Chicas, el otro día me rompieron el corazón.
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¿Pedro Pascal? ¿Jacob Elordi? No chicas… mi marido. Ese señoro al que le escucho los pedos mientras duerme y al que le veo hacer pelotillas con sus mocos en otoño.
No lo digo de broma, me he dado cuenta de que llevábamos años viviendo en realidades completamente distintas.
Durante años pensé que mi pareja y yo teníamos una comunicación sana. No perfecta, vamos a ver que yo no soy es Jay Shetty… pero sí lo suficientemente honesta como para decirnos aquello que nos dolía, lo que nos molesta… no sé, lo normal vaya…
Llevábamos 6 años juntos. Él era músico desde antes de conocerme y nunca intenté ni intentaré cambiar eso. Al contrario, siempre admiré que pudiera dedicar los fines de semana a algo que le apasionaba y que además le hace ganar dinero ¿Sabéis el gran privilegio que es poder tocar por dinero?. Siempre he sabido que los viernes, sábados y muchos domingos estaría tocando. Es más, incluso algunos jueves ya estaba de viaje.
Pero también era inevitable que, alguna vez, le dijera cómo me sentía. ¡Ojo! No como un reproche, sino como con tristeza… con pena de no poder hacer más vida juntos.
Mientras la mayoría de las parejas planean escapadas de fin de semana, nosotros siempre dependíamos de su calendario. Si yo tenía vacaciones, él tenía conciertos. Si llegaba un puente, él trabajaba. Y, al final, muchas veces sentía que estaba en una relación… pero viviendo como si estuviera soltera, porque para qué engañarnos… los viajes, las cenas y los planes, los hago con mis amigas, no con mi marido.
Yo pensaba que ese era nuestro gran conflicto, el gran PERO de nuestra relación.
Pero mira tú por donde que…parece ser que no tenía ni idea de lo que estaba pasando en realidad…

Después de un concierto, uno de sus compañeros me habló con total naturalidad de una conversación que yo solo había tenido con mi pareja. Me sorprendió, pero no le di demasiada importancia. Sin embargo, aquella curiosidad me llevó a preguntar un poco más.
Y entonces descubrí que existía un grupo de WhatsApp en el que mi relación era un tema habitual de conversación.
Mi pareja no solo hablaba allí de lo difícil que era cuadrar nuestras vacaciones…también se quejaba de nuestra convivencia, de nuestra vida sexual, de discusiones que yo ni siquiera sabía que para él seguían abiertas… vamos, que lo que yo sentía como una relación en la que la comunicación era sana y abierta, en realidad era una relación con la que mi marido, al menos con sus colegas, parecía tener mil pegas.
Recuerdo sentir una mezcla muy extraña de tristeza, decepción y desconcierto. Y no porque hablara con sus amigos. Todos necesitamos desahogarnos alguna vez, yo también les he contado a mis amigas ralladas y conflictos varios. Vamos, como todos…
Lo que me dolió fue descubrir que esas conversaciones existían allí, en aquel chat. Pero nunca se habían dado entre nosotros.
Cuando se lo dije, me respondió que era normal desahogarse con los amigos. Y estoy 100% de acuerdo. NADA que decir a eso.
Lo que sigo sin entender es cómo esperamos que una relación mejore cuando las conversaciones importantes se tienen con todo el mundo menos con la única persona que puede hacer algo para mejorar las cosas.
Ninguno de sus amigos podía solucionar nuestros problemas. Yo sí puedo, o al menos lo puedo intentar….
Pero claro para eso primero tengo que saber que existen, si no sé ni que existen, dime tú a ver qué coño puedo hacer Mari Carmen…
Desde aquel día me hago una pregunta constantemente: ¿Cuántas relaciones terminarán no porque falte amor… sino porque hay demasiado silencio?
Quizá la sinceridad da miedo… quizá decir en voz alta lo que nos duele nos hace sentir vulnerables. Pero creo que es mucho más peligroso construir una relación donde uno piensa que todo va razonablemente bien mientras el otro lleva meses expresando su malestar… en otro lugar.