Desde que se inventaron las páginas porno con vídeos en las que es posible introducir cualquier fetiche, todo cambió. Cuando comenzó a generalizarse el uso de internet, había que buscar en una guía de teléfonos, y no es broma, las páginas de Altavista que incluían ese material. Ahí venía escrita la dirección y, cuando entrabas, entre GIF y GIF veías alguna imagen, ya que la velocidad no permitía ver vídeos como ahora.
Todo cambió y a mí me dio durante una temporada por ver vídeos en los que un miembro de la pareja le afeita los genitales al otro, lo limpia todo muy bien en la ducha y luego le practica sexo oral antes de la penetración. Quería llevar el tema a la práctica y mi pareja me dijo que no habría ningún problema.
Comenzó ella. Recuerdo que primero lo recortó todo al máximo con una tijera. Luego puso jabón de manos —«si pongo espuma de afeitar vas a ver las estrellas como tarde mucho», me dijo—, lo enjabonó todo muy bien y utilizó una de mis cuchillas de afeitar. De ahí, a la ducha, a un buen masaje con crema hidratante y a terminar como te imaginas. Me gustaron mucho las sensaciones y la verdad es que desde entonces me lo quito todo durante el verano para estar más cómodo.
Le tocaba a ella y me dijo que, aunque la moda indique lo contrario, los pelos del pubis femenino, y los del masculino, sirven para frenar la entrada de suciedad y de microbios en la vulva. Por lo tanto, me propuso que le rapase el pelo, pero que no se lo afeitase. Me dijo: «me tumbo sobre una toalla, me lo rapas y me lo limpias bien».
Como no tengo la paciencia que tiene ella, cogí mi recortadora de barba para hacer la faena. Imagínate la escena: ella espatarrada sobre una toalla vieja y yo entre sus piernas con la recortadora, y otra cosa, en ristre para afrontar la operación. Una pasada y ella que se anima con la vibración, otra pasada y lo mismo, una más y la mía babeando, sigo recortando y apurando al máximo hasta que ya no podemos más, le paso la toalla para quitarle un poco los pelos y me lanzo a comérselo.
En cuanto ella me vio desde arriba haciendo el cocodrilo —solo se me ven los ojos desde su posición—, se da cuenta de que algo va mal. Y es que, al lanzarme a comérselo, noté una cosa dura, pero yo seguí a lo mío para repasarle con la lengua todo lo que podía. De pronto, doy un lametón y la cosa dura me da en los dientes. Ella pregunta que qué era eso y yo emerjo desde las profundidades con el peinecillo de la recortadora encajado entre mis dos paletas.
La señora no tiene nada mejor que decir que «te pareces a Jerry Lewis» antes de comenzar a carcajearse; yo no me toco, me acerco al espejo, me veo y comienzo a carcajearme también. Cuando terminamos de llorar de la risa, ella me quitó el peinecillo y me dice: «menos mal que era de plástico duro, que si no eres capaz de tragártelo y todo con la emoción».
Le demostré de lo que era capaz, ya sin peinecillo, y aquello terminó en varios orgasmos por ambas partes. Ahora, con que pongan una película de Jerry Lewis en la tele ya tenemos carcajada asegurada incluso antes de empezar. ¡Qué cosas nos pasan!
