Imagino que todo el mundo ha visto un anuncio, difusión en la televisión o en redes sociales lo de “pueblo de 100 habitantes ofrece vivienda y trabajo”. Mi mujer y yo vivíamos en un pueblo pequeño, de menos de 5000 habitantes, tenemos una hija de 6 años que empezaba ese año primaria. Nuestra situación económica estaba en límites jodidos, no teníamos trabajo, mi mujer no tenía paro y a mí me quedaba poco. Cada día era un recordatorio de que estábamos tocando fondo, hasta que apareció esa oportunidad que parecía un sueño hecho realidad: “Iniciativa activa en este pueblo de 300 habitantes, con bar pero sin nadie que lo lleve. Ofrecen vivienda y empleo para que vuelva el bar del pueblo. Beneficiará la puntuación si vienes con niños”

Más testimonios reales en whatsapp, pincha aquí, es gratis y totalmente privado

Me quedaba solo un mes de paro cuando lo leí, era justo lo que necesitábamos: vivienda, empleo y colegio. Estábamos acostumbrados a vivir en un pueblo, nada podría salir mal. Nos eligieron y allá fuimos, cargados de ilusión. Pero lo que vino después fue un choque brutal entre expectativa vs realidad. 

El local del bar no estaba en condiciones. Había que hacer mucho papeleo, además de proveer de bebidas y alimentos. El pueblo se portó muy bien e hicieron una colecta, pero yo tuve que pedir un micropréstamo de 3000 €. Una idea terrible para la cantidad de habitantes que tenía el pueblo: al mes apenas tenía de beneficios 800 €. Por suerte, no pagábamos alquiler, pero eso no quitaba que cada factura, cada compra, cada imprevisto se sintiese crítico. 

Nuestra hija tenía transporte para el colegio, pero estaba a más de media hora de distancia, ida, y otra media vuelta. Al principio pensé que era manejable, pero la pobre llegaba muy cansada. Lo que realmente nos abrió los ojos fue cuando se enfermó. Nos dimos de bruces con el verdadero problema, el hospital con urgencias más cercano estaba también a más de media hora de camino. 

Era uno de esos días terribles de tormenta que amenazaba con granizar, pero no había opción, teníamos que ir. El camino estaba resbaladizo y efectivamente granizó, y en un instante perdí el control del coche. Por suerte nadie resultó herido, pero el susto me dejó temblando durante horas. Fue un golpe de realidad, esto no era calidad de vida. 

En el pueblo nos pidieron que no nos fuéramos, que nos facilitarían lo que hiciese falta, que éramos parte de la comunidad y que los pueblos pequeños deben apoyarse entre sí. Pero un hospital cercano no es algo que puedas improvisar. Es un lujo que teníamos en nuestro antiguo hogar.

Finalmente, decidimos volver. Fue un alivio inmenso, una especie de liberación después de meses de tensión constante. La parte buena de la historia es que cuando nos mudamos de nuevo, mi mujer encontró trabajo la primera semana y yo al mes siguiente. Nuestra hija volvió al cole con sus amigos, y por primera vez en mucho tiempo, sentí que podíamos respirar. 

A veces pienso en ese pueblo pequeño pueblo con morriña, aunque nos vendieron una ilusión muy diferente a la realidad que nos esperaba. Fue una experiencia que me enseñó que no todo lo que brilla es oro. Y aunque nos trajo un montón de problemas y noches de insomnio, también aprendí a valorar lo que realmente significa calidad de vida: la tranquilidad de tener lo básico cubierto y el acceso a servicios esenciales. Eso sí, siempre con nuestra familia cerca.