas y en plena acción en su cama.

La cena fue… tensa no, lo siguiente. Yo no levantaba la vista del plato. Mi novio tampoco. Los únicos que hablaban con normalidad eran ellos, como si no acabara de pasar lo que acababa de pasar.

Con el tiempo, aquello se convirtió en la anécdota estrella de la familia. Mi suegra la contaba en cada comida de Navidad, en cada cumpleaños, muerta de risa. «¿Os acordáis de cuando pillé a estos dos…?». Y todos a reírse menos yo, que aún hoy me pongo colorada.

Acabé casándome con aquel chico y mi suegra es hoy una de mis personas favoritas del mundo. Pero os prometo que jamás, JAMÁS, hemos vuelto a usar su cama para nada que no sea dormir la siesta. Y con la puerta bien cerrada.