Cuando le conocí estaba casado. Llevaba con su mujer más de diez años, no tenían hijos y eran la imagen de la estabilidad. Él y su mujer rondaban los cuarenta y yo los treinta.

Más testimonios reales en whatsapp, pincha aquí, es gratis y totalmente privado

Aunque en cuanto hablamos sentí que había una conexión mágica, tenía claro que nada podría pasar. Para mí la fidelidad es algo muy importante y no tenía ninguna intención de ser la amante de nadie ni de destrozar un matrimonio. 

Pero nos enamoramos. Sé que es complicado de creer y que ni yo lo entiendo, pero nos enamoramos sin tocarnos ni darnos un beso. Todo empezó con algún mensaje inocente de WhatsApp y, cuando me quise dar cuenta, le había abierto todos mis miedos y mis sueños. 

En aquel momento tuve mucho miedo. Me moría de ganas por acostarme con él y porque fuera mi novio, pero no podía exigir nada y la situación era complicada. Él hizo lo correcto; bueno, ahora pienso que quizás demasiado tarde, que quizás no tendría que haberme empezado a conocer cuando vio que teníamos conexión, que quizás no lo hizo todo bien. Dejó a su mujer y empezamos nuestra relación.

Empezamos como dos adolescentes, comiéndonos a besos en cada esquina y hablando sin parar. Fueron meses muy bonitos. Después llegó el ir a vivir juntos, comprar una casa, una boda pequeña, y los niños. Dos hijos maravillosos, que sin duda son lo mejor que me ha dado.

Han pasado diez años desde que nos conocimos y pensaba que todo marchaba bien; no con la intensidad de los comienzos, pero seguíamos con pasión y pudiendo hablar de todo. 

 

La semana pasada, un día al llegar a casa, me lo encontré haciendo una maleta. Pensé en un viaje imprevisto de trabajo y me equivoqué. Me dijo que se iba de casa, que me quería mucho, pero ya no como pareja, y que antes de que la situación entre nosotros se complicara delante de los niños, había decidido irse. También dijo que ya hablaríamos de la custodia, que quería seguir viendo mucho a sus hijos y que moveríamos los papeles del divorcio.

Aluciné. Me quedé en shock. Hacía unos días nos estábamos acostando, esa misma mañana nos despedimos con un beso, la noche anterior me desahogué con él sobre mis dudas de criar hijos sin gritos. No había notado ningún cambio, no había habido señales.

Pregunté, hice la gran pregunta: «¿Hay otra persona?». Miró al suelo y dijo que lo sentía mucho. Por supuesto que hay otra persona.

Se marchó y me quedé llorando muchísimo; me dolía como si no pudiera respirar.

Todo se acaba sabiendo; ya sé quién es ella. Es de su trabajo y hasta ha estado cenando en casa. Es diez años más joven que yo, veinte más joven que él. Y ya me han llegado rumores de que parecen dos adolescentes enamorados.

Me duele, me duele muchísimo. Y entiendo que este mismo dolor lo tuvo que pasar su primera mujer y yo fui también culpable. Me siento mala persona y tonta a la vez: mala persona por el daño que causé; tonta por pensar que conmigo todo sería diferente. Quién sabe si en diez años se vuelve a repetir la historia.