Nunca imaginé que mi vida terminaría convertida en una mezcla extraña de nostalgia, celos y supervivencia. Si alguien me lo hubiera dicho unos años antes, cuando apenas teníamos dieciocho y estábamos empezando a salir, me habría reído. Para mí, él era LA persona. Mi amor de juventud que se convertiría años más tarde en mi compañero de vida. Durante nueve años crecimos juntos, casi como si nuestras personalidades se fuesen moldeando una a la sombra de la otra, de la mano, por el mismo camino. Fuimos cambiando, claro. Y con nuestros cambios personales también cambió nuestra relación. Uno no pasa de adolescente a adulto y se queda igual, sin ningún tipo de evolución personal. Sería antinatural.

Él se convirtió en un hombre seguro de sí mismo, decidido, algo ambicioso, con muchas metas claras sobre su futuro. Por mi parte, siempre sentía que me quedaba un poco más atrás porque no tenía las cosas tan claras como él, era más insegura, lo pensaba todo mil veces antes de hacerlo, tenía más dudas y todo era más lento. Pero de algún modo el encontraba en mi la reflexión y yo en él la seguridad. Nos complementábamos muchas veces, aunque también chocábamos, hay que admitirlo. Pero seguimos juntos. Había amor, y eso podía con todo, ¿no? Mientras nos quisiéramos todo iría bien.

Estudiamos en la misma universidad y desde el tercer año comenzamos a convivir juntos. Alquilamos un piso de dos habitaciones, un saloncito con cocina integrada y baño. Pequeñito, viejo, pero apañado. Nuestros padres nos ayudaban económicamente aún, pero nada más acabar los estudios, él consiguió trabajo de lo suyo y bien pagado. Un pelotazo. Mientras tanto, yo acabé en un restaurante de comida rápida, con turnos de mierda y un sueldo que no me daba casi para nada. No estaba teniendo suerte, por más entrevistas que hacía y currículum que echaba. Él se ofreció a pagar el piso entero y que yo pudiese ahorrar, pero yo quería sentirme autosuficiente y le dije que no. Aún así, me empecé a sentir inferior a su lado, como si él avanzase en la vida mientras yo me estancaba. Y a la vez, empezaba a sentir que la relación tampoco era del todo satisfactoria. Habíamos empezado a actuar más como amigos que como pareja desde hacía mucho tiempo. El sexo apenas nos apetecía, yo le decía que estaba cansada y él me decía que no pasaba nada, que lo entendía, y de verdad que no le importaba, lo cual no era bueno precisamente. No se nos antojaba a ninguno de los dos. Nos llevábamos bien, la convivencia era buena, pero allí faltaba algo. Sabía que él también lo pensaba, pero que evitábamos el tema.

Hasta que un día, sin haberlo planeado, nos encontramos sentados en el sofá hablando con una sinceridad que dolía mucho. Habíamos compartido nueve años de nuestras vidas, éramos los pies y las manos del otro, pero lo nuestro se había convertido en otra cosa. Nos teníamos cariño, un cariño enorme, pero el amor se nos había ido evaporando entre rutinas, silencios y dos almas que crecían en direcciones distintas. Y lloramos, lloramos mucho los dos. Pero aquello tenía que hablarse tarde o temprano. Teníamos que dejarlo para poder avanzar.

Y entonces llegó el trompazo de realidad: no podía permitirme un alquiler yo sola. Ni remotamente. La solución la sugirió él: quedarme en el piso, en la otra habitación, mientras mi situación no mejorase. Y yo acepté encantada. Me salvaba la vida con esa idea, si no, tendría que irme de vuelta al pueblo con mis padres y allí iba a tenerlo más difícil para prosperar en mi sector.

Los primeros días se sintieron muy raros. Cada uno dormía en su habitación, coincidíamos a veces para desayunar, comer o cenar y parecíamos los de siempre pero sin la parte de la intimidad, sin un beso en la boca, un abrazo, o acurrucarnos en el sofá bajo la manta. Pero a los tres meses todo cambió. Me dijo que había conocido a alguien y que estaban empezando a salir. Recuerdo que se me encogió el estómago, pero le di la enhorabuena y le dije que me alegraba por él. Era normal mi reacción, me dije, habíamos pasado muchos años juntos. Iba a ser raro verlo con otra, pero ya me acostumbraría. El problema es que eso no llegó a ocurrir.

Empezó a venir al piso los fines de semana. Era guapa y parecía agradable. Yo me super esforzaba por ser amable, por no parecer incómoda. Pero me dolía en el pecho tener que irme al dormitorio porque iban a ver una peli y era evidente que querían intimidad, por ejemplo. Y reconozco que a veces lloraba en silencio. Y para colmo, pronto empezó a quedarse más días. A veces casi toda la semana. Escuchaba sus risas, sus susurros y descubrí desagradablemente que los muros eran de papel, pues les oía teniendo sexo cada dos por tres. Y entonces, un día, mientras les oía, rompí a llorar sin remedio al darme cuenta de lo me pasaba: estaba celosa y aún le quería. Le quería para mí, no quería que estuviese con esa chica, que riese con esa chica y que durmiese con esa chica. Y ahí empezó mi caída, porque un día, exploté.

Una noche, mientras ella estaba en la ducha y él recogía el lavaplatos, solté de golpe todo lo que llevaba dentro. Le dije que me había dado cuenta de que no estaba preparada para verle enamorarse de otra bajo el mismo techo, que le pedía comprensión y que me había dado cuenta de que aún le amaba. Le rogué que lo pensase, que igual nos habíamos precipitado y estábamos tirando todo por la boda por error. Pero él fue claro y directo en su respuesta: estaba seguro de que ya no me quería y también se sentía incomodo en la casa, pero por mi presencia. Quería intimidad, pero la quería con ella, no conmigo. Me pidió que me marchara a lo largo de la semana, que no podía más con tanta tensión en su propia casa. Debía irme yo, porque ese alquiler no podía pagarlo yo sola, y él sí podía afrontarlo. Me planteé buscar una habitación en algún piso de estudiantes, pero no me sentía con fuerzas para afrontar nada, así que volví a casa de mis padres, a mi pueblo, con mis cajas llenas hasta los topes de recuerdos y un dolor profundo que reconozco que aún me acompaña.

Supongo que necesito tiempo. Mis padres me han dicho que puedo quedarme cuanto quiera, que aproveche para seguir formándome y abrirme puertas nuevas. Mi madre me dice que quizás no me doy cuenta aún, pero que esto era lo mejor que podía pasarme dadas las circunstancias, que he hecho bien al volver. Que me queda mucha vida por delante, que valgo mucho, etc. Es mi madre, ¿Qué va a decir ella?

Ojalá algún día pueda contaros que mi vida cambió para bien, que he rehecho mi camino y que me va genial. Confío en el futuro, aunque tenga miedo, y mientras tanto, me toca sanar.

Escrito por Carol M. Basado en un testimonio real anónimo.